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sábado, 6 de julio de 2024

Escatologías Inmanentes y Trascendentes: ARLINGTON VACA




Escatologías Inmanentes y Trascendentes; y criterios para clasificar las escatologías.

Quiero poner en relieve dos conceptos que pueden ser útiles a la hora de clasificar las escatologías, que son el de la inmanencia y la trascendencia.

Existen varios criterios que se han usado para distinguir las diferentes escatologías cristianas, sin embargo cada vez son más inadecuadas.

1. La más usual, sobre todo en el mundo protestante, es aquella que pone en relieve el milenio, y deriva sus escuelas de acuerdo a su interpretación de aquél
Tenemos las escuelas del Pre, A, y Posmilenialismo, y otras menos conocidas, pero que hacen una referencia al milenio, ya sea en cuanto a su cualidad intrínseca como "una era dorada sobre la tierra", o ya sea en cuanto a sí Cristo viene antes o después de aquella era. Sin embargo, esta clasificación pone demasiado peso a la perícopa de Apocalipsis 20:1-6, un pasaje bastante enigmático y complejo. Cualquier estudiante serio de la Biblia que ha estudiado el pasaje con responsabilidad, sabe que es un pasaje muy desafiante y oscuro. ¿Es sabio que un pasaje como éste sea tan determinante a la hora de clasificar las escuelas escatológicas?

2. Existe otro criterio, por ejemplo el denominacional, hablar de escatología católica, evangélica, reformada, pentecostal, etc. 
El problema de este criterio, es que hoy en día las denominaciones son muy diversas en su escatología. La misma escatología Reformada, aunque si bien comparte puntos en común, presenta gran variedad. Lo mismo es posible decir con la escatología católica, y así mismo de otras denominaciones. Pero un segundo problema de esta clasificación es que hay escatologías que trascienden a sus denominaciones. Por ejemplo, la escatología de la teología de la liberación se puede encontrar tanto en el catolicismo como en el protestantismo. El amilenialismo se puede encontrar tanto en denominaciones reformadas, como pentecostales, o entre los católicos. Ejemplos hay muchos de todo esto.

3. Otro criterio puede ser hablar de escatologías populares contra escatologías académicas. Podríamos hablar por ejemplo que el dispensacionalismo es una escatología popular, mientras que el posmilenialismo no lo es. Pero así mismo, podemos distinguir un dispensacionalismo más popular de uno más académico. El problema de esta clasificación es que el concepto de lo popular tiene que ver con la moda, y la moda es algo temporal, es algo que varía con el tiempo, de tal manera que por ejemplo a principios del siglo XX el posmilenialismo era popular y el dispensacionalismo era desconocido en muchas partes del mundo. Ahora, es verdad que lo académico muchas veces no es popular, porque la mayoría de personas no lo entiende, y prefiere seguir algo más sencillo, pero tanto lo popular como lo académico no son criterios absolutos de la verdad, sólo nos ayuda a dar un espectro entre mayor o menor complejidad de pensamiento.

4. Otro criterio usado frecuentemente es el historicista, es decir, aquel que observa la profecía como una predicción de eventos históricos, ordenados en forma cronológica, ya sea en el futuro inmediato (preterismo), en el futuro remoto (futurismo), o en la era de la iglesia (historicismo eclesiástico). El gran problema de este criterio es que está muy sesgado primero que todo a un criterio de profecía como "predicción de eventos históricos", un criterio que no era el principal en los escritores bíblicos. Pero además es reduccionista, y suele ser muy impreciso, ya que todas las interpretaciones de estas escuelas suelen adaptar los hechos históricos a dicho marco teológico, o termina siendo muy especulativo como en el caso del futurismo. Pero quizás su mayor defecto consiste en que la escatología queda ligada principalmente a la literatura apocalíptica, lo cuál es problemático porque mucha de esa literatura en realidad no es escatológica, y se pasa por alto mucha de la literatura no apocalíptica como fuente primaria de la escatología.

5. Podríamos hablar también de otro criterio más contemporáneo en el que contrasta las escatologías "milenialistas", de las escatologías "genitivas". Las "milenialistas" serían aquellas que describo en el párrafo 1, y que al ser tan populares, parecerían que abarcaran toda la escatología, pero son limitadas. Por otro lado, las escatologías "genitivas" tienen su raíz en la ilustración, que especializó el conocimiento. Esta especialización hizo que aparecieran categorías filosóficas nuevas enfocadas en ciertos temas. Por ejemplo, filosofía "del arte". Filosofía "de la religión". Filosofía anteriormente no tenía esa clasificación en categorías especializadas. Eso luego vino a la teología, especialmente en el siglo XX cuando se comenzó a reflexionar teológicamente de categorías de pensamiento que en el pasado no se reflexionaba, categorías que mayormente provienen del mundo de la sociología, como por ejemplo hablar de una teología "feminista", teología "política", "ecoteología", etc. 

El término "genitivo" es un término gramático, que significa que se califica adjetivalmente al sustantivo en cuestión, por ejemplo si se habla de "Filosofía del arte", "arte" está calificando o individualizando ¿Cuál filosofía? Pues esa: la del arte. "Del arte" tiene una función genitiva, hablando gramaticalmente. Ahora, al llegar a la escatología, entonces podemos hablar de una "escatología de", y ese "de", puede tener diferentes enfoques, como por ejemplo Moltmann nos habla de una "escatología de la esperanza", enfocada en la esperanza como concepto en el que gira la escatología. Pero hay muchos otros enfoques, podemos hablar de la "escatología realizada" de Dodd, de la "escatología existencial" de Bultmann, de la "escatología de la historia" de Pannenberg, y así con otros enfoques como el de Cullman, Barth, Schweitzer, entre otros referentes.

Todos estos enfoques pretenden clasificar la escatología, pero como podemos ver, escatología no es una, sino que es variada, y las formas en como se han clasificado suelen ser inadecuadas debido a que no logran ser lo suficientemente comprehensivas, sino que limitan sus criterios, algunos de forma muy reduccionista, e impiden ver el panorama completo. Toda clasificación necesariamente será limitada; sin embargo, hay formas que abarcan más formas de pensamiento y otras que son más reduccionistas. Por estas razones quiero proponer hablar de escatologías Inmanentes y Trascendentes para clasificar las escatologías, porque pueden ser más comprehensivas.

Escatologías Trascendentes.
Trascendencia tiene que ver con aquello que está más allá de nuestras dimensiones temporales y físicas en las que nos movemos. La trascendencia, de hecho es un atributo de Dios que tiene que ver con la "otredad" de Dios, su santidad, su eternidad, con que Dios no es como nosotros, y tiene una existencia más allá del universo, del tiempo y el espacio. Cuando me refiero a escatología trascendente, me refiero a un enfoque en lo que esperamos en el “más allá”. Ese más allá tiene dos polos particulares en los que gira la escatología que son la muerte y la segunda venida de Cristo. Estos polos, a su vez crean dos categorías distintas escatológicas que son la escatología individual y la escatología general. Escatología individual tiene que ver con todo aquello que esperamos como individuos después de la muerte, como el estado intermedio, la resurrección de la carne, el juicio final o el estado eterno. La escatología general tiene aspectos tanto inmanentes como trascendentes, pero en este enfoque, la esperanza de una nueva creación en donde more la justicia no está de este lado de la historia, sino en aquello que viene después de que Cristo venga.

Es importante precisar que uso la palabra “enfoque”, porque un enfoque no necesariamente excluye lo otro, únicamente lo subraya, lo pone en relieve. Por ejemplo el amilenialismo puede sostener que hay profecías relacionadas con el más acá, por ejemplo la batalla final de satanás y las naciones contra la iglesia; sin embargo, el enfoque de su esperanza está en la renovación de la creación posterior a la segunda venida de Cristo. Si bien, el amilenialismo no niega la inmanencia escatológica, no está centrado en ella, sino en la trascendencia, en lo que esperamos que venga en el más allá. Así mismo con otras escuelas y otros aspectos de este enfoque.

Dentro de este enfoque podemos hablar de la teoría “escatologista” en el catolicismo romano, cuya esperanza se enfoca en lo que se puede alcanzar en el “reino de los cielos” entendido como una realidad ultraterrena, realidad a la que llegaremos después de la muerte. También encontramos al dispensacionalismo, que centra su esperanza individual en aquello que esperamos después de la muerte o del rapto, y la redención del mundo sucedida después de la segunda venida de Cristo tanto en el milenio como en la nueva creación. 

El Amilenialismo también entraría en este enfoque, ya que junto al dispensacionalismo no suele tener la esperanza de que este mundo mejore, sino más bien, suele verlo con pesimismo, poniendo su esperanza después de la muerte, y en el siglo venidero. La “escatología realizada” de Dodd, y el preterismo total entrarían también en este enfoque puesto que al ver la profecía ya cumplida en el pasado ¿Qué más podemos esperar sino nuestra muerte y aquello que sucederá después de ella? Esta escuela termina reduciendo toda la escatología general en individual, puesto que ya no espera futuros cumplimientos cósmicos, globales o generales proféticos.

Escatologías Inmanentes.
Inmanencia tiene que ver con inmediatez, aquello que está cercano, de hecho es un atributo de Dios que tiene que ver con el hecho que Dios se involucra con su creación. Cuando me refiero a escatología Inmanente, me refiero a aquella escatología que tiene un enfoque en aquello que sucede en el “más acá”; es decir, que su énfasis profético se encuentra en este lado de la historia. Al igual que los enfoques trascendentes, no pretenden excluir la trascendencia, sin embargo no les interesa enfatizarla, ya sea por el hecho de que nuestra urgencia es el vivir ahora, acá, o ya sea porque poco sabemos del más allá. De todos modos, se busca subrayar el deber del hombre en el ahora y la esperanza de ver en este mundo algo mejor, ya sea por la acción humana, o la promesa divina; o una sinergia entre ambas, pero en aquellas cosas que suceden antes de la muerte y la consumación final.

Dentro de este enfoque podemos hablar la teoría “encarnacionista” en el catolicismo romano, que se hace evidente especialmente en la escatología de la teología de la liberación, cuya aspiración a construir un mundo mejor impulsa la actual acción social y política. También podemos encontrar al Posmilenialismo, tanto del reconstruccionismo cristiano, como su deformación en la teología del “reino ahora”. Estas son formas escatológicas evangélicas que buscan una participación más activa en la sociedad para lograr, ya sea por medios ordinarios o mágicos en el caso del dominionismo, alcanzar una mejor calidad de vida, poniendo en práctica los principios que ofrece el cristianismo. Esto se logrará antes de la segunda venida de Cristo, como un anticipo del reino venidero consumado. Por supuesto que algunas de las escatologías “genitivas” como la escatología Moltmann o Pannenberg, tienen una mayor tendencia en la inmanencia, algo que suele ser más enfatizado en la teología contemporánea, el Dios que se acerca, se encarna, se compadece del hombre en sus angustias, y por supuesto, buscan dar solución actual a los problemas del hombre.

Conclusiones y Propuesta.
Esto sólo pretende ser un esbozo de una clasificación de las principales corrientes escatológicas actualmente. Si bien, el criterio entre Trascendencia e Inmanencia también puede ser limitado, es un criterio que está mucho más centrado en la escatología como tal, es decir, en aquello que esperamos, en las últimas realidades en relación a nosotros, además de abarcar más corrientes de pensamiento sin caer en reduccionismos.

Notamos que las escatologías trascendentes tienen un enfoque actual más individualista, en comparación con las inmanentes que son más colectivistas, porque es claro que la construcción de un mejor mundo ahora no se puede lograr con un pensamiento individualista. Una escatología trascendente que se enfoca en lo que sucede después de la muerte o después de la segunda venida de Cristo, va más de cerca al individualismo, ya que si nuestro destino eterno está determinado por decisiones individuales, o por la promesa divina de un Dios que irrumpe en la historia transformándolo, es poco lo que importa lo que hagamos actualmente a nivel colectivo para alcanzar esas esperanzas. Por el contrario, para lograr un mejor mundo ahora es necesario que exista una fuerza colectiva, los pequeños esfuerzos individuales no son capaces de lograrlo.

Es importante que nuestra escatología logre un equilibrio entre lo trascendente y lo inmanente sin caer en una especie de “esquizofrenia escatológica” en la que no podamos ver un lado de la historia por ver el otro, sino que alimentados por la esperanza del más allá, podamos construir nuestro futuro, esperando de Dios su promesa también en el más acá, y esto tanto desde lo individual como en lo colectivo.

Un intento que busca una posición intermedia fue la que adoptó el Concilio Vaticano II que buscó conciliar tanto la teoría escatologista como la encarnacionista, desde la teología católica, por supuesto. Dentro de la escatología protestante también existen enfoques más integrales y eclécticos. La escatología sin duda tiene una función hermenéutica del presente, lo afecta, lo transforma, por eso los extremos tienen consecuencias negativas en la praxis. Un exceso de trascendencia nos lleva a olvidarnos del presente, caemos en un dualismo espiritualista, en el que terminamos despreciando el orden físico, temporal, material, social, político, actual. Eso causa mal testimonio entre incrédulos, especialmente en aquellos que como el marxismo tienen escatologías seculares intramundanas. Pero un exceso de inmanencia puede llevarnos a la jactancia o a la frustración. 

Jactancia si tenemos éxito en mejorar las condiciones actuales, al enfocarnos en la fuerza del hombre y no en el poder de Dios para los cambios. Frustración y desespero si no tenemos éxito por causa de ver cómo triunfa el mal en el mundo sin que podamos hacer nada al respecto, y como consecuencia caer en los excesos de las escatologías trascendentes. Esto también causa mal testimonio, ya que mostramos falta de contentamiento y de esperanza, como si la Iglesia y el reino de Dios estuvieran destinados a perder. Sí, debemos confiar en un Dios cuyo poder sobrenatural puede recrear el mundo, pero ese poder es el que nos debe impulsar a la acción, no a la pasividad, y no convertir el contentamiento que nos da esa esperanza en conformismo.

El enfoque debe ser mucho más ecléctico, por ejemplo, tomar del posmilenialismo un optimismo razonable, pero sin triunfalismo, más bien contemplando la realidad del condicionalismo, es decir, que el mal o el bien dependerán si las condiciones nos conducen a que aumente lo uno y lo otro, sin echarle la culpa a la providencia de Dios, porque para eso nos dejó Dios su ley, para saber que si la cumplimos nos irá bien y si no, nos irá mal, Dios es fiel. También podemos tomar de la teología de la liberación la esperanza que infunde la aspiración de lograr un nuevo mundo, pero basado principalmente en las promesas de Dios, y no en el esfuerzo humano, especialmente cuando tomamos como instrumento de análisis de la realidad y acción en la praxis el marxismo, ya que no sólo tendremos un diagnóstico inadecuado de la realidad, sino que también tendremos una praxis que contradice no sólo la ley de Dios, sino la misma realidad. La teología de la liberación tiene razón en la necesidad de la acción política para mejorar las condiciones que destruyen la imagen de Dios en el hombre, pero falla al usar el marxismo como instrumento de análisis y acción social.

Del amilenialismo podemos tomar la realidad que aunque nuestro esfuerzo actual por mejorar el mundo se realice, nunca alcanzaremos perfección sino hasta que Cristo vuelva y ponga el orden definitivo en el siglo venidero. Junto al posmilenialismo, el amilenialismo reconoce que estamos en una etapa intermedia de expansión del reino de Dios, que opera tanto a nivel de salvación individual de almas, crecimiento de la iglesia, como también de un Rey que está sometiendo a sus enemigos por medio de su evangelio, un rey que no sólo reina en los individuos, ni sólo reina en la iglesia, sino que reina sobre todas las naciones y en todas las esferas, que deben ser sometidas al dominio del rey, pero bajo las imperfecciones que nuestra actual dispensación demanda. Aunque la perfección no será alcanzada en el más acá, por causa del pecado, la corrupción y la muerte, eso no debe desanimarnos a la acción social, política, en la ciencia, en las artes, porque el reino de Cristo debe ser mostrado en cada acción humana, en toda su dimensión, como testimonio de su reinado y testimonio ante los incrédulos de una justicia eterna que viene. 

Es ahí donde podemos unirnos a la esperanza dispensacionalista en que lo mejor está aún por venir, no sólo en la construcción de un mundo mejor, como venimos diciendo, sino en que la venida del Rey es el clímax de la historia, es el destino hacia donde apunta todo y confluye, en una perfección anhelada, donde el pecado y la muerte serán realmente erradicados para siempre. De manera que ni el futuro glorioso que esperamos en la Parusía de Cristo nos desanima a la acción actual, ni la acción actual es nuestra esperanza final. Son ambas cosas, y la esperanza de una nueva creación es el motor que nos impulsa a la acción, porque la nueva creación está conectada con la antigua, pero mejorada. Dios cuando salva no destruye y crea de la nada, Dios más bien muestra su poder tomando algo que fue creado bueno, pero que se corrompió, quitando su corrupción, y logrando que de el fruto esperado.

Es por eso que la prioridad piadosa de los escatologistas católicos, los místicos, y pietistas protestantes también caben dentro de la acción actual, porque el pietismo es problemático cuando olvida o condena la acción política, pero cuando se enfoca en la contemplación de Dios, un Dios eterno, que no le afecta el tiempo, pero que a la vez es el Dios que da la esperanza venidera, necesariamente lleva a la acción, acción que se ve en el valor de muchos misioneros actuales en lugares difíciles que viven por fe, en los cristianos que sufren persecución, en vidas entregadas a la evangelización, en personas como George Müller que crearon orfanatos para atender a miles. ¿Cómo no puede caber eso dentro del reino de Dios? Claro que sí, el problema nuevamente es el desequilibrio, el condenar una cosa para aprobar la otra, como si se tratara de aspectos contradictorios de la misma esperanza. 

Es posible hacer lo uno sin dejar de hacer lo otro. Pero en cualquier reino todos tienen funciones diferentes, no podemos hacer todo, cada uno de acuerdo a su llamado. El que está llamado a la predicación, hágalo, y el que está llamado a la contemplación, hágalo, y el que tiene vocación política, hágalo, porque el reino de Dios es multifacético. Todos están cumpliendo una función necesaria y vital, se requiere preservar la vida y la justicia a nivel político, para que se pueda adorar y ejercer la piedad con libertad y fuerza, para poder conquistar con el evangelio del reino a los enemigos que aún están sobre la tierra, pero con la esperanza de que los mansos heredarán la tierra, y vivirán para siempre con Cristo en una tierra renovada, una tierra en la que todas las dimensiones que Dios está redimiendo actualmente seguirán, pero de una forma mejorada y que aún no imaginamos. ¿No es ese un suficiente motor para vivir? La escatología es muy práctica, pero debe entenderse en forma integral, o si no dejamos perder aspectos importantes.

Los polos opuestos de las escatologías historicistas nos recuerdan al Dios que se manifiesta en la historia, pero no debemos limitarlo sólo a un momento de la historia. Las escatologías realizadas tienen valor en cuanto a que toman los contextos históricos iniciales en que fue escrita la profecía, pero pasan por alto al Dios que trasciende la historia, y que le sigue dando significado actual a la historia, porque sigue hablando ahora por medio de su Palabra. Esto sólo puede entenderse al reconocer la polisemia textual y el valor simbólico de la Biblia. Esto también le da valor a lo que han reconocido los idealistas, porque cada generación puede aprender de la profecía cumplida o futura aquello que motiva a la acción actual de la Iglesia.

La esperanza cristiana entonces debe entenderse no como una escatología totalmente realizada, pero sí inaugurada, no como una escatología totalmente futurista, pero que sí espera lo mejor al final, no como una realidad ultraterrena, sino como el cielo que ha venido a la tierra, para cambiar la realidad intramundana, como un anticipo de lo mejor que vendrá en el siglo venidero.

Arlington Vaca, jul 2024
Nota: El autor no está de acuerdo con el dispensacionalismo, exceptuando en la esperanza de la segunda venida de Cristo que traerá la consumación final.

lunes, 18 de diciembre de 2023

¿Esperaba Pablo un “rapto secreto”?


Una evaluación crítica de la escatología paulina frente al dispensacionalismo moderno


Desde el siglo XIX, la teología dispensacionalista ha popularizado la idea de un “rapto secreto” previo a la parusía de Cristo, concebida como una primera fase invisible del retorno del Señor, seguida posteriormente por una venida visible y gloriosa. Este artículo examina críticamente dicha doctrina a la luz de la escatología paulina, particularmente en 1 Corintios 15 y 1 Tesalonicenses 4:13–18. Se argumenta que la concepción paulina de la parusía es un evento único, público y escatológicamente culminante, incompatible con una estructura bifásica del retorno de Cristo. El análisis exegético, léxico e histórico demuestra que el “rapto secreto” no forma parte del pensamiento del apóstol Pablo, sino que representa una innovación teológica ajena tanto al Nuevo Testamento como a la tradición cristiana histórica.


Introducción histórica y problema teológico

La doctrina del rapto pretribulacional, tal como es enseñada en amplios sectores del evangelicalismo contemporáneo, sostiene que Cristo regresará en dos etapas: primero, de manera secreta para arrebatar a la Iglesia al cielo, y luego, tras un período de tribulación, en una venida pública para juzgar al mundo. Esta formulación es históricamente reciente y se asocia principalmente con John Nelson Darby y el desarrollo del dispensacionalismo en el siglo XIX.

La pregunta central que este artículo aborda es la siguiente: ¿puede esta doctrina derivarse legítimamente de la escatología del apóstol Pablo? La respuesta propuesta es negativa. Un análisis cuidadoso de los textos paulinos revela una visión escatológica unificada, en la cual la resurrección de los creyentes, la parusía de Cristo y el juicio final convergen en un solo evento histórico-escatológico.


Resurrección y parusía: una unidad inseparable en Pablo

En 1 Corintios 15:22–23, Pablo declara:

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida (παρουσία)”.

El texto establece una relación directa e inequívoca entre la resurrección de los creyentes y la parusía de Cristo. No se mencionan dos resurrecciones ni dos venidas, sino un solo clímax escatológico. Como observa Herman Ridderbos, “para Pablo, la parusía no es un evento preliminar, sino el acto final mediante el cual Cristo consuma su obra redentora y somete todas las cosas al Padre” (Paul: An Outline of His Theology, Eerdmans).

De manera similar, Geerhardus Vos subraya que la escatología paulina está estructurada alrededor de una “escatología ya–todavía no”, pero que culmina en un único acto final de revelación gloriosa de Cristo, no en una serie fragmentada de retornos (The Pauline Eschatology).

La doctrina del rapto secreto, al separar la resurrección de la parusía visible, introduce una discontinuidad que Pablo jamás articula.


“Salir a recibir al Señor”: εἰς ἀπάντησιν y su trasfondo histórico

Uno de los textos clave en el debate es 1 Tesalonicenses 4:17, donde Pablo afirma que los creyentes serán arrebatados “para recibir (εἰς ἀπάντησιν) al Señor en el aire”. El significado de esta expresión ha sido ampliamente estudiado en la literatura académica.

El término εἰς ἀπάντησιν era utilizado en el mundo grecorromano para describir la acción de salir al encuentro de una autoridad que llegaba a una ciudad, con el propósito de acompañarla en su entrada oficial. Gordon D. Fee señala que “la imagen no es la de una retirada del mundo, sino la de una procesión real en honor al Señor que llega” (The First and Second Letters to the Thessalonians, NICNT).

Esta lectura es compartida por N. T. Wright, quien afirma que Pablo describe “el encuentro del pueblo de Dios con el Rey que regresa, no una evacuación celestial, sino la inauguración pública de su reinado” (Surprised by Hope).

Por tanto, el lenguaje de 1 Tesalonicenses 4 apunta a una bienvenida real y pública, coherente con una parusía visible, no con un rapto secreto.


“En el aire” y “en las nubes”: lenguaje teofánico, no escapista

El texto paulino afirma que el encuentro con Cristo ocurre “en las nubes” y “en el aire”, no “en el cielo”. Pablo es preciso en su vocabulario: cuando desea referirse al “tercer cielo”, lo hace explícitamente (cf. 2 Corintios 12:2). Aquí, en cambio, emplea un lenguaje teofánico, común en las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento.

Geerhardus Vos destaca que las “nubes” en la Escritura no indican un destino geográfico, sino la esfera de la manifestación divina y real de Dios en la historia. Este simbolismo refuerza la idea de revelación pública, no de ocultamiento.

El literalismo dispensacional, al insistir en una lectura estrictamente espacial del texto, pasa por alto la función simbólica y regia del lenguaje empleado por Pablo.


La parusía en la teología paulina global

Cuando se consideran otros textos paulinos —como 2 Tesalonicenses 1:6–10 o Romanos 8:18–25— emerge un patrón consistente: la parusía es el momento de juicio, vindicación, resurrección y renovación de la creación. Ridderbos resume esta visión afirmando que “la esperanza cristiana en Pablo no es la huida del mundo, sino su transformación bajo el señorío de Cristo”.

No existe evidencia textual de que Pablo haya concebido una parusía dividida en fases, ni mucho menos una venida secreta previa a un juicio posterior.


Conclusión

El análisis exegético, histórico y teológico de los textos paulinos conduce a una conclusión clara: el apóstol Pablo no enseñó ni anticipó un “rapto secreto” previo a la parusía. Esta doctrina surge de un sistema hermenéutico moderno que fragmenta artificialmente el retorno de Cristo y lo separa de la resurrección y el juicio final.

La escatología paulina, tal como la entienden Vos, Ridderbos, Fee y Wright, presenta una visión unificada, pública y gloriosa de la parusía. En consecuencia, el “rapto secreto” debe ser reconocido no como una enseñanza apostólica, sino como una innovación teológica del siglo XIX, ajena tanto al texto bíblico como a la tradición cristiana histórica.


¡Piensa en esto cristiano!

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Bibliografía 

  • Fee, Gordon D. The First and Second Letters to the Thessalonians. NICNT. Eerdmans.

  • Ridderbos, Herman. Paul: An Outline of His Theology. Eerdmans.

  • Vos, Geerhardus. The Pauline Eschatology. Baker.

  • Wright, N. T. Surprised by Hope. HarperOne.


jueves, 26 de octubre de 2023

¿Un templo futuro o la consumación del templo en Cristo?


Un análisis reformado de Ezequiel 40–48 y sus propuestas de cumplimiento

Resumen

Ezequiel 40–48 presenta una de las visiones proféticas más extensas y complejas del Antiguo Testamento: la descripción de un templo glorioso, el retorno de la gloria divina, la restauración del culto, la renovación de la tierra y la inclusión de los gentiles. A lo largo de la historia de la interpretación bíblica, este pasaje ha dado lugar a múltiples propuestas de cumplimiento. El presente artículo analiza críticamente tres interpretaciones principales —histórica, dispensacional y cristocéntrica— y sostiene que la lectura reformada, que entiende el templo como una realidad escatológica cumplida en Cristo y su pueblo, es la que mejor armoniza el texto de Ezequiel con el testimonio del Nuevo Testamento y la unidad del plan redentor de Dios.

Introducción

La pregunta central que plantea Ezequiel 40–48 no es meramente arquitectónica, sino teológica: ¿de qué manera habitará Dios nuevamente con su pueblo después del juicio y el exilio?. El profeta, escribiendo a una comunidad desplazada y despojada de sus símbolos centrales de identidad, emplea un lenguaje cultual y territorial para comunicar esperanza, restauración y presencia divina.

Sin embargo, el desafío hermenéutico surge al intentar determinar si esta visión debe entenderse:

  1. como una restauración histórica inmediata,

  2. como un templo literal futuro aún por construirse, o

  3. como una realidad escatológica cumplida en Cristo y consumada en el estado eterno.

Contexto histórico y función profética de Ezequiel 40–48

Ezequiel recibe la visión del templo después de la destrucción del templo de Salomón (586 a.C.), cuando la presencia de Dios parecía haberse retirado de Jerusalén. La visión cumple una función pastoral y pactual: asegurar al pueblo que Yahvé no ha abandonado su propósito de morar con ellos.

Los elementos centrales de la visión incluyen:

  • el retorno de la gloria de Dios (Ez 43),

  • la purificación del culto (Ez 44–46),

  • la transformación interior del pueblo (Ez 36),

  • la inclusión de extranjeros en la heredad (Ez 47:22),

  • un príncipe davídico que gobierna al pueblo (Ez 34; 37; 44),

  • un río de vida que fluye desde el templo (Ez 47).

Estos elementos indican que la visión trasciende una mera reconstrucción edilicia y apunta a una restauración integral del orden pactual.

Evaluación de las propuestas de cumplimiento

1. Opción (A): Cumplimiento en el Segundo Templo

Esta interpretación sostiene que Ezequiel 40–48 se cumplió en la reconstrucción del templo bajo Zorobabel (537 a.C.) y su posterior ampliación en tiempos de Herodes.

Si bien esta opción reconoce correctamente un cumplimiento histórico real tras el exilio, presenta dificultades significativas:

  • la gloria visible de Yahvé descrita en Ez 43 no regresó de manera manifiesta,

  • el templo postexílico fue inferior en esplendor (Hag 2:3),

  • los elementos cósmicos y escatológicos de la visión nunca se realizaron literalmente.

Por ello, desde una perspectiva reformada, esta opción debe entenderse como un cumplimiento parcial y tipológico, pero no definitivo.

2. Opción (B): Templo literal futuro en el Milenio (dispensacionalismo)

El dispensacionalismo interpreta Ezequiel 40–48 como la descripción de un templo literal futuro, reconstruido durante el milenio, con la reanudación de sacrificios animales de carácter “conmemorativo”.

Esta postura enfrenta objeciones teológicas de gran peso:

  • introduce categorías no explícitas en el texto (cuarto templo, sacrificios conmemorativos),

  • entra en conflicto con Hebreos 8–10, que afirma la suficiencia y finalidad del sacrificio de Cristo,

  • fragmenta la unidad del pueblo de Dios al separar Israel e Iglesia,

  • ignora que Apocalipsis retoma la visión de Ezequiel eliminando la necesidad de un templo (Ap 21:22).

Desde la cosmovisión reformada, esta opción resulta incompatible con la teología del Nuevo Testamento.

3. Opción (C): Templo espiritual en Cristo y su pueblo (lectura reformada)

La interpretación reformada sostiene que Ezequiel emplea lenguaje simbólico–cultual para describir una realidad escatológica mayor, cumplida progresivamente en Cristo y consumada en el estado eterno.

Esta lectura se apoya en varios ejes bíblicos:

  • Cristo es el verdadero templo (Jn 2:19–21),

  • la Iglesia es ahora el templo del Espíritu (Ef 2:19–22),

  • la transformación del corazón prometida en Ez 36 se cumple en la regeneración,

  • la inclusión de los gentiles se realiza plenamente en el evangelio,

  • el río de vida de Ez 47 reaparece en Ap 22, donde ya no hay templo porque Dios mismo habita con su pueblo.

Esta opción preserva la unidad del plan redentor, la centralidad de Cristo y la escatología inaugurada del Nuevo Testamento.

Tabla comparativa de las tres interpretaciones (A–B–C)

Aspecto(A) Segundo Templo(B) Templo Milenial Dispensacional(C) Templo en Cristo (Reformada)
Tipo de cumplimientoHistórico–parcialFuturo–literalEscatológico–cristocéntrico
Naturaleza del temploFísico, postexílicoFísico, futuroEspiritual y redentor
Gloria de DiosNo manifestada plenamenteRestaurada visiblementePresente en Cristo y su pueblo
SacrificiosContinuación mosaicaRestaurados “conmemorativos”Abolidos en la cruz
Príncipe davídicoGobernante históricoRey político futuroCristo, Hijo de David
Inclusión de gentilesLimitadaSecundariaPlena en el evangelio
Relación con HebreosTensiónContradicciónArmonía plena
Consumación finalDestrucción en 70 d.C.Reino terrenal temporalEstado eterno sin templo

Conclusión

Desde la cosmovisión reformada, Ezequiel 40–48 no anuncia una restauración futura del sistema cultual mosaico, sino la consumación de la presencia de Dios con su pueblo mediante la obra del Mesías. El templo glorioso de la visión no encuentra su expresión final en piedra y sacrificios, sino en Cristo como el verdadero templo, en la Iglesia como morada del Espíritu y, finalmente, en el estado eterno donde Dios habita plenamente con los redimidos.

La lectura reformada permite afirmar que Ezequiel no mira hacia atrás —a un retorno al antiguo orden—, sino hacia adelante, a la realidad escatológica del Reino de Dios plenamente establecido, donde ya no hay templo porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo (Ap 21:22).


¡Piensa en esto cristiano!



miércoles, 4 de agosto de 2021

MARTYN LLOYD-JONES: PORQUÉ NO SOY PRE-MILENIALISTA DISPENSACIONAL




Dr. Martyn Lloyd-Jones
15 Razones por las que no soy Premilenialista.

1. El milenio aparece solamente en Apocalipsis 20
Esta enseñanza no se encuentra en ningún otro lado de los evangelios o de las epístolas del Nuevo Testamento. Todos están de acuerdo en ello. No hay ninguna otra referencia a esta idea de un reino terrenal con nuestro Señor reinando en persona en la tierra durante mil años literales.

Si creemos en la unidad de la Escritura, debemos creer que la Escritura actúa como un todo. De modo que cuando se trata la doctrina de la Segunda Venida de nuestro Señor en otras partes de la Escritura, y si esta doctrina del reinado terrenal es una parte esencial de ella, suponemos que debería haber alguna clase de indicación o de pista con respecto a ello, ya sea en la enseñanza de nuestro Señor mismo o en la enseñanza de sus apóstoles. Pero la verdad es que no las hay.

2. Hace hincapié en el aspecto terrenal del reino
Esta doctrina es un concepto terrenal y materialista, mientras que cuando leemos los evangelios y la enseñanza de nuestro Señor mismo con respecto a su reino, no podemos sino sorprendernos ante el hecho de que recalca constantemente que su reino es espiritual, y en las epístolas se hace el mismo hincapié.

Ahora bien, tengamos esto claro: creemos que, tal como nos muestra 2 Pedro 3, finalmente habrá un nuevo cielo y una nueva tierra. Sí, pero esto sucederá después de que este cielo y esta tierra sean destruidos de la manera descrita por Pedro allí. Por otro lado, el premilenialismo habla acerca de un reino terrenal antes de ese reinado definitivo.

3. Pospone al futuro la idea del reino
Se dice que estamos en la era de la iglesia y Cristo no es el rey por el momento sino solamente la cabeza de la iglesia. Cristo ofreció el reino cuando estuvo aquí en el mundo pero fue rechazado. Luego vino este interregno y ahora no hay ningún reino sino que vendrá durante el reino milenial. Mientras que, sin lugar a dudas, las Escrituras nos enseñan que el reino ya está presente y que aquellos de nosotros que somos creyentes ya estamos en el reino de Dios (Colosenses 1:13; Apocalipsis 1:9).

Los cristianos ya están en el reino. En un sentido, el reino aún está por venir por en otro sentido ya ha llegado. Ya somos ciudadanos del reino de Dios. Entonces, pues, posponer toda la idea del reino al futuro es contradecir la enseñanza bíblica.

4. Los judíos reciben una gran posición preeminente
Reintroduce la distinción entre judíos y gentiles que ha sido abolida. No había nada en lo que se gloriase tanto el apóstol Pablo en particular como en que “no hay griego ni judío” (Colosenses 3:11).
“Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14).

El reino está abierto ahora tanto a judíos como a gentiles. Toda la gloria del evangelio, escribió Pablo, nuevamente a los efesios, es que los gentiles son “coherederos” (Efesios 3:6) y “conciudadanos de los santos” (2:19) en este glorioso reino de Dios.

Pero aquí tenemos una enseñanza que vuelve a introducir una distinción vital entre judíos y gentiles que, según se dice, durará por toda la eternidad.

Debo reconocer que me parece imposible creer en una separación permanente entre los judíos y los gentiles. Me bastaría Romanos 11 de por sí para aplastar semejante idea. Hay un solo olivo, dice Pablo.
Los judíos eran ramas naturales, pero fueron cortadas y se injertaron otras. “El reino de Dios será quitado de vosotros y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mateo 21:43). Pero los gentiles fueron injertados en el olivo, y los judíos son reinjertados cuando se convierten en cristianos.

No hay una distinción permanente entre los judíos y los gentiles, eso acabó de una vez por todas. La enseñanza del Nuevo Testamento es que todas las naciones y tribus estarán en el reino de Dios. Aun el libro de Apocalipsis lo enseña y, ciertamente, no hay ningún rastro de diferencias entre los judíos y los gentiles, aun en el propio capítulo 20. La enseñanza acerca de los judíos y los gentiles ha sido introducida en el capítulo y está fuera de lugar en ese sitio.

5.- Enseña varias venidas del Señor
Según esta idea habrá al menos dos venidas; tres si se cree en el rapto pretribulacional. Pero ciertamente el Nuevo Testamento enseña que solo habrá una venida de nuestro Señor, la asociada con la resurrección general de los muertos y el juicio final. ¿Dónde están las evidencias de que vaya a haber más de una venida?

6. Enseña varias resurrecciones
El premilenialismo también enseña que habrá al menos dos resurrecciones, si no tres. Si sostenemos la idea del rapto pretribulacional, hay tres resurrecciones. Pero si no somos de esa opinión, y somos premilenialistas clásicos, entonces hay dos, con un intervalo de al menos mil años entre la resurrección de los justos y la de los impíos.

Su doctrina es que los creyentes serán resucitados al comienzo del reinado de los mil años pero los incrédulos no serán resucitados hasta el final de ese período. Aquí hay otra cosa que es importante que consideremos, puesto que creo que esta enseñanza es una contradicción directa de la enseñanza de nuestro Señor y Salvador mismo.

Juan 5:28-29 dice, “”Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”.

¿Dónde está el intervalo de mil años? Ciertamente las palabras de nuestro Señor afirman claramente que habrá una resurrección general para todos: buenos y malos al mismo tiempo.

Si pasamos a Juan 6, encontramos que nuestro Señor mismo enseña que los buenos y los malos serán resucitados en el último día, no al principio del milenio, sino al final. Encontramos esto en el v. 39, “Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero”.

No hay nada tras el último día: es el día final y en el día final, no antes, el Señor resucitará a los que le ha dado el Padre, los buenos, los creyentes, los cristianos. Luego lo repite en los vv. 40, 44 y 54.

Encontramos exactamente la misma enseñanza en Juan 11:24. Marta le dice, “Yo sé que resucitará [Lázaro] en la resurrección, en el día postrero”. Esa era la enseñanza vigente, y nuestro Señor la adoptó y utilizó. Decir, pues, que hay dos resurrecciones con un intervalo de mil años entre ellas es contradecir lo que nuestro Señor enseña claramente, y lo que se enseña en el Nuevo Testamento con respecto a la resurrección, al último día y el juicio final.

7. Cristianos glorificados y no glorificados juntos
Si el premilenialismo es correcto entonces nos confronta lo siguiente: en la tierra habrá simultáneamente santos glorificados –personas que han muerto y cuyos cuerpos han sido cambiados de manera “semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:21)- y al mismo tiempo otros cristianos que no han muerto aún y siguen estando en la carne. Ambos grupos estarán viviendo juntos.
Pero esto parece inconcebible. Ciertamente, no solo eso, sino que el propio Señor en toda su gloria estará viviendo en la tierra con los hombres y las mujeres. Sin embargo, cuando Saulo de Tarso lo vislumbró, cayó a tierra. Sin duda, esta es una dificultad muy importante.

8. Pecadores en el milenio
Otra incongruencia es que, durante este supuesto período glorioso, habrá sin lugar a dudas personas en la tierra que sigan siendo pecadoras. Lo decimos por este motivo: si no quedan pecadores, ¿Cómo pueden llegar a ocurrir las cosas que se describen en Apocalipsis 20:7-9?

¿Se nos está pidiendo que creamos que, de un solo golpe, Satanás puede convertir repentinamente a esta multitud, numerosa como la arena del mar, en enemigos de Cristo? No, sin duda se nos está indicando que fueron enemigos todo el tiempo y que sus pecados simplemente se mantuvieron bajo control. Este período, pues, no es tan glorioso como algunos querrían hacernos creer.

9. Los aliados de Satanás a finales del milenio
¿Es concebible que después de que nuestro bendito Señor y Salvador haya estado viviendo y reinando en este mundo, Satanás pueda crear súbitamente todas estas hordas, estas multitudes de personas de todo el mundo, tan numerosas como la arena del mar, para combatir a Cristo y oponerse violenta y amargamente a Él?
Ciertamente es forzar la imaginación, no digamos ya el pensamiento, pedirnos que creamos que tal cosa sea posible. Sin embargo, es una parte esencial del premilenialismo.

10. En Caso de 2 Pedro 3
En 2 Pedro 3 no hay ni una sola palabra acerca del milenio. No hay ni rastro de una indicación acerca de un período durante el cual el pecado será mantenido bajo control en absoluto. Lo único que sabe Pedro es que el día del Señor introducirá una gran conflagración que significará la destrucción del mundo tal como lo conocemos. El pecado y el mal serán borrados de él (2 Pedro 3:7).

Todo sucede al mismo tiempo, eso es lo único que sabe Pedro. Y luego está la llegada de los “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (v. 13). Pedro no hace ninguna referencia a un reinado milenial, y señala que Pablo tampoco dice nada. En los vv. 15-16 Pedro hace referencia a los escritos de su “amado hermano Pablo” quien, dice Pedro, habla en todas sus epístolas “de estas cosas”, pero no hay ni el más mínimo atisbo de algún tipo de enseñanza premilenialista.

Pedro dice que, “el día del Señor vendrá como ladrón en la noche” (2 Pedro 3:10). Nuestro mundo será consumido por fuego, dice Pedro. Significará el fin del mundo tal como lo conocemos, y entonces habrá un nuevo cielo y una nueva tierra.

Pero, ¿Cómo puede llegar todo eso como “ladrón en la noche” si ha estado precedido por mil años de presencia de Cristo en su cuerpo glorificado aquí en la tierra? Todos lo estaremos esperando. Habremos pasado por un milenio y luego por el corto tiempo que Satanás sea librado, y sabremos que el día del Señor está al llegar. Esta enseñanza premilenialista contradice directamente la enseñanza de este importante capítulo.

No solo eso, en 2 Pedro 3 el apóstol nos dice de manera bastante clara lo que hemos de esperar. Nos exhorta a desear la “venida del día de Dios” (v. 12) que también será “el día del juicio y de la perdición de hombres impíos” (v. 7) y el día de la gran conflagración cuando “los elementos ardiendo serán deshechos” (v. 10), y el mundo tal como lo conocemos será destruido.

Ciertamente, pues, este capítulo debiera de ser suficiente de por sí para llevarnos a cuestionar seriamente la interpretación premilenialista de Apocalipsis 20.

11. Apocalipsis 20
La escena que describe Juan no se produce en la tierra sino en el cielo (v. 1). Y en el v. 4 Juan dice, “Y vi tronos”. Ahora bien, al repasar el Apocalipsis, encontramos una serie de referencias a tronos y, sin una sola excepción, los tronos están en el cielo, no en la tierra.

Eso, pues, debería llevarnos a reflexionar, pero además de eso, como ya hemos señalado, en este capítulo no hay una sola referencia a la tierra, y menos aún una referencia a Palestina. Jerusalén no se menciona en absoluto. Los judíos simplemente no aparecen aquí en ningún sentido, y sin embargo, la interpretación premilenialista pone la tierra, Palestina, Jerusalén reconstruida, el templo y los judíos en una posición preeminente.

Aquellos que sostienen la idea premilenialista admiten la ausencia de referencias a un reinado terrenal de los judíos. Dicen que en el Antiguo Testamento hay profecías acerca del tiempo glorioso que se avecina, y que debe de estar aquí; de modo que aquí lo ponen.

Pero la pregunta es: ¿lo pone Juan aquí? ¿Hay algún tipo de indicio que señale que debe ir aquí? Señalaría que no existe nada en todo el Apocalipsis que indique la tierra o Palestina o a los judíos: la escena está en el cielo.

12. Simbolismo
Dice Apocalipsis 20:1-2, “Vi a un ángel que descendía del cielo con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años”.

Ahora bien, aun aquellos que sostienen la idea premilenialista están dispuestos a aceptar que las referencias a la cadena son obviamente simbólicas porque, después de todo, Satanás es un espíritu. Pero a partir de ahí, rechazan la utilización de simbolismo. ¡Pero sin duda eso es incoherente!

Sin lugar a dudas, todo lo que estamos tratando aquí es simbólico. No es forma de hacer interpretación verdadera el tomar los elementos que convengan a una teoría. Si este capítulo comienza de manera simbólica, ¿por qué no puede seguir del mismo modo?

Presentaría la siguiente conclusión: los números de este libro son obviamente simbólicos. El número 1000 indica un período de plenitud, un período completo. Indica un largo período, sí, pero por encima de todo un período completo: diez al cubo (10 x 10 x 10).

En el Apocalipsis, la palabra “mil” se utiliza de muchas formas. Considerémoslas por nosotros mismos y veremos que en el resto de los lugares siempre se utiliza simbólicamente. ¿Por qué habría de volverse literal aquí?

13. Juan vio almas
El v. 4 se lee, “Y vi tronos y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar” –advirtamos luego esto- “y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús”.

Juan dice deliberadamente que vio las almas de aquellos que fueron decapitados por dar testimonio de Jesús, lo que sin duda indica que las personas se encontraban en un estado extracorpóreo.

No dice que vio a aquellos que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús resucitados y en sus cuerpos glorificados. Si se refería a eso, ¿por qué no lo dijo? Dice que vio sus almas.

Esto indica nuevamente que la escena produce en el cielo donde Juan ve las almas de aquellos que están en Cristo, aquellos que han sido fieles y han sufrido por causa del testimonio de Jesús.

14. El milenio precede al juicio final
Este período de mil años obviamente precede al juicio final. En este capítulo (Apocalipsis 20) no llegamos al juicio final hasta los vv. 11 y 12. Luego Juan pasa a decir, “Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras” (v. 13).

En Apocalipsis 20 el juico final se produce después de estos mil años. Mete, pues, a los defensores del premilenialismo en serias, por no decir imposibles, dificultades, ya que tienen que invertir el orden de los acontecimientos.

Sin embargo, Apocalipsis 20 no solo está en línea con 2 Pedro 3, está igualmente en línea con la gran enseñanza de Romanos 8 acerca de la creación que ha sido “sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza” –adviértase- “porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto, hasta ahora” (Romanos 8:20-22).

En Romanos 8 Pablo está consolando a las personas que están atravesando tiempos difíciles y el consuelo que les ofrece no es que habrá un glorioso período de mil años de reinado con Cristo en la tierra. No. Escribe, “Toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto, hasta ahora; y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando” -¿El qué? ¿El reino milenial? ¡No!- “la adopción, la redención de nuestro cuerpo” (vv. 22-23).

Nuestra esperanza descansa en esta victoria definitiva cuando toda la creación haya sido liberada del mal y el pecado por medio de esta conflagración que se avecina, y el nuevo cielo y la nueva tierra hayan sido introducidos. Y nuevamente, en Hechos 3:19-21, encontramos una referencia al período cuando Pedro, predicando tras la curación del cojo, habla acerca de la regeneración que se aproxima, “tiempos de refrigerio” (v. 19) y “tiempos de restauración” (v. 21).

15. La presencia del pecado en el milenio
Cuando llegamos al encadenamiento de Satanás durante mil años, el premilenialismo fuerza excesivamente su interpretación de los vv. 2-3.

Si eso significa que no habrá ningún pecado ni maldad en el mundo durante ese gran período, entonces, es muy difícil explicar cómo Satanás puede con tanta facilidad, al final de los mil años, persuadir a tantas personas para que le obedezcan; tantas personas, ciertamente, que la iglesia de Cristo se verá casi superada, y a fin de salvar a Cristo y su pueblo es necesario que Dios envíe fuego del cielo (v. 9).

Conclusión
Estas son, pues, a mi parecer, las objeciones a la interpretación premilenialista de Apocalipsis 20.

- Martyn Lloyd-Jones (amilenial)

viernes, 28 de mayo de 2021

El Israel de Dios



Introducción


Hay mucho más concerniente a los “tiempos del fin” o últimas cosas (Escatología) de lo que nosotros decimos que realmente sucede en los últimos días. Nuestra escatología depende estrechamente de nuestra visión de lo que Dios está haciendo en la historia.

En el centro del debate está la cuestión del “Israel de Dios” (Gálatas 6:16). Por supuesto, esta no es una cuestión nueva. Durante el ministerio terrenal del Señor y después de su resurrección y antes de su ascensión, los discípulos le preguntaron repetidas veces, “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6).

En efecto, había una extendida creencia rabínica y popular de que el Mesías debía de ser un personaje político-militar poderoso de fuerza y destreza Davídica – “David hirió a sus diez miles” (1 Samuel 18:7). Juan 6:14-15 dice,
“Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: “éste verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo.” Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo.”

No se trataba, como algunos lo entienden, de que no fuera el tiempo, sino más bien de que un reino terrenal era contrario a sus propósitos. De nuevo, al final de su vida, durante su entrada triunfal, no vino a establecer un reino terrenal sino a cumplir las profecías, “No temas, Oh Hija de Sión; mira, he aquí tu rey viene, sentado sobre un pollino hijo de asna” (Juan 12:15; Isaías 40:9; Zacarías 9:9).

Jesús les había enseñado a los discípulos y a otros que él no había venido a establecer un reino terrenal como ellos esperaban, sino que había venido a traer salvación del pecado. Al final, cuando “los hombres de Israel” no pudieron tolerar más su rechazo a someterse a la escatología de ellos, su plan para la historia, le crucificaron. Las Escrituras dicen,
“De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.” (Mateo 27:41-42).
Es también triste el hecho de que muchos cristianos estén de acuerdo con los principales sacerdotes y los maestros de la ley. El Dispensacionalismo ha sostenido por mucho tiempo que los fariseos tenían el método correcto de interpretar la Biblia, sólo que llegaron a conclusiones equivocadas.

El Dispensacionalismo-Premilenialismo cree que Dios le hizo la promesa a Abraham (Génesis capítulos 15 y 17) de que le daría un pueblo terrenal y nacional de manera que, según el Dispensacionalismo, siempre ha sido la intención de Dios tener tal pueblo, y si los Judíos rechazaron la primera oferta (¡o Jesús rechazó sus términos!) habrá de haber un reino, Judío, Palestino, en el milenio.

De acuerdo con el Dispensacionalismo, Dios estaba tan comprometido con la creación de ese pueblo terrenal y nacional que esta fue la principal razón de la encarnación, nacimiento y ministerio de Cristo. Si ellos hubieran aceptado su oferta de un reino terrenal, Jesús no hubiera muerto. En este esquema, la muerte salvadora de Jesús en la cruz es un feliz sub-producto del plan de Dios para un Israel nacional.

Es también un artículo de fe entre muchos Premilenialistas el que la creación de un estado Israelí moderno, en Palestina en 1948, sea una confirmación providencial de su reclamo de que los Judíos son el pueblo terrenal y nacional de Dios, y más aún, que Dios continua obrando en la historia en dos trayectorias diferentes, con un pueblo Judío terrenal y con un pueblo Cristiano espiritual.

Esta manera de proceder, de todas formas, está cargada de dificultades. En primer lugar, esta forma de leer los sucesos contemporáneos es muy incierta. ¿Quién de entre nosotros sabe de forma certera el sentido exacto de la providencia? Si un ser querido tiene cáncer, ¿deberíamos especular sobre qué pecado lo causó? Nuestro Señor nos advirtió contra el intentar interpretar la providencia (Juan 9). Si no podemos ni tan sólo intuir el significado de providencias relativamente pequeñas, ¿Cómo vamos a interpretar el sentido de providencias mayores? ¿Quién dice que deberíamos centrarnos en un estado israelí? ¿No debiéramos más bien centrarnos en la difícil situación que viven los cristianos palestinos, quienes han sufrido mucho en manos de Judíos y Musulmanes, y en especial desde la formación del Israel moderno?

Aunque resulte emocionante pensar que Dios pueda estar haciendo algo espectacular en nuestros días, da temor pensar que nuestra codicia de emociones no es mejor que el clamor de aquellos israelitas que dijeron, “danos a Barrabás”. Bien pudiera ser que la locura de los últimos tiempos que estamos presenciando, primero a finales de los 70, y de nuevo durante la guerra del Golfo y de nuevo en estos últimos años, sea realmente una búsqueda de certeza. Así como las últimas generaciones apartaron sus ojos de la predicación del evangelio y la administración de los sacramentos, en favor de los avivamientos, nuestra generación parece inclinarse por encontrar confirmación para su fe en el ser testigos presenciales del final de la historia. El hecho es que los cristianos a menudo han pensado la misma cosa, y han estado equivocados.

Recuerda que después del Monte de la Transfiguración (Mateo 17:1) donde Moisés y Elías aparecieron ante su Señor, los discípulos salpicaron a Jesús con preguntas sobre un reino Mesiánico terrenal, sobre si Elías aún había de venir. Jesús les respondió diciendo,
“A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.” (Mateo 17:11-13).

Jesús siempre tiene la intención de predicar la llegada del Reino (“el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. Marcos 1:15), morir por los pecadores, y gobernar su reino desde donde ahora está, a la derecha de Dios. (Hechos 2:36)

Más tarde, en Mateo 19:27-30, después de haber oído las enseñanzas de Jesús sobre la verdadera naturaleza del Reino, Pedro preguntó de nuevo la pregunta del Reino, “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?”, a lo cual Jesús respondió,
“De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros.”
Nuestros hermanos Premilenialistas interpretan esto como promesa de un reino Judío terrenal, pero Jesús entendió el Reino de una forma bastante diferente. Las parábolas que vienen a continuación precisamente enseñan que Dios no está estableciendo un reino Judío terrenal, sino más bien que “el último será primero, y el primero será último” y que
“el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará.” (Mateo 20:18).

Jesús fue incluso aún más claro con la madre de Santiago y Juan, que andaba buscando trabajo para sus hijos: “Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.” (Mateo 20:21). él la reprendió diciéndole que no sólo no iba a establecer un reino terrenal, sino que además iba a sufrir y morir y que ellos iban a sufrir y morir por causa de él, porque “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:28).

Por lo tanto, no podemos estar de acuerdo con el argumento del Dispensacionalista Clarence Larkin, cuando interpreta las palabras de Jesús,
“No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:7-8).

No como una reprensión hacia los discípulos por haber estado buscando un reino terrenal, sino tan sólo como una advertencia a seguir esperando el reino en la tierra.

Mas bien, Jesús no vino para formar en la tierra un reino Judío ahora o más tarde, sino que su intención fue tan sólo redimir a todo su pueblo por medio de su muerte en la cruz, y gobernar a las naciones con vara de hierro en su ascensión hasta su regreso en juicio.

Mi argumento es que el propósito principal de Dios en la historia ha sido siempre el de glorificarse a sí mismo por medio de la redención de un pueblo formado por gentes de todos los tiempos, lugares y de todas las razas, cuya gracia él ha administrado desde la caída, en la historia en una iglesia visible e institucional, representados por Adán, Noé, Abraham, Moisés, David y ahora Cristo.

Por lo tanto la premisa de que la intención de Dios ha sido la de establecer una nación Judía permanente o milenial es justo al contrario. Nuestros hermanos Dispensacionalistas confunden lo que es temporal con lo que es permanente, y lo permanente con lo temporal.

La Palabra de Dios nos enseña que Jesús es el verdadero Israel de Dios, que su encarnación, obediencia, muerte y resurrección no fue un subproducto del rechazo de Israel a la oferta de un reino terrenal, sino el cumplimiento del que fue el plan de Dios desde toda la eternidad. Esto es lo que Jesús les dijo a los discípulos en el camino a Emaús. Uno de ellos dijo, “nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.” En respuesta nuestro Señor les dijo,
“¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:25-27).
El apóstol Pablo resumió esta misma enseñanza cuando les dijo a los corintios que no importa cuántas promesas Dios os haya hecho, “todas son Sí en Cristo” (2 Corintios 1:20).


Definición de Pacto

No podemos comprender lo que Dios está haciendo en la historia si no entendemos uno de los conceptos más importantes de las Escrituras: El pacto. Esta es una palabra muy frecuente en la Biblia (294 veces). El pacto describe la forma en que Dios se relaciona con sus criaturas. Es un juramento que compromete a ambas partes y en el cual hay condiciones, bendiciones por la obediencia y maldiciones por la desobediencia así como señales y sellos del juramento.


Ley y Evangelio: Pacto de Obras y Gracia

Dios hizo el primer pacto en la historia humana, un pacto de obras, con el primer hombre en el paraíso. La bendición prometida a cambio de mantener el pacto fue que Adán y toda la humanidad entrarían en la gloria (“come y vive para siempre,” Génesis 3:22); la maldición por romper el pacto era la muerte (“de cierto morirás” Génesis 2:17). La condición del pacto es que Adán se abstuviera de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17). Las señales del pacto fueron el árbol del conocimiento del bien y del mal y el árbol de la vida (Génesis 2:9).

Como ya sabes Adán falló en la prueba, y como Pablo dice “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.” (Romanos 5:12). Todos nosotros hemos nacido bajo este pacto de obras.

El segundo pacto de la historia fue también hecho por nuestro Dios con nuestro padre Adán. Este pacto, sin embargo, no fue un pacto de Ley; más bien fue un pacto de Evangelio. Este es un juramento que compromete a ambas partes y en el cual hay condiciones, bendiciones por la obediencia y maldiciones por la desobediencia así como señales y sellos del juramento.

En el pacto de gracia, Dios prometió bajo juramento la venida de un Salvador (“la simiente de la mujer”) quien heriría en la cabeza a la simiente de la serpiente cuando la serpiente hiriera su talón (Génesis 3:14-16).

La bendición de este pacto es la vida eterna (el árbol de la vida) y la maldición por romper el pacto continúa siendo la muerte. El Evangelio de este pacto es que hay un Salvador que guardará los términos del pacto de obras y que los pecadores se beneficiarán de ello.

Hay tres cosas que han de ser dichas sobre las condiciones relativas al pacto de gracia:

1. En cuanto a la causa de nuestra justificación, el pacto de la gracia es incondicional. Dios no acepta pecadores por otra razón que no sea la justicia de Cristo imputada sobre ellos por gracia.

2. En cuanto al instrumento de nuestra justificación, la fe salvadora, regalo de Dios (Efesios 2:8-10), es la única condición del pacto. La fe es pasiva (la recibimos de Dios) y orientada hacia Cristo. Esto es lo que los Reformadores Protestantes querían decir con sola fide.

3. En cuanto a la administración del pacto de la gracia, podemos decir que las condiciones del pacto son aquellos medios por los cuales Dios habitualmente hace pasar a los pecadores de muerte a vida, o sea, la predicación del Santo Evangelio, y aquellos medios de gracia por los cuales él confirma sus promesas y fortalece nuestra fe: los santos sacramentos. La obediencia cristiana no es ni base ni instrumento de nuestra justificación ante Dios, sino el fruto y la demostración de la obra de Cristo por y en nosotros.

En la historia de la salvación, este mismo pacto del Evangelio que Dios hizo con Adán fue renovado con Abraham, pero la promesa se volvió a establecer, “Yo seré vuestro Dios, y el de vuestros hijos.” La señal del pacto en Génesis 15 fue el cortar los animales y como condición permaneció la fe. Por esta razón las Escrituras dicen, “Y Abraham creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.” (Génesis 15:6).

En Génesis 17:10-14 la circuncisión viene a ser la señal de iniciación al pacto de la gracia. El pacto y la señal están tan íntimamente relacionados que el Señor llama a la señal de la circuncisión “mi pacto”.

El pacto de obras no desapareció sin más de la historia de la salvación. Más bien vemos que el pacto de obras se repite a lo largo de las Escrituras, cada vez que la Ley es leída y Dios reclama a los pecadores una justicia perfecta, p.e. “Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.” (Gálatas 3:10). Cuando Jesús dijo al joven rico, “haz esto, y vivirás” (Lucas 10:28) él estaba repitiendo el pacto de obras.

De igual manera el pacto de la gracia es repetido a lo largo de la historia de la redención, siempre que Dios dice, “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” él está repitiendo la promesa hecha a Adán. Dios repitió esta promesa del evangelio a Noé, Abraham, Isaac, Jacob, David, Moisés, finalmente la cumplió en Cristo y luego nos la repite a nosotros a través de los Apóstoles, como vemos en Hechos 2:39.

Estos dos pactos unifican toda la Escritura. Todos los seres humanos están muertos en sus delitos y pecados y todos aquellos que son salvos están en el pacto de la gracia.


El Antiguo Pacto (Mosaico)

Muchos creyentes en la Biblia asumen que cada suceso que tuvo lugar en la historia de la salvación antes de la encarnación y muerte de Cristo pertenece al Antiguo Testamento, y muchos de ellos asumen que desde la encarnación, las Escrituras del Antiguo Pacto ya no se aplican ni hablan a los Cristianos. De hecho, algunos Dispensacionalistas incluso consideran que algunos libros del Nuevo Testamento no se aplican a los Cristianos de hoy, porque fueron escritos para aquellos que son Judíos de etnia. Hace apenas unos años, oí decir a un pastor Dispensacionalista en Navidades que “el problema de los Evangelios es que el Evangelio no se encuentra en los Evangelios.”

Las Escrituras mismas, de todos modos, refutan tales ideas. El apóstol Pablo en 2 Corintios 3:12-18 define el “Antiguo Pacto” como Moisés lo hizo, en un sentido general en los libros de Moisés y particularmente en las leyes Mosaicas (vv. 14-15). En Hebreos 7:22, Jesús es la garantía de un pacto mejor que el que fue dado a los Israelitas. Más adelante, en 8:6-13 al contrastar el Nuevo Pacto con el Antiguo, restringe el Pacto Antiguo a la época Mosaica de la historia de la salvación. Hace de nuevo la misma distinción en 9:15-20. Luego, estrictamente hablando, el Viejo Pacto describe el pacto que Dios hizo con Israel en Sinaí. Por lo tanto, no todo lo que ocurrió en la historia de la salvación, antes de la encarnación, pertenece al Pacto Antiguo. Esto es importante, porque el Viejo Pacto es descrito en el Nuevo Testamento como “inferior” (Hebreos 8:7), “obsoleto”, “viejo” (8:13) y que su gloria está “desapareciendo”.

En este sentido, otro factor importante a tener en cuenta sobre el Pacto Antiguo es que fue temporal y típico de forma intencionada. Colosenses 2:17 describe las leyes ceremoniales mosaicas (Viejo Pacto) como “sombras” de las cosas que habían de venir. Hebreos 8:5 describe el Templo terreno como “tipo y sombra” del templo celestial. La ley Mosaica en sí misma, fue tan sólo una “sombra” del cumplimiento que vino con Cristo.


El Nuevo Pacto

Con la muerte de Cristo, su resurrección y ascensión la promesa que Dios hizo a Adán y repitió a Abraham permanece, pero las circunstancias han cambiado. Nosotros, quienes vivimos a este lado de la cruz, vemos las cosas de diferente manera porque vivimos en los días del cumplimiento. En términos bíblicos, vivimos en los “últimos días” (2 Pedro 3:3; Santiago 5:3; Hebreos 1:2; Hechos 2:17).

Todo el propósito del Antiguo Pacto fue el de dirigir la atención hacia arriba, hacia realidades celestiales (Éxodo 25:9; Hechos 7:44; Hebreos 8:5) y hacia adelante en la historia hacia el sacrificio de Jesús en la cruz. Las viejas señales, la Pascua y la circuncisión, así como los demás sacrificios sangrientos y ceremonias han sido substituidos. Aunque aún vivimos en una relación de pacto con Dios, y las imágenes sangrientas de Cristo han sido reemplazadas por señales no sangrientas (recuerdos) y sellos.

Así como Dios hizo un pacto con Abraham, él prometió que más tarde vendría un Nuevo Pacto (Jeremías 31:31). Dios hizo este Nuevo Pacto en la sangre del Señor Jesucristo (Lucas 22:20). El Señor Jesús de forma específica y consciente estableció “el Nuevo Pacto”. El apóstol Pablo dijo de sí que él era “un siervo del Nuevo Pacto” (2 Corintios 3:6). ¿Cómo puede ser si no hay sino un solo Pacto de la Gracia? El Nuevo Pacto es nuevo si lo comparamos con Moisés, pero no si lo comparamos con Abraham.

Este es el tema de Gálatas 3:1-29; 4:21-31, y 2 Corintios 3:7-18 donde Pablo dice que la gloria del Viejo Pacto estaba desapareciendo, pero que la gloria del Nuevo Pacto es permanente. El mensaje de los capítulos 3 al 10 de Hebreos es que el Viejo Pacto (bajo Moisés) fue preparatorio del Nuevo Pacto. El tema fundamental de Hebreos 11 es que Abraham tuvo una fe del Nuevo Pacto, esto es, anticipó una ciudad celestial y la redención que tenemos en Cristo (Hebreos 11:10).


Israel Definido

Hubo pues un Israel antes del Pacto Antiguo. Israel fue el nombre dado a Jacob. Esta es la primera vez que la palabra “Israel” aparece en las Escrituras, como conclusión a la historia de la lucha de Jacob (Gen 32:21-30).

Después de haber pasado la noche luchando con un hombre anónimo, y “cuando el hombre vio que no podía con él” (v.25), Jacob le pidió una bendición. A cambio, el luchador le puso a Jacob el nuevo nombre de Israel, el cual él definió como “luchas con Dios y con los hombres.”

Así pues, en la historia de la salvación, todos aquellos que provienen del patriarca Jacob son, en un amplio sentido, “Israel”. Tan sólo dos capítulos después el término “Israel” es usado para describir el lugar y nombre de los hijos de Abraham, Isaac y Jacob (34:7). En Padam Aram, Dios de nuevo le bendice y le llama a Jacob “Israel” (35:9-10) y repite la promesa hecha a Abraham de ser Dios para Abraham y para sus hijos.

Todo esto parece apoyar la idea de que Israel significa “aquellos que físicamente descienden de Jacob.” A excepción de que Jacob no es el principio de la historia. Antes de que hubiera un Israel ya hubo un Abraham y su milagroso hijo, Isaac (Romanos 9), y antes de Abraham, dice Jesús, “YO SOY” (Juan 8:58). Fue a Abraham a quien Dios prometió “Yo seré tu Dios, y tú serás mi pueblo.” En efecto, Jesús les enseñó a los Judíos en Juan 8 que fue él quien hizo la promesa a Abraham (Juan 8:56). Recuerda también que el primer cumplimiento de esa promesa no vino por “voluntad de varón”, sino por el poder soberano de Dios al permitirle a Sara concebir en su anciana edad. Todos estos son factores importantes a recordar cuando nos acerquemos a la respuesta de Pablo a la pregunta ¿Quién es el Israel de Dios?


Israel, Mi Hijo

En el éxodo de Egipto Dios constituyó a los hijos de Jacob colectivamente como su “hijo”.

“Jehová ha dicho así: Israel es mi hijo, mi primogénito. Ya te he dicho que dejes ir a mi hijo, para que me sirva, mas no has querido dejarlo ir; he aquí yo voy a matar a tu hijo, tu primogénito.” (Éxodo 4:23).

Esta no es una declaración casual, sino una descripción deliberada del pueblo nacional. Los hijos de Jacob no son el Hijo de Dios por naturaleza, sino por adopción. Moisés niega que hubiera ninguna cualidad inherente en Israel que hiciera a los hijos de Jacob merecedores de ser llamados el pueblo de Dios.

“No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; si no por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto.” (Deuteronomio 7:7-8)

De acuerdo con este pasaje hay dos razones por las cuales Dios escogió a Israel, Su amor inmerecido y la promesa hecha a Abraham.


Israel Extraviado

Israel, sin embargo, no era hijo natural de Dios. Esto se vio claramente en el desierto, en Canaán y finalmente en la expulsión cuando Dios cambió el nombre de su “hijo” Israel por “Lo-ammi, no mi pueblo” (Oseas 1:9-10).

Dios desheredó a su “hijo” adoptado, temporal y nacional, Israel, como pueblo nacional precisamente, porque jamás fue la intención de Dios tener un pueblo terrenal permanente. Tras el cautiverio, ellos ya habían cumplido ampliamente su papel en la historia de la salvación. Como señal de este hecho, el Espíritu-Gloria partió del templo. Esto sucedió porque su principal función fue la de servir como modelo y sombra del hijo natural de Dios, Jesús el Mesías (Hebreos 10:1-4).


Jesús, el Israel de Dios

La tesis de este ensayo es que Jesús es el verdadero Israel de Dios y que todo aquel que esté unido a él, sólo por gracia, sólo por medio de la fe, viene a ser por virtud de esa unión el verdadero Israel de Dios. Esto significa que es erróneo buscar, esperar, anhelar o desear una reconstitución de un Israel nacional en el futuro. La Iglesia del Nuevo Pacto no es algo que Dios instituyó hasta que él pudiera volver a crear un pueblo nacional en Palestina, sino que más bien Dios sólo tuvo un pueblo nacional temporalmente (desde Moisés hasta Cristo) como preludio y avance de la creación del Nuevo Pacto en el cual las distinciones étnicas que hubo bajo Moisés fueron completadas y abolidas (Efesios 2:11-22; Colosenses 2:8-3:11).

Mateo 2:15

En el texto Hebreo la expresión “fuera de Egipto” ocurre más de 140 veces. Esta es una evidencia más de la existencia de un Israel nacional. Cuando Dios dio la Ley dijo, “Yo soy Jehová tu Dios quien te sacó de la tierra de Egipto.” Eran un pueblo redimido que pertenecía a su Salvador.

Esto es aún más significativo cuando Mateo 2:15 cita Oseas 11:1. La Escritura dice,
“Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: “De Egipto llamé a mi Hijo.”

Herodes estaba a punto de descargar su rabia sangrienta contra los primogénitos de los Judíos. La interpretación inspirada que Mateo hace de las Escrituras Hebreas debe regular nuestra interpretación de las Escrituras, y según la interpretación de Mateo nuestro Señor Jesús es el verdadero Israel de Dios, no el pueblo temporal y nacional de Israel. En efecto, no es nada exagerado decir que la única razón por la cual Dios orquestó el primer éxodo fue para poder orquestar el segundo éxodo y que así pudiéramos conocer que Jesús es el verdadero Hijo de Dios y que todos los cristianos son el Israel de Dios sin considerar su etnia.

Dado que Jesús es el verdadero Israel de Dios, por eso en su infancia y de hecho en toda su vida, recapituló la historia del Israel nacional. Todo aquello que el Israel nacional rebelde no haría, Jesús lo hizo: él amó a Dios con todo su corazón, su alma, su mente y sus fuerzas y a su prójimo como a sí mismo (Mateo 22:37-40).

Gálatas 3:16

De forma similar, el apóstol Pablo argumenta muy claramente que las promesas hechas a Abraham tienen su cumplimiento en Cristo. Gálatas 3:16 dice,
“Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.”
Pablo explica lo que quiere decir. Las promesas hechas a Abraham fueron promesas del evangelio del Nuevo Testamento. Fueron dadas antes de Moisés y fueron cumplidas en Cristo. Jesús es el verdadero hijo de Abraham, él es “la simiente” prometida a Abraham.

El propósito de la Ley dada a Moisés fue el enseñar al Israel nacional y a nosotros la seriedad de nuestro pecado y nuestra miseria (Gálatas 3:22). La Ley administrada a través de Moisés no cambió fundamentalmente la promesa del evangelio dada a Abraham (3:17-20). El Nuevo Pacto no es si no el cumplimiento y la renovación del Pacto con Abraham, y el Pacto con Abraham no fue más que el cumplimiento y la renovación del pacto de Gracia hecho con Adán después de la caída.


Jesús, el Salvador de Israel

Hechos 13:23

Parte de la confusión que conlleva el tema del plan de Dios en la historia, y por lo tanto parte de la razón por la cual los cristianos están tan confundidos sobre el plan de Dios para el futuro de su pueblo, viene porque muchos no comprenden qué vino a hacer Jesús por el Israel nacional. Jesús no vino a establecer un reino Judío terrenal y nacional, sino que vino a ser su Salvador y el Salvador de todo el Pueblo de Dios, fueran judíos o gentiles.

Nuestro Señor, antes de su encarnación, se identificó a sí mismo con Israel a través del profeta Isaías (43:3) como “el Santo de Israel”, su “Salvador.” Este es el mismo asunto que el apóstol Pedro trató en su gran sermón de Pentecostés, que David no es el Rey, ya que está muerto. Jesús, puesto que vive, es el Rey y fue sobre Jesús que David profetizó (Hechos 2:19-34).

Más tarde, en otro sermón, Pedro dijo que Dios había ahora “exaltado” a Jesús “a su propia mano derecha como Príncipe y Salvador, para que pudiera darle a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.”


Los Hijos de Abraham

Con todo este trasfondo, ahora estamos en situación de responder a las preguntas, “¿Quiénes son los hijos de Abraham?” y “¿Quién es el Israel de Dios?” Jesús dijo,
“Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.” (Juan 8:28-29).

él continuó diciendo que “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (vv.31-32) a lo que ellos responden señalando que ellos son descendencia física de Abraham (v.33).

A esto Jesús responde, “Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais” (v.39). Esta es pues la definición que el Señor hace de un hijo de Abraham, un Judío, o Israel: Quien hace las cosas que Abraham hizo. ¿Y qué hizo Abraham? Según Jesús, “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (v.56). Según Jesús el Mesías, un Judío, un verdadero Israelita es aquel que tiene fe salvadora en el Señor Jesús ya sea antes o después de su encarnación. Esta es sólo otra forma de decir que Jesús es “el camino, la verdad y la vida” y que “nadie viene al Padre” sino por él (Juan 14:6). Este versículo también se aplica a Abraham, Isaac y Jacob así como a cualquiera.

Luego, no debiera sorprendernos encontrar básicamente la misma enseñanza en la teología del Apóstol Pablo. En Romanos 4, Pablo dice que uno es justificado de la misma manera que Abraham fue justificado, solo por gracia, y solo a través de la fe en Jesús (Romanos 4:3-8).

¿Y qué de los Gentiles? Pablo pregunta, “¿Cuándo fue Abraham justificado? ¿Bajo qué circunstancias? ¿Antes o después de ser circuncidado? ¡No fue después, sino antes!” (Romanos 4:11).
“para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia; y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.” (Romanos 4:11-12).

Por lo tanto estas dos preguntas están íntimamente relacionadas. La Justicia ante Dios “viene por fe” (Romanos 4:16), no por guardar la Ley, ni por ser física o étnicamente Judío,
“para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros” (Romanos 4:16)
Esto es así porque, como dijo en Romanos capítulo 2,
“es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Romanos 2:29).
Cristo no vino para reinstalar y fijar la Teocracia Mosaica o a establecer un reino terrenal Judío milenial, sino a salvar pecadores Judíos y Gentiles y a hacerles, solo por gracia, sólo a través de la fe, y solo en Cristo, hijos de Abraham.


La Pared Intermedia Derribada (Efesios 2:11-22)

El movimiento de la historia de la redención se da en este orden. El pueblo de Dios fue un pueblo internacional desde Adán hasta Moisés. Bajo Moisés el pueblo de Dios fue temporalmente una nación. Dios instituyó unas leyes especiales, civiles y ceremoniales, para separar a su pueblo nacional de los paganos gentiles. En Efesios 2:14 el Apóstol Pablo describe estas leyes civiles y ceremoniales como la “pared intermedia” entre Judíos y Gentiles. Por causa de esa pared intermedia los Gentiles, considerados como pueblo, estaban “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (2:12).

Ahora, sin embargo, por causa de la muerte de Cristo, Pablo les asegura a los cristianos gentiles que “vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (v. 13). ¿Cómo? A través de su muerte, Cristo ha destruido la pared intermedia, ha rasgado el velo del templo, ha destruido y restaurado el templo en tres días mediante su resurrección (Juan 2:19),
“aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Efesios 2:15-16).

Ahora, por virtud de nuestra unión con Cristo, tanto los cristianos Judíos como los Gentiles son “conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19); “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne” (Filipenses 3:3). ¿Por qué? Porque “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). ¿Cómo es pues que el Premilenialismo, teniendo dos pueblos de Dios paralelos, no reconstruye esa pared intermedia de separación que Jesús destruyó con su muerte?


No Todo Israel es Israel (Romanos 9)

Uno de los lugares más claros en las Escrituras en cuanto a este tema es Romanos 9. El contexto de este pasaje es la misma pregunta que estamos tratando ahora, ¿qué sucede con Israel? ¿Quién es el Israel de Dios? ¿Ha abandonado Dios su promesa con Abraham? La respuesta de Pablo es que un Judío es quien lo es interiormente, quien ama al Salvador de Abraham. Puesto que Cristo fue circuncidado (Colosenses 2:11-12) por nosotros en la cruz, la circuncisión es moral y espiritualmente indiferente.

“No que la palabra de Dios haya fallado” (Romanos 9:6). La razón por la cual sólo algunos Judíos hayan creído en Jesús como el Mesías es por que “no todo Israel es Israel. No por el hecho de ser descendientes de Abraham son todos sus hijos.” Más bien los hijos de Abraham son contados “a través de Isaac” (9:7). Esto quiere decir que “no son los hijos naturales los que son de Dios, sino los hijos de la promesa” (v.8). ¿Cómo nació Isaac? Por el soberano poder de Dios. ¿Cómo nacen los Cristianos? Por el soberano poder de Dios. Cada cristiano es un “Isaac” en cierto sentido. ¿Por qué es así? Por que
“-pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama-, se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.” (Malaquías 1:2; Romanos 9:11-13).
¿Cómo puede ser esto? Esto es porque Dios “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom 9:15).
“Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece”. (Romanos 9:16-18).

¿Es Dios injusto? De acuerdo con el apóstol Pablo, como criaturas, no tenemos “derechos” delante de Dios. Dios es el alfarero, nosotros el barro, pero los Cristianos son barro redimido, objetos de misericordia, preparados de antemano para la gloria. Debemos evaluar nuestra condición teniendo como telón de fondo la paciencia de Dios con esos objetos de ira preparados para destrucción (Romanos 9:22-23). Estas vasijas preparadas para la gloria son tomadas tanto de entre los Judíos como de entre los Gentiles (Romanos 9:24). Esto es lo que él prometió en Oseas. él ha hecho de aquellos que fueran una vez “Lo-ammi”, “no mi pueblo”, o sea los Gentiles, que ahora fuesen “hijos del Dios vivo” (Oseas 2:23; 1:10; Romanos 9:25-26).

La razón por la cual los Gentiles, que estaban sin la Ley, hayan “obtenido justicia”, y que Israel que sí la adquirió por Ley no la tenga, es porque la justificación no es por las obras, sino por gracia (Romanos 9:32). Ellos se tropezaron con Jesús, la piedra de tropiezo. él no encajó con sus planes nacionalistas, y digo yo, que tampoco encaja él con los planes nacionalistas/Sionistas del Premilenialismo.

No es que Pablo no quiera que los Judíos sean salvos, sino que les dice esto porque quiere que los Judíos también se salven. La única manera de que un descendiente físico de Abraham, Isaac y Jacob sea un verdadero Israelita es unirse al verdadero Israel de Dios, a Jesús, por medio de la fe. “Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:12-13). “No todos los Israelitas han aceptado el Evangelio.”

¿Ha rechazado Dios a su pueblo? No, los escogidos son su pueblo, y todos los escogidos serán salvos. Hay también Judíos creyentes. Pablo se pone a él mismo como ejemplo (Romanos 11:1), él es parte del remanente escogido que no ha doblado su rodilla ante Baal. “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia” (Romanos 11:5-6). Lo que Israel buscó ansiadamente no lo obtuvo, pero los escogidos sí. Los demás fueron endurecidos.

La elección de Dios de unos y la reprobación de otros son dos hechos de la historia de la redención que Pablo saca a la luz con la pregunta “¿Quién es el Israel de Dios?”. Y de nuevo enseña: La salvación es solo por gracia, solo por medio de la fe, y solo en Cristo; y “Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos” (Romanos 11:7).

¿Ha acabado Dios de salvar Judíos? De ninguna manera. La salvación ha venido a los Gentiles para “provocar a Israel a celos” (Romanos 11:11). Los Gentiles, por el favor inmerecido de Dios, han sido injertados al Israel de Dios. Y “ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo” (Romanos 11:25-26).


Los Cristianos son el Israel de Dios en Cristo

Gálatas 6:16

Dado este trasfondo, no debiera sorprendernos nada el hecho de que los apóstoles llamaran a ambos, Judíos y Gentiles, “el Israel de Dios.” Este es el lenguaje de Pablo refiriéndose a la congregación mezclada de Galacia.

1 Pedro 2:9-10

El apóstol Pedro usa el mismo tipo de lenguaje para describir las congregaciones de mayoría gentil en Asia Menor, a quienes escribe diciendo, “vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.”

Hebreos 8:8-10

Según el escritor a los Hebreos, aquellos que invocaren el nombre de Cristo son “la Casa de Israel.” Cualquiera que haya creído en Cristo es un heredero de las promesas del Nuevo Pacto.


Conclusión

¿Ama a los Judíos el Dios de Abraham, Isaac y Jacob? Sí. ¿Tiene un plan para los Judíos? Sí, el mismo plan que prometió a Adán, la simiente de la mujer, el mismo plan que prometió a Abraham, “la Simiente.” Esa simiente es una: Cristo. Él es el Santo de Israel, Él es el Israel de Dios. Él hizo lo que Adán no. Él hizo lo que un Israel terco no quisiera ni pudiera haber hecho. Él sirvió al Señor con todo su corazón, alma, mente y fuerzas.

Muchos de los Judíos, de todas formas, no estaban buscando un Salvador. Buscaban un rey. Jesús es Rey, pero ganó su trono mediante su obediencia y muerte, y eso no es lo que ellos querían. Ellos querían gloria, poder y un reino teocrático, político, y físico en esta tierra. Jesús ha establecido su reino, a través de la predicación del Evangelio y la administración de los sacramentos. Este reino puede que no sea tan emocionante como gobernar desde Jerusalén durante una era dorada en la tierra, pueda que no venda tantos libros ni llene tantas butacas en los cines, pero el mundo nunca ha encontrado al Jesús de las Escrituras muy interesante. Por eso Él es piedra de tropiezo para los Judíos Sionistas y locura para los Griegos. Para los Cristianos, sin embargo, Él es el Cristo, “poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Corintios 1:24).


Por: Robert Scott Clark
Profesor de "Historia de La Iglesia y Teología Histórica"
Traducción al español: David Barceló