sábado, 25 de abril de 2020

La Gran Ramera del Apocalipsis


Una Evaluación Exegética e Histórico-Pactual de su Identidad

Resumen

La identidad de la “Gran Ramera” descrita en Apocalipsis 17–18 ha sido objeto de intenso debate a lo largo de la historia de la interpretación cristiana. Mientras que lecturas futuristas y romanistas han identificado a la ramera con Roma pagana, Roma papal o una entidad política futura, este artículo sostiene, desde una perspectiva preterista parcial y reformada, que la evidencia bíblica, teológica e histórica apunta de manera consistente a Jerusalén del siglo I como el referente principal del símbolo. Se argumenta que el lenguaje de adulterio, la culpa por la sangre de los profetas, la designación de “la gran ciudad” y la conexión explícita con la crucifixión de Cristo sitúan el juicio del Apocalipsis dentro del marco del juicio pactual contra la Jerusalén apóstata, culminado en el año 70 d.C.

Introducción

El libro del Apocalipsis utiliza un lenguaje intensamente simbólico para comunicar realidades históricas y teológicas de gran magnitud. Entre sus imágenes más controvertidas se encuentra la figura de “Babilonia la Grande”, descrita como “la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra” (Ap 17:5). La pregunta fundamental no es si esta imagen representa una entidad real, sino qué entidad histórica cumple los rasgos que el propio texto atribuye a la ramera.

Este estudio propone que la identificación de la Gran Ramera con Jerusalén del siglo I ofrece la lectura más coherente desde el punto de vista canónico, pactual, intertextual e histórico, y que dicha interpretación no constituye una innovación moderna, sino una recuperación de categorías proféticas veterotestamentarias aplicadas por el propio Nuevo Testamento.

El lenguaje de adulterio y la teología del pacto

Uno de los datos más relevantes para la identificación de la Gran Ramera es el uso sistemático, en las Escrituras, del lenguaje de prostitución y adulterio para describir la infidelidad de Israel frente a Yahvé. Desde Oseas hasta Ezequiel, el adulterio no se entiende primariamente como inmoralidad sexual, sino como traición pactual.

Isaías describe a Jerusalén de manera explícita:

“¿Cómo te has convertido en ramera, oh ciudad fiel?” (Is 1:21).

Este lenguaje presupone una relación matrimonial previa. Roma, Babilonia histórica o cualquier potencia gentil nunca fueron descritas como esposas de Yahvé. Jerusalén, en cambio, fue la ciudad del pacto, el lugar del templo y el centro del culto revelado. Por tanto, solo ella puede ser acusada propiamente de adulterio pactual.

La culpa por la sangre de los profetas y del Mesías

Apocalipsis atribuye a Babilonia una culpa singular:

“En ella se halló la sangre de los profetas y de los santos” (Ap 18:24).

Esta afirmación encuentra un paralelo directo en las palabras de Jesús en Mateo 23:34–36, donde Jerusalén es declarada responsable de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde Abel hasta Zacarías. Jesús no formula esta acusación contra Roma, sino contra Jerusalén, y añade un límite temporal explícito:

“Todo esto vendrá sobre esta generación”.

El Nuevo Testamento reafirma esta responsabilidad en múltiples pasajes (Hech 7:51–52; 1 Tes 2:14–15). La convergencia entre Mateo 23 y Apocalipsis 18 sugiere que el juicio anunciado por Juan no introduce un nuevo acusado, sino que ejecuta la sentencia ya pronunciada por Cristo contra la Jerusalén apóstata.

“La gran ciudad” y la crucifixión del Señor

El Apocalipsis identifica repetidamente a Babilonia como “la gran ciudad” (Ap 14:8; 16:19; 17:18; 18:10). Esta designación alcanza su punto más explícito en Apocalipsis 11:8:

“La gran ciudad… donde también nuestro Señor fue crucificado”.

Esta referencia geográfica es decisiva. El Nuevo Testamento es unánime en afirmar que la crucifixión ocurrió en Jerusalén. Ninguna lectura responsable puede ignorar que el propio Apocalipsis define “la gran ciudad” como el lugar de la muerte de Cristo, utilizando además nombres simbólicos (“Sodoma y Egipto”) para resaltar su corrupción pactual.


Jerusalén en el centro de la historia redentora

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento presentan a Jerusalén como el eje teológico de la historia de la redención. Es el lugar del templo, de los profetas, del ministerio final de Jesús, del Pentecostés y del nacimiento de la Iglesia. No resulta sorprendente, por tanto, que el juicio escatológico inicial del Nuevo Testamento recaiga precisamente sobre ella.

El contraste literario entre la Gran Ramera (Ap 17–18) y la Nueva Jerusalén (Ap 21–22) refuerza esta lectura. La aparición de una “nueva” Jerusalén presupone necesariamente la desaparición de una “antigua” Jerusalén infiel. El Apocalipsis no describe dos ciudades cualesquiera, sino dos Jerusalénes antitéticas: una bajo juicio pactual y otra renovada en Cristo.

Evaluación crítica de la identificación con Roma

La identificación tradicional de Babilonia con Roma enfrenta dificultades significativas. Aunque Roma fue un poder perseguidor, el lenguaje de adulterio pactual, la culpa por la sangre de los profetas y la referencia a la crucifixión no se ajustan naturalmente a ella. Además, el llamado “salid de ella, pueblo mío” (Ap 18:4) encaja de manera notable con la huida histórica de los cristianos de Jerusalén antes del asedio del año 70 d.C., testimoniada por fuentes patrísticas tempranas.

Esto no implica negar que Roma funcione tipológicamente como instrumento de juicio, sino afirmar que el objeto principal del juicio es Jerusalén, conforme al patrón profético del Antiguo Testamento.

Conclusión

La identificación de la Gran Ramera con Jerusalén del siglo I no surge de una lectura forzada del Apocalipsis, sino de una interpretación coherente con el lenguaje profético, la teología del pacto y el testimonio explícito del Nuevo Testamento. Jerusalén fue la esposa infiel, la ciudad que mató a los profetas y al Mesías, y el lugar donde se concentró el juicio pactual anunciado por Jesús.

Desde una perspectiva preterista parcial, el Apocalipsis describe el juicio histórico de Dios contra la Jerusalén apóstata, culminado en el año 70 d.C., sin negar por ello un juicio final futuro y universal. Leído de este modo, el libro no es una fuga de la historia, sino su interpretación teológica desde la soberanía del Cordero, quien juzga a su esposa infiel y establece, al mismo tiempo, la Jerusalén nueva, santa y gloriosa.


¡Piensa en esto cristiano!
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1 comentario:

  1. Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra.
    Apocalipsis 17:18

    Jerusalén no reina sobre todos los presidentes del mundo cómo lo hace la ciudad del Vaticano.

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