domingo, 13 de diciembre de 2020
¡Vengo Pronto! ¿Apocalipsis Ahora?
Resumen
Este artículo analiza el juicio descrito en el libro de Apocalipsis desde una perspectiva preterista parcial, argumentando que dicho juicio no se dirige a una ciudad futura o a un sistema político escatológico distante, sino a Jerusalén del siglo I como la capital apóstata del antiguo pacto. Mediante un análisis intertextual entre Apocalipsis y los Evangelios —especialmente Mateo 23— se sostiene que la acusación de “la sangre de los profetas” identifica inequívocamente a Jerusalén como el objeto del juicio divino. Asimismo, se examina el marco temporal explícito del libro (“pronto”) y se muestra que el cumplimiento histórico en los eventos del año 70 d.C. constituye una vindicación de la fidelidad profética de Cristo, sin negar por ello un juicio final y una Segunda Venida futura.
Introducción
El libro de Apocalipsis ha sido, a lo largo de la historia de la Iglesia, uno de los textos más debatidos del canon neotestamentario. En la escatología popular moderna, particularmente dentro del dispensacionalismo futurista, el juicio descrito en Apocalipsis suele proyectarse hacia un escenario global futuro, desvinculado del contexto histórico original de sus primeros lectores. Sin embargo, tal lectura enfrenta serias dificultades exegéticas, históricas y teológicas, especialmente cuando se consideran las referencias explícitas al tiempo cercano (“pronto”) y la identificación concreta de la culpa pactual imputada a la ciudad juzgada.
Este estudio sostiene que el juicio de Apocalipsis debe interpretarse primariamente como un juicio pactual histórico, dirigido contra Jerusalén por su persistente infidelidad, culminada en el rechazo y asesinato del Mesías y de sus enviados. Lejos de ser una innovación moderna, esta lectura se apoya en la continuidad profética entre el Antiguo Testamento, las palabras de Jesús y la revelación dada a Juan.
La acusación central: “la sangre de los profetas” (Apocalipsis 18:24)
Apocalipsis 18:24 declara de la ciudad juzgada:
“Y en ella se halló la sangre de los profetas y de los santos, y de todos los que han sido muertos en la tierra.”
Esta afirmación no es genérica ni simbólicamente abierta a cualquier ciudad futura. La Escritura ofrece un testimonio unánime respecto a dónde fueron perseguidos y asesinados los profetas del Antiguo Testamento. Textos como 1 Reyes 18–19; 2 Reyes 9; 2 Crónicas 24; Jeremías 38; Lamentaciones 2; y Nehemías 9 coinciden en señalar a Israel —y particularmente a Jerusalén— como el lugar donde se derramó sangre profética de manera sistemática.
Jesús mismo confirma esta realidad histórica cuando declara:
“No es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lucas 13:33).
Por tanto, cualquier interpretación de Apocalipsis 18:24 que desplace esta culpa hacia Roma, una Babilonia futura o un sistema político moderno carece de base bíblica y contradice el testimonio explícito de Jesús.
Continuidad con el juicio anunciado por Jesús (Mateo 23:34–36)
La clave hermenéutica para comprender Apocalipsis se encuentra en Mateo 23:34–36, donde Jesús pronuncia una sentencia judicial inequívoca:
“Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra… De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.”
La correspondencia temática y verbal entre Mateo 23 y Apocalipsis 17–18 es innegable. En ambos casos encontramos:
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Acusación por la sangre de los profetas
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Responsabilidad pactual acumulativa
-
Juicio inminente
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Delimitación generacional
Apocalipsis no introduce un nuevo acusado, sino que desarrolla y ejecuta la sentencia ya pronunciada por Cristo. La “gran ramera” de Apocalipsis 17:6, “ebria de la sangre de los santos”, es la Jerusalén apóstata, no una entidad futura desconectada de la historia redentora.
La lectura pactual: Jerusalén como esposa infiel
Desde la perspectiva profética veterotestamentaria, Israel es descrito reiteradamente como la esposa del pacto (Isaías 1; Jeremías 2–3; Ezequiel 16; Oseas). Cuando esta esposa rompe el pacto, los profetas la denuncian con lenguaje de adulterio y prostitución cultual. Apocalipsis se inscribe plenamente en este marco simbólico.
Como afirma David Chilton, Jerusalén es la “gran ramera” no por razones meramente políticas, sino porque violó el pacto, persiguió a los mensajeros de Dios y finalmente dio muerte al Hijo.
El juicio descrito entre los años 66 y 70 d.C. constituye, por tanto, los “días de retribución” anunciados por los profetas y confirmados por Cristo.
El marco temporal: “pronto” e inminencia pactual
Uno de los elementos más contundentes del libro de Apocalipsis es su marco temporal explícito (Ap 1:1–3; 22:6–10). El término “pronto” no debe entenderse como inmediatez cronológica absoluta (horas o días), sino como inminencia pactual dentro de una generación viva, conforme al uso profético bíblico.
Es metodológicamente improcedente extender este lenguaje para abarcar milenios sin vaciarlo de significado. El cumplimiento histórico en el año 70 d.C. respeta tanto el lenguaje del texto como la expectativa de sus primeros destinatarios, quienes enfrentaban persecución real y juicio inminente.
Juicio y restauración: una visión equilibrada del Apocalipsis
Conviene matizar que Apocalipsis no es únicamente un libro de juicio, sino también de:
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Vindicación de los santos
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Entrega del Reino al Cordero
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Transición del antiguo al nuevo orden pactual
El juicio sobre Jerusalén no es el fin último, sino el medio histórico mediante el cual Dios inaugura de manera definitiva el reino inconmovible (Hebreos 12:26–29). Esta lectura preserva la dimensión redentiva del libro y evita reducirlo a una mera crónica de destrucción.
Distinción necesaria: juicio histórico y juicio final
La interpretación preterista parcial no niega:
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La Segunda Venida futura, corporal y gloriosa
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El juicio final universal
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La consumación escatológica de todas las cosas
Lo que afirma es que Apocalipsis no describe primariamente esos eventos, sino un juicio histórico previo que tipifica y anticipa el juicio final. Confundir ambos planos conduce a errores hermenéuticos graves y a la deshistorización del texto.
Conclusión
El análisis intertextual, histórico y pactual demuestra que el juicio descrito en Apocalipsis se dirige contra Jerusalén del siglo I como la esposa infiel del antiguo pacto. La acusación de la sangre de los profetas, el paralelismo con Mateo 23, el lenguaje temporal de “pronto” y el cumplimiento histórico en el año 70 d.C. conforman un cuadro coherente y bíblicamente sólido.
Lejos de desacreditar la fe cristiana, esta lectura vindica la fidelidad profética de Cristo y preserva la integridad del lenguaje bíblico. El problema no reside en el texto, sino en los sistemas que se rehúsan a permitir que la Escritura interprete su propio horizonte histórico.
Apocalipsis no anuncia el fin del planeta, sino el fin de un orden pactual. Y en ese juicio histórico, el Cordero fue vindicado, su Reino establecido y su palabra confirmada como verdadera y fiel.
"Sólo Jerusalén era culpable de "toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra (de Israel)", desde Abel en adelante. Históricamente, fue Jerusalén la que siempre había sido la gran ramera, apostatando constantemente y persiguiendo a los profetas (Hechos 7:51-52); Jerusalén fue el lugar donde los profetas fueron muertos: como dijo Jesús mismo: "...no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! (Lucas 13:33-34). La "Demanda de Pacto" de Juan era verdadera y efectiva. Jerusalén fue encontrada culpable de todos los cargos, y desde el año 66 hasta el año 70 d. C., sufrió los "días de retribución", el derramamiento de la ira de Dios por haber derramado sangre inocente durante siglos."
viernes, 11 de diciembre de 2020
¿Es la Navidad una fiesta pagana?
domingo, 6 de diciembre de 2020
¿No celebras la Navidad por ser pagana? Pero...
lunes, 30 de noviembre de 2020
"...A LOS POBRES SIEMPRE LOS TENDRÉIS..."
"La justicia social, es también un concepto que algunos usan para describir el movimiento dirigido hacia un mundo socialmente justo. En este contexto, la justicia social está basada en los conceptos de los derechos humanos e igualdad, que implica un mayor nivel de igualitarismo económico, a través de impuestos progresivos, redistribución del ingreso, o incluso la redistribución de la propiedad. Estas políticas pretenden lograr lo que los economistas del desarrollo se refieren como una mayor igualdad de oportunidades de la que pueda existir actualmente en algunas sociedades, y la obtención de igualdad de resultados, en los casos donde las desigualdades incidentales aparecen en un sistema procesalmente justo".
jueves, 26 de noviembre de 2020
Cristianismo Cultural Y La Agenda Globalista
"Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: -No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado."
- No te han respetado, tus leyes nacionales no han acatado.
- No sirven (no adoran) a los dioses de Babilonia, los dioses del Rey.
- No adoran la estatua que has levantado.
- El rey Nabucodonosor es una autoridad, y toda autoridad ha sido impuesta por Dios, tenemos que obedecerle.
- El rey nos ha dado un buen puesto, debemos devolverle el favor.
- Después de todo ¿Qué problema hay con doblar la rodilla…?
- Estamos en un país extranjero, sigamos sus tradiciones, Dios nos comprenderá.
- Solo nos arrodillaremos aquí ante esta pieza de oro, no estamos siendo tan idolatras…
- No estamos haciéndole daño a nadie.
- Hay que obedecer, sino el rey tomará represalias contra nuestro pueblo.
- Delito: NO contratar personas gays en instituciones religiosas (colegios, universidades, institutos), a pesar de ir en contra de sus principios bíblicos?
- Delito: que las Escuelas ayuden con “consejería especializada” a las personas que luchan con su identidad sexual a encontrar paz con su propia biología.
- Delito: Que las universidades y/o colegios religiosos rechacen a estudiantes o personal administrativo o profesores abiertamente gays, casados (homosexuales) o solteros basados en la explícita postura bíblica que lo rechaza.
- Sanción: se retirará la acreditación a escuelas y universidades que siendo religiosas rechacen (se nieguen a admitir) alumnos o profesores gays.
- Sanción: Quitar por ley, todos los beneficios económicos estatales a las instituciones religiosas que se nieguen a contratar profesores y/o tener alumnos abiertamente gays.
- Delito: Ayudar a una persona que desea abandonar la homosexualidad ya sea desde una iniciativa personal o de alguna institución religiosa o civil.
- Obligación: Emplear homosexuales, incluso en la planilla de la Iglesia.
- La promulgación de leyes que reconozcan a los homosexuales y miembros de la comunidad LGBT+ como una “etnia” o como un “grupo culturalmente diverso”. Entonces ¿puedes referirte a ellos como “pecadores”?¿Si eres pastor puedes negarles el matrimonio, el bautismo o la Santa Cena en tu parroquia?
- Delito por Discurso de Odio: decir que la homosexualidad es pecado.
¿QUÉ TIPO DE CRISTIANO ERES?
El Peligro del Cristianismo Cultural
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”
—Mateo 15:8
En nuestros días, uno de los mayores desafíos para la iglesia no proviene de fuera, sino de dentro: es el fenómeno del cristianismo cultural. Se trata de una forma de fe superficial, vacía de compromiso real con Cristo, que se acomoda más a los valores del mundo que al llamado radical del Evangelio.
¿Qué caracteriza a un cristiano cultural?
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Vive por valores distorsionados.
Persigue la comodidad y la prosperidad por encima de la justicia, la santidad y la verdad (Amós 6:1; Mateo 6:33). -
Se acercó al cristianismo como una solución rápida.
Creyó que Dios arreglaría sus problemas si hacía “una oración” o se bautizaba, sin comprender el llamado a negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguir a Jesús (Lucas 9:23). -
Tiene una fe transaccional.
Cree que Dios le debe tranquilidad y bendiciones materiales como prueba de su amor, y se frustra cuando las dificultades llegan (Juan 16:33; 1 Pedro 4:12-13). -
Minimiza el señorío de Cristo.
Está dispuesto a aceptar a Jesús como Salvador, pero no como Señor de su vida (Romanos 10:9; Lucas 6:46). -
Lucha por decidir entre el fútbol o la playa y la adoración dominical.
La comunión con los santos es negociable, no una prioridad (Hebreos 10:25). -
Muestra una fe sin raíces o sin fruto.
Como en la parábola del sembrador, cree por un tiempo, pero abandona la fe ante la prueba o es ahogado por las preocupaciones y placeres del mundo (Lucas 8:13-14). -
No se distingue del mundo en su administración del dinero.
Gasta como todos, se endeuda sin reflexión, y da poco o nada al avance del Reino (Mateo 6:21; 2 Corintios 9:6-8). -
Sujeta la Escritura a su juicio personal.
Vive por interpretaciones subjetivas y emociones momentáneas más que por convicciones bíblicas claras (2 Timoteo 4:3-4). -
Es indiferente ante la decadencia moral.
Guarda silencio frente a temas como la ideología de género, el aborto o la corrupción, temiendo parecer “intolerante” (Efesios 5:11; Isaías 5:20). -
Tiene una mentalidad consumista.
Piensa que Dios debe adaptar su “producto” a sus necesidades, y la iglesia, a sus preferencias (2 Timoteo 3:1-5). -
Relativiza la verdad.
Considera que las antiguas enseñanzas bíblicas deben evolucionar con los tiempos y ser aprobadas por la mayoría (Isaías 40:8; Romanos 12:2). -
Cuestiona la Palabra en lugar de someterse a ella.
Decide qué partes de la Biblia son aceptables según su juicio y contexto cultural, en vez de dejarse moldear por ella (Salmo 119:105; 2 Timoteo 3:16).
El diagnóstico de Cristo
Jesús fue claro y directo con los creyentes tibios de Laodicea. Su mensaje sigue vigente para los cristianos culturales de hoy:
“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente... te vomitaré de mi boca... Porque dices: ‘Soy rico, y me he enriquecido, y de nada tengo necesidad’; y no sabes que eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”
—Apocalipsis 3:15–17
El cristianismo cultural no es una forma débil de cristianismo verdadero, sino una falsificación peligrosa. Es un engaño del corazón que puede llevar a muchos a creer que están en el camino de la salvación, cuando en realidad han construido su fe sobre arena (Mateo 7:21–23).
¿Qué hacer entonces?
La respuesta no es legalismo ni condena, sino arrepentimiento y reforma personal y eclesial. Necesitamos volver a la Palabra, al discipulado intencional, a una adoración centrada en Dios y no en nuestras emociones o preferencias. Como dijo Leonard Ravenhill: “La Iglesia primitiva oraba por diez días, predicaba por diez minutos y miles se convertían. Hoy oramos por diez minutos, predicamos por diez días, y pocos se arrepienten.”
Es tiempo de despertar.
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos.”
—2 Corintios 13:5
lunes, 23 de noviembre de 2020
¿Jesús es el Padre Eterno?
Una refutación bíblica y lingüística del modalismo unicitario
Uno de los textos más utilizados por la teología unicitaria para defender que Jesucristo es literalmente Dios Padre encarnado es Isaías 9:6:
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado… y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.”
Los defensores del modalismo argumentan que el título “Padre Eterno” demostraría que Jesucristo no es una persona distinta del Padre, sino el mismo Padre manifestado en carne. Sin embargo, esta interpretación no resiste un análisis serio: del hebreo bíblico, del contexto literario, de la teología mesiánica, ni de la revelación completa de las Escrituras.
Lejos de enseñar que el Hijo es idéntico a la persona del Padre, Isaías 9:6 exalta la eternidad, autoridad y carácter mesiánico del Hijo prometido. El unicitarismo, al ignorar el trasfondo semítico del texto, termina confundiendo títulos funcionales con identidad ontológica.
1. El término hebreo: “Abi-Ad”
La expresión traducida como “Padre Eterno” es: אֲבִיעַד (’Avî-‘ad) y está compuesta por: אָב (ab) = padre, y עַד (‘ad) = perpetuidad, eternidad, duración eterna.
Muchos hebraístas coinciden en que el sentido no es: “el Hijo es la persona del Padre”, sino: “Padre de eternidad”, “Fuente de eternidad”, “Poseedor eterno”, o “Protector perpetuo”.
El uso semítico de “padre de”
En el hebreo bíblico, “padre” frecuentemente describe: origen, fuente, poseedor, protector, fundador, o caracterizador de una cualidad. Por ejemplo: “padre de fortaleza”, “padre de sabiduría”, “padre de misericordia”. Como explica Franz Delitzsch:
“La expresión no identifica al Mesías con Dios Padre, sino que lo describe como el poseedor y dispensador eterno de vida y bendición.”(Commentary on Isaiah)
Asimismo, Edward J. Young afirma:
“El Mesías es llamado ‘Padre de eternidad’ porque es el autor y sustentador de la eternidad para su pueblo.”(The Book of Isaiah, Vol. 1)
Por tanto, el título describe una función real y mesiánica, no una identidad personal dentro de la Trinidad.
2. El error fundamental del unicitarismo
El unicitarismo, entonces, toma un modismo semítico descriptivo y lo transforma artificialmente en una declaración metafísica absoluta.
3. El contexto inmediato de Isaías 9:6
El pasaje describe: un niño nacido, un hijo dado, un rey mesiánico prometido. Isaías está utilizando títulos reales y exaltados típicos del lenguaje entronizatorio del Antiguo Oriente. Como explica John N. Oswalt:
“Los títulos de Isaías 9:6 describen el carácter y reinado del Mesías, no una disolución de las distinciones personales dentro de la Deidad.”(The Book of Isaiah)
Además, el propio libro de Isaías distingue repetidamente: a Yahvé, de su Siervo mesiánico. Por ejemplo: Isaías 42, 49, 53. Por tanto, sería completamente incoherente interpretar Isaías 9:6 como una negación de toda distinción interpersonal.
4. La revelación progresiva y el Nuevo Testamento
El error unicitarista se vuelve aún más evidente a la luz del Nuevo Testamento. Jesús distingue constantemente: al Padre, de sí mismo.
Juan 17.5: “Padre, glorifícame tú al lado tuyo…”. Aquí existe: comunión interpersonal, no mera actuación modal.
Mateo 3.16–17: En el bautismo de Jesús aparecen simultáneamente el Hijo, el Espíritu, y la voz del Padre. No son “modos sucesivos”. Son personas distintas actuando al mismo tiempo.
Juan 1.1: “Y el Verbo estaba con Dios…”. La preposición griega: πρὸς (pros), expresa relación personal y comunión. Como señala Daniel B. Wallace:
“Juan 1:1 distingue claramente entre el Logos y el Padre, mientras afirma simultáneamente la plena deidad del Logos.”(Greek Grammar Beyond the Basics)
5. El consenso de la ortodoxia histórica
La interpretación unicitaria fue rechazada desde los primeros siglos de la iglesia. El modalismo de Sabelio fue condenado porque destruía: las relaciones eternas entre Padre, Hijo y Espíritu Santo; y convertía la Trinidad en simples manifestaciones temporales.
La iglesia histórica entendió correctamente que: Isaías 9:6 afirma la deidad del Mesías, pero no enseña que el Hijo sea la misma persona del Padre. B. B. Warfield escribió:
“La doctrina de la Trinidad surge de la totalidad de la revelación bíblica, no de textos aislados mal interpretados.”(Biblical Doctrines)
6. El verdadero significado de “Padre Eterno”
La mejor interpretación del título es: “Padre de eternidad”, es decir: fuente perpetua de vida, rey protector eterno, sustentador mesiánico de su pueblo. El título enfatiza: eternidad, autoridad, y cuidado paternal. No enseña: “Jesús es literalmente Dios Padre”. Como explica Gleason Archer:
“‘Padre eterno’ no significa que el Mesías sea idéntico al Padre celestial, sino que es eternamente paternal en su gobierno y cuidado.”(Encyclopedia of Bible Difficulties)
Conclusión
Isaías 9:6 constituye una poderosa afirmación: de la deidad, eternidad, majestad, y reinado mesiánico de Cristo. Pero no enseña modalismo ni unicitarismo. La expresión hebrea “Abi-Ad” pertenece al lenguaje semítico de títulos descriptivos y debe interpretarse: lingüísticamente, contextualmente, y teológicamente. El unicitarismo yerra gravemente al: ignorar el uso hebreo de los nombres compuestos; confundir atributos con identidad personal; y aislar un texto del resto de la revelación bíblica.
La doctrina cristiana histórica sostiene coherentemente que: el Hijo es plenamente Dios, eterno, y uno en esencia con el Padre, pero distinto en persona. Isaías 9:6 no destruye la Trinidad. La confirma indirectamente al revelar la plena deidad del Mesías prometido.
¡Piensa en esto cristiano!
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Bibliografía
- Franz Delitzsch. Biblical Commentary on the Prophecies of Isaiah. Edinburgh: T&T Clark.
- Edward J. Young. The Book of Isaiah. Grand Rapids: Eerdmans.
- John N. Oswalt. The Book of Isaiah. Grand Rapids: Eerdmans.
- Daniel B. Wallace. Greek Grammar Beyond the Basics. Grand Rapids: Zondervan.
- Gleason Archer. Encyclopedia of Bible Difficulties. Grand Rapids: Zondervan.
- B. B. Warfield. Biblical Doctrines. Edinburgh: Banner of Truth.

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