sábado, 18 de noviembre de 2023

IMPRESIONES PROFÉTICAS: CAÍDA DE BABILONIA


 

Isaías profetiza la destrucción de Babilonia aproximadamente en el año 730 a.C 

Isaías 13
"Profecía sobre Babilonia, revelada a Isaías hijo de Amoz: Vienen... Jehová y los instrumentos de su ira, para destruir toda la tierra. Aullad, porque cerca está el día de Jehová; vendrá como asolamiento del Todopoderoso... He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de ella a sus pecadores. Por lo cual las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor... haré estremecer los cielos, y la tierra se moverá de su lugar, en la indignación de Jehová de los ejércitos, y en el día del ardor de su ira... He aquí que yo despierto contra ellos a los medos, que no se ocuparán de la plata, ni codiciarán oro... Babilonia, hermosura de reinos y ornamento de la grandeza de los caldeos, será como Sodoma y Gomorra, a las que trastornó Dios. Nunca más será habitada, ni se morará en ella de generación en generación..."

1) Viene Jehová.
El lenguaje profético dice que "Jehová viene". Esto no significa que, literalmente, Dios haya venido hasta la tierra de Babilonia para destruirla. Así es el lenguaje profético. El pasaje y su contexto, además del cumplimiento de esta profecía, nos ayudan a entender que cuando el lenguaje profético dice "viene Jehová" se está refiriendo al lenguaje de Juicio contra sus enemigos, o contra los violadores del Pacto, no es que literalmente Jehová viene.

2) Los instrumentos de su ira.
En este caso, no es difícil entender el lenguaje profético de "instrumentos de su ira" puesto que siempre (o casi siempre) son ejércitos enemigos del pueblo o nación que son objeto de su ira. En Isaías 13 Dios mismo revela que los "instrumentos de su ira" son los ejércitos de los medo-persas. Quienes tomaron por asalto Babilonia en el año 539 a.C. una noche cuando Belsasar, nieto de Nabucodonosor, rey de Babilonia estaba profanando los utensilios sagrados del culto de Jehová y apareció una escritura en la pared que anunciaba su ruina (Daniel 5).

3) El Día de Jehová.
En el lenguaje profético, el Día de Jehová es "el día del juicio". En el caso de Babilonia, el Día de Jehová, terrible, de indignación y de ira, no es otra cosa que el Día del Juicio contra Babilonia. Cada vez que leemos "Día de Jehová" es un "día de juicio", es como pequeñas representaciones del último Gran Día del Señor, o Día del Juicio Final. Esto significa que debemos hacer una discriminación en las Escrituras cada vez que leemos "Día de Jehová" o "Día del Señor" porque algunas veces se refieren a juicio locales y temporales y otras veces se refiere al "Día Final" o "Día Postrero" (Juan 11.24-25).

4) Juicio contra la tierra y sus moradores.
En el lenguaje profético también es común referirse a "la tierra" y "sus moradores" tanto a la región de la ciudad o nación objeto de su juicio así como a las personas que la habitan. El lenguaje profético da la impresión que el profeta Isaías está refiriéndose a TODA LA TIERRA (que hoy nosotros conocemos) y a TODOS LOS HABITANTES (que hoy somos) pero eso no es así de ninguna manera. El lenguaje profético tiene esa característica pero del contexto podemos deducir que no es así, "toda la tierra" se refiere a la tierra de Babilonia y "todos sus habitantes" se refiere a los habitantes de Babilonia. Así cuando leamos otra profecía contra otra ciudad como Jerusalén por ejemplo, si dice "los moradores de la tierra" o "lamentarán todas las tribus de la tierra", se está refiriendo a sus habitantes y no al mundo entero (Mat 24.30; Ap 1.7 por ejemplo).

5) Caos y alteración cósmica.
El lenguaje profético trae a la mente del lector la idea de alteraciones cósmicas. Que el sol deje de alumbrar, se mueva de su eje, o se caiga, así como la una y las estrellas; nuevamente es una forma de expresar la relevancia del juicio de Dios, contra los gobernantes poderosos y las naciones mismas. La gente de la antigüedad entendía que hay un orden cósmico y que su alteración era evidencia del fin del mundo, de catástrofes y la ruina final, por lo tanto siempre estaba asociada al "fin del mundo" (hasta hoy).

¿Es esto así?
No, su cumplimiento de esta y otras profecías nos ayuda a entender que, no se trata de "estrellas cayendo a la tierra" sino de Dios imponiéndose contra las naciones y sus gobernantes, apagándoles su luz y poniéndolos en tinieblas, así como tirándolos por tierra humillándolos y haciéndoles ver quien es el Soberano.
 
6) Ser como Sodoma y Gomorra.
En el lenguaje profético, que una nación reciba la sentencia de ser comparada con Sodoma y Gomorra solamente es una forma de confirmar el juicio de Dios contra aquella nación. En el lenguaje profético de toda la Biblia, incluido el lenguaje del Apocalipsis, también ser comparado con Babilonia es sentencia de juicio. En Apocalipsis 11.8 se dice de Jerusalén que es como Sodoma y Egipto: "Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado".

La Impresión Profética
¿Sabían Isaías y sus lectores que ese Gran Día de Jehová no era el Fin del Mundo? ¿Isaías recibía impresiones proféticas como tal o recibió una hoja con un cronograma de juicios y eventos uno después de otro? No, ni el profeta Isaías, ni Jeremías, ni Daniel, ni Ezequiel recibieron un cronograma de eventos escatológicos, ellos recibían impresiones proféticas, para ellos no era raro que creyeran que después de un Gran Dia de Jehová venía el Reino Mesiánico y la entrada al siglo venidero (Era Por Venir).

Cuando llegó Pentecostés, Pedro dijo: "...esto es lo dicho por el profeta Joel" refiriéndose a la llegada del Espíritu Santo sobre la Iglesia, pero Pedro, inspirado por el Espíritu Santo, asoció esto a la profecía escatológica de Joel 2.28-32; pero debemos notar que en esa profecía se tiene un lenguaje profético similar al de los otros profetas, veamos:
"Y daré prodigios arriba en el cielo, Y señales abajo en la tierra, Sangre y fuego y vapor de humo; El sol se convertirá en tinieblas, Y la luna en sangre, Antes que venga el día del Señor, Grande y manifiesto; Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo". (Hechos 2.19-21)
Pedro está diciendo que la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés es el cumplimiento del "Gran Día de Jehová" anunciado por Joel, pero no es el Día Final sino que hoy entendemos que se trataba del juicio de Dios contra Jerusalén en el que a su remanente salva del juicio, y los que son objeto de su ira los lleva a juicio, el cual sucedió con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.

Dios dijo en Malaquías "he aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible", y sabemos que ese "Elías" no era otro sino Juan el Bautista, quien a su vez entendió que el "día de Jehová, grande y terrible" estaba a la puertas, pero hoy sabemos que se refería al juicio contra la Ciudad Terrenal.

¿Sabía Joel, Juan el Bautista o Pedro que entre la llegada del Espíritu Santo y la destrucción de Jerusalén había un lapso de casi cuarenta años? No, ellos entendieron la profecía como una impresión única, pero tras de ella había otros cumplimientos en el plan de Dios. Esto nos lleva a concluir que cada vez que Jesucristo habló de "la Venida del Hijo del Hombre" en Mateo 10.23; 16.28; 24.27,29-30; 26.64 (y sus paralelos) utilizando lenguaje profético estaba hablando del Juicio contra Jerusalén y no del Juicio Final.

CONCLUSIÓN
El lenguaje de las impresiones proféticas nos muestran que hay varios "días del Señor", pero la revelación de la Biblia también nos muestra que hay un Gran Día del Señor: el Día del Juicio Final. Los profetas y sus lectores siempre asociaron las profecías del Gran Día de Jehová como el juicio final o el fin del mundo para luego entrar al reino mesiánico. Los profetas no recibieron un gráfico cronológico de todos los eventos escatológicos, ellos recibieron impresiones proféticas. Si esto es así, qué nos hace creer que Jesús no está hablando del juicio contra Jerusalén acaecido en el año 70 d.C. cada vez que anunció "la Venida del Hijo del Hombre".

Creemos que la Venida del Hijo del Hombre no es otra cosa sino el juicio contra Jerusalén ocurrido en el año 70 d.C.

¡Piensa en esto!





lunes, 13 de noviembre de 2023

Como el relámpago sale del oriente







Los cristianos están muy conscientes del significado histórico-redentor sin paralelo de la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión de Cristo. Estamos igualmente bien informados de Su victorioso derramamiento del Espíritu Santo sobre la Iglesia en Pentecostés. Sin embargo, muy pocos creyentes están apercibidos del significado del derramamiento de la santa ira de Cristo sobre Jerusalén en el año 70 d. C.


El Antiguo Testamento está repleto de signos y símbolos que prefiguran la obra de Cristo.

Aún así, los acontecimientos del año 70 d. C. ocupan un lugar importante en la profecía del Nuevo Testamento, sirviendo como una dramática consecuencia de la primera venida. El holocausto del año 70 d. C. aparece en varias profecías en el Evangelio de Lucas (Lc 13:32-35; 19:41-44; 21:20-24 y 23:28-31). Además, no solo es el tema de muchas de las parábolas del Señor (por ejemplo, Mt 21:33-45; 22:1-14), sino que es incluso la causa de Su triste lamento por Jerusalén (Mt 23:37). Y ese lamento introduce uno de Sus más largos discursos registrados, uno que inicialmente se centra en ese trágico año (Mt 24–25).

Consideremos el significado del año 70 d. C. en cuatro áreas:

Corrobora la autoridad de Cristo

La catástrofe del año 70 d. C. es el resultado de la palabra profética de Cristo, lo que corrobora Su autoridad mesiánica de una manera dramática. El año 70 d. C. demuestra que Su profecía no es solo una palabra verdadera de Dios (Dt 18:22) sino una palabra de juicio contra el pueblo de Dios.

La petición de los discípulos de una «señal» que marcara «la consumación de este siglo» (Mt 24:3) es lo que suscita el Discurso de los Olivos en Mateo 24 y 25. Hasta el 24:34, Jesús se enfoca en la destrucción de Jerusalén: la devastación de la ciudad santa y la conflagración de su santo templo se convierten en «la señal del Hijo del Hombre en el cielo» (v. 30, RV60). De modo que, cuando el holocausto del primer siglo estalla sobre Israel, definitivamente manifiesta la autoridad divina de Aquel que está ahora en el cielo (ver Mt 26:59-64; Lc 23:20-31).

Muchos cristianos no entienden el significado de la venida de Jesús sobre las nubes en Mateo 24:30 por dos razones. Primero, no están familiarizados con los pasajes apocalípticos del Antiguo Testamento en los que los juicios divinos se manifiestan con venida de nubes (Is 19:1). Segundo, pasan por alto las pistas interpretativas en Mateo 24: la mención de la destrucción del templo (v. 2), el enfoque en Judea (v. 16) y la proximidad temporal de todos los eventos entre los versículos 4 y 34 (v. 34). De hecho, Jesús advierte a los mismos hombres que lo juzgaban: «Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder, y viniendo sobre las nubes del cielo» (Mt 26:64b).

Ciertamente, así es como la Iglesia primitiva leía Mateo 24. Refiriéndose al año 70 d. C., Eusebio destaca «el pronóstico infalible de nuestro Salvador en el cual Él expuso proféticamente estas mismas cosas» (Historia eclesiástica, 3:7:1).


Concluye la antigua economía

El Antiguo Testamento está repleto de signos y símbolos que prefiguran la obra de Cristo. Sin embargo, la naturaleza misma de esa era tipológica exige que esta fuera un paso temporal hacia la plena conclusión redentora e histórica que Cristo propició , una etapa pasajera que avanza hacia un gran clímax. En efecto, la vitalidad del nuevo pacto no podía estar contenida en las restricciones del antiguo pacto de un pueblo étnico, una tierra geográfica y un templo tipológico, ya que «nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden» (Mt 9:17a).

El Nuevo Testamento frecuentemente señala este cambio inminente en la administración pactual. Por ejemplo, Hebreos 8:13 declara: «Cuando Él dijo: “Un nuevo pacto”, hizo anticuado al primero; y lo que se hace anticuado y envejece, está próximo a desaparecer». De hecho, el libro de Hebreos advierte a los judíos conversos que no se regresen al judaísmo, especialmente «al ver que el día [año 70 d. C.] se acerca» (Heb 10:25). Tal apostasía los regresaría a una copia material y a punto de desaparecer de la verdad, porque Cristo ha llevado al pueblo de Dios a «un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos» (Heb 9:11; cp. 9:24). Dejando a un lado las estructuras del antiguo pacto, el año 70 d. C. asegura el esquema final del nuevo pacto.


Confirma el ministerio a los gentiles

La Iglesia primitiva estuvo tentada a descansar satisfecha en la misión judía (lo atestigua la experiencia de Pedro en Hechos 10-11). Con el creciente ministerio de Pablo, esto comienza a cambiar. Este importante cambio de enfoque de una misión judía palestina a una misión gentil mundial es finalmente sellada en el año 70 d. C.

Regresando a Mateo 24, vemos que a raíz de la destrucción del templo, Cristo enviará a Sus «mensajeros» (angeloi en griego, aquí son mensajeros humanos) «con una gran trompeta y reunirán a Sus escogidos de los cuatro vientos» (Mt 24:31a). Así que, en la caída de Jerusalén, el jubileo final (ver Lv 25), la salvación eterna, será declarada para todo el mundo. Ahora que las restricciones del antiguo pacto son eliminadas para siempre, el mundo se convierte en el campo de misión para la Iglesia.

Ciertamente, Pablo relaciona proféticamente el éxito final de la misión a los gentiles con la «caída» de Israel, es decir, su tropiezo con Cristo y la consecuente destrucción del año 70 d. C. Porque su caída es «riqueza para el mundo» y su fracaso es «riqueza para los gentiles» (Rom 11:12). En verdad, el «excluirlos a ellos es la reconciliación del mundo» (Rom 11:15a).


Nos confronta con Su severidad

El año 70 d. C. enfatiza la realidad, no solo de la bondad de Dios, sino también de Su severidad. Pablo advierte a los que se autodenominan el pueblo de Dios: «Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; severidad para con los que cayeron, pero para ti, bondad de Dios si permaneces en Su bondad; de lo contrario también tú serás cortado» (Rom 11:22).

La «severidad» que cae sobre los judíos en el año 70 d. C. muestra el juicio de Dios sobre su incredulidad y rebelión. Aunque Israel tenía una herencia gloriosa (Rom 9:3-5), aunque su «raíz es santa» (Rom 11:16), esta severidad ilustra trágicamente las consecuencias de fallar en una responsabilidad santa. Todos debemos aprender la lección aquí expuesta: «A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él» (Lc 12:48b). El juicio de Israel en el año 70 d. C. enfatiza la impresionante obligación que resulta del llamamiento divino. Pero mientras Israel se marchita bajo el calor abrasador de la severa ira de Dios, los gentiles florecen en las frescas aguas de la buena misericordia de Dios (Rom 11:12,15; Hch 13:46-47). Tal es la bondad de Dios. No obstante, los gentiles también deben tomarse en serio la lección, «porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará» (Rom 11:21).

El fantasma del año 70 d. C. persigue el registro del Nuevo Testamento (siendo profetizado frecuente y vigorosamente). Su ocurrencia impacta dramáticamente la historia del primer siglo (siendo uno de sus eventos más fechables y catastróficos) y confirma importantes verdades históricas y redentoras (la autoridad suprema de Cristo, la conclusión de la economía del antiguo pacto, la naturaleza universal del Evangelio y el juicio de Israel) e imparte importantes lecciones prácticas para nosotros (nuestro alto llamado conlleva obligaciones santas). Haríamos bien en aprender de los caminos de Dios entre los hombres.

Tomado de Ligonier.

Kenneth L. Gentry, Jr. es un ministro presbiteriano jubilado, autor de numerosos libros de teología y estudios bíblicos y conferencista que ha hablado en toda América, en el Caribe y en Australia. Es un cristiano conservador, evangélico y reformado.

¿PABLO HABLÓ DE MILENIO ALGUNA VEZ?






Geerhardus Vos sobre el Milenio

El Nuevo Testamento limita el acontecimiento de la resurrección a una sola época, y en ninguna parte se enseña, como el quiliasmo asume, una resurrección en dos etapas, una en la parusía de los santos o mártires y una segunda al final del milenio. Aunque la doctrina de un reino mesiánico provisional (temporal), anterior a la consumación del mundo, es de origen judío precristiano, no se había desarrollado en el judaísmo hasta el punto de asumir una resurrección repetida; la resurrección general siempre se coloca al final.

Los pasajes a los que apela esta doctrina de una doble resurrección son principalmente Hch 3.19-21; 1Co 15.23-28; Filip 3.9-11; 1Tes 4.13-18; 2Tes 1.5-12; Apo 20.1-6. En el primer pasaje, Pedro promete "tiempos de refrigerio", cuando Israel se arrepienta y se vuelva a Dios. La llegada de éstos coincide con el envío del Cristo a los judíos, es decir, con la parusía. Se argumenta que Pedro en Hechos 3.21, "a quien los cielos deben (tiempo presente) recibir hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas", lugares después de esta venida de Jesús a su pueblo un retiro renovado del Señor en el cielo, Ser seguido a su vez, después de un cierto intervalo, por la restauración de todas las cosas. Las "estaciones de la restauración" constituirían entonces el milenio con Cristo presente entre Su pueblo. 

Si bien esta interpretación no es gramaticalmente imposible, no hay espacio para ello en el esquema general de la escatología petrina, pues la parusía de Cristo se representa en otra parte como no trayendo una presencia provisional, sino como trayendo el día del Señor, el día De juicio (Hch 2.17-21). El punto de vista correcto es que "las estaciones de la restauración" y "los tiempos de la restauración de todas las cosas" son idénticas; La última frase se refiere a las perspectivas tanto de Israel como de la primera, y no debe entenderse en el sentido técnico posterior. El presente en Hch 3.21 "debe recibir" no indica que la recepción de Cristo en el cielo todavía está en el futuro, sino que formula un principio escatológico fijo, es decir, que después de su primera aparición el Cristo debe ser retirado al cielo hasta la hora de la  llegada de la parusía. 

En 1Co 15: 23-28 se distinguen dos -tagmas-, "órdenes" de la resurrección, y se insta a que éstas consistan en "creyentes" y "no creyentes". Pero aquí no hay ninguna reflexión sobre los no creyentes, las dos "órdenes" son Cristo y los que no son de Cristo. "El fin" en 15:24 no es la etapa final de la resurrección, es decir, la resurrección de los no creyentes, sino el final de la serie de acontecimientos escatológicos. El reino de Cristo, que termina con el fin, no es un reino que empieza con la parusía, sino que data desde la exaltación de Cristo; es para Pablo, algo no futuro, más bien ya en funcionamiento. 

En 1 Tesalonicenses 4.13-18 la presuposición no es que los lectores se habían preocupado por una posible exclusión de sus muertos del reinado provisional de Cristo y de una primera resurrección, sino que se habían entristecido como los gentiles que no tienen esperanza alguna, es decir, habían dudado del hecho de la resurrección como tal. Pablo les da en consecuencia en 4.14 la garantía general de que en la resurrección de Jesús el de los creyentes está garantizado. El verbo "preceder" en 4.15 no implica que hubo pensamiento de precedencia en el goce de la gloria, sino que es sólo una manera enfática de afirmar que los muertos no estarán un momento atrasados en heredar con los vivos la bienaventuranza de la Parousia. En 1 Tes 4.17, "así estaremos siempre con el Señor", la palabra "siempre" excluye la concepción de un reino provisional. 2 Tesalonicenses 1.5-12 contiene sólo el pensamiento general de que los sufrimientos y la gloria, la persecución y la herencia del reino están unidos entre sí. No hay nada que demuestre que esta gloria y reino sean otra cosa que el estado final, el reino de Dios (2 Tesalonicenses 1.5 ). 

En Filipenses 3.9-11, se afirma, Pablo representa el logro de la resurrección como dependiente de un esfuerzo especial de su parte, por lo tanto, como algo que no está reservado para todos los creyentes ("si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos."). Puesto que la resurrección general pertenece a todos, se debe significar una gracia especial de resurrección, es decir, la inclusión en el número de los que se elevarán en la parusía, en la apertura del reino milenial. La respuesta a esto es, que era muy posible que Pablo hiciera la resurrección como tal dependiendo del progreso del creyente en la gracia y conformidad con Cristo, viendo que no es un acontecimiento fuera de toda relación con su desarrollo espiritual, sino que el clímax de un proceso orgánico de transformación iniciado en esta vida. Y en el versículo 20 la resurrección de todos se une a la parousía. (1)

El pasaje Apo 20.1-6 a primera vista es muy favorable a la concepción de un reinado milenario de Cristo, participado por los mártires, resucitado en una primera resurrección y marcado por la suspensión de la actividad de Satanás. Y se insiste en que la secuencia de visiones coloca este milenio después de la parusía de Cristo narrada en Apo 19. La cuestión de la secuencia histórica, sin embargo, es difícil de decidir en Apocalipsis. En otras partes del libro, el principio de la "recapitulación", es decir, de la comodidad de las cosas sucesivamente representadas, parece subyacer a las visiones, y los números están en otra parte del libro significados simbólicamente. Estos hechos dejan abierta la posibilidad de que los mil años sean sincrónicos con los desarrollos anteriores registrados y describan simbólicamente el estado de vida glorificada disfrutado con Cristo en el cielo por los mártires durante el período intermedio anterior a la parusía. 

¿De dónde viene la idea de quiliasmo?
Los términos empleados no sugieren una resurrección corporal anticipada. El vidente habla de "almas" que "vivieron" y "reinaron", y encuentran en esto la primera resurrección. La escena de esta vida y reinado está en el cielo, donde también se ven las "almas" de los mártires ( Apo 6.9 ). Las palabras "ésta es la primera resurrección" pueden ser una negación acentuada de una interpretación más realista (quiliasmo) de la misma frase. El simbolismo de los mil años consiste en que contrasta el estado glorioso de los mártires, por un lado, con el breve período de tribulación que se pasa aquí en la tierra y, por otro, con la vida eterna de la consumación. La vinculación de Satanás para este período marca la primera conquista escatológica de Cristo sobre las potencias del mal, a diferencia de la actividad renovada que Satanás mostrará hasta el final al plantear contra la iglesia otras fuerzas aún no introducidas hasta el momento en el conflicto. En cuanto a un libro tan enigmático, era presuntuoso hablar con cualquier grado de dogmatismo, pero la ausencia uniforme de la idea del milenio de la enseñanza escatológica del Nuevo Testamento en otros lugares debía hacer al exegeta cauteloso antes de afirmar su presencia aquí. (2)

(1) Geerhadus Vos, "La escatología paulina y el quiliasmo", PTR, 1911, 26-60.
(2) B.B. Warfield, "El Milenio y el Apocalipsis", PTR, 1904, 599-617.