Un análisis desde la escatología reformada y el preterismo parcial
Introducción
Desde mediados del siglo XX, particularmente a partir del establecimiento del Estado moderno de Israel en 1948, diversas corrientes teológicas —principalmente de orientación dispensacionalista— han sostenido que dicho acontecimiento constituye el cumplimiento directo de las profecías veterotestamentarias sobre la restauración de Israel, especialmente aquellas contenidas en los libros de Ezequiel y Daniel. Esta interpretación ha influido de manera significativa en la escatología evangélica contemporánea, vinculando el desarrollo político moderno del Medio Oriente con el desenlace de la historia redentora.
Sin embargo, desde la perspectiva de la teología reformada clásica esta lectura resulta hermenéutica y teológicamente insostenible. El presente artículo sostiene que las profecías de restauración de Israel fueron cumplidas históricamente en el retorno del exilio babilónico (siglos VI–V a.C.) y, de manera definitiva, en la persona y obra de Jesucristo, y que el Estado moderno de Israel carece de significancia escatológica normativa dentro del marco bíblico.
Marco hermenéutico: profecía y cumplimiento histórico
La hermenéutica reformada insiste en que la profecía bíblica debe interpretarse, en primer lugar, desde el contexto histórico y redentor en el que fue pronunciada. Tanto Ezequiel como Daniel profetizan en el contexto del exilio, dirigiéndose a un pueblo desarraigado, despojado de su tierra, su templo y su identidad nacional. Las promesas de restauración, retorno y reedificación responden directamente a esta coyuntura histórica concreta.
Ezequiel 39:25 anuncia la restauración de la “cautividad de Jacob” y el retorno misericordioso de Dios hacia su pueblo. Daniel, escribiendo algunas décadas después, interpreta las profecías de Jeremías sobre los setenta años de desolación como cercanas a su cumplimiento (Dn 9:1–2). Estas promesas no apuntan a un evento distante de miles de años, sino a una restauración histórica identificable.
Desde esta perspectiva, el retorno bajo el decreto de Ciro, la reconstrucción del templo y de Jerusalén bajo Zorobabel, Esdras y Nehemías, y la reanudación del culto sacrificial constituyen el cumplimiento histórico directo de estas profecías. Este cumplimiento ocurre dentro de un marco temporal coherente con el patrón profético bíblico y no deja un “vacío profético” que deba ser llenado por un evento moderno como el de 1948.
Restauración, arrepentimiento y fidelidad al pacto
Un elemento central en las profecías de restauración es la dimensión espiritual del arrepentimiento y la renovación del pacto. En los relatos de Esdras, Nehemías, Daniel y Hageo se observa claramente que el retorno del pueblo va acompañado de confesión de pecados, restauración del culto, obediencia a la Ley y un renovado temor de Dios.
Este patrón es teológicamente significativo. En la Escritura, la restauración nunca es meramente geográfica o política, sino esencialmente pactual y espiritual. Por ello, desde la cosmovisión reformada, resulta problemático identificar como cumplimiento profético un movimiento nacional moderno que surge, en gran medida, desde el sionismo secular y que explícitamente rechaza el mesianismo de Jesucristo.
La ausencia de arrepentimiento nacional, de reconocimiento del Mesías y de fidelidad al pacto bíblico impide identificar al Israel moderno como la restauración descrita por los profetas.
La dimensión mesiánica y cristológica de Ezequiel
La teología reformada subraya que las profecías del Antiguo Testamento encuentran su consumación última en Cristo. Ezequiel 34, al anunciar al “siervo David” como el Pastor del pueblo, trasciende claramente la restauración postexílica y apunta a una figura mesiánica.
El Nuevo Testamento identifica explícitamente este cumplimiento en Jesucristo, quien se presenta como el Buen Pastor (Jn 10). De este modo, Ezequiel no proyecta un futuro Estado político, sino la restauración definitiva del pueblo de Dios bajo el reinado del Mesías davídico.
Desde esta óptica, Cristo es el verdadero Israel, y la Iglesia —compuesta de judíos y gentiles creyentes— participa de las promesas hechas a Abraham no por etnicidad, sino por fe.
La destrucción del templo y la escatología del Nuevo Testamento
La escatología reformada se caracteriza por un preterismo parcial, según el cual muchas profecías escatológicas del Nuevo Testamento tuvieron cumplimiento en el siglo I, particularmente en la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C.
El discurso de Jesús en Mateo 24 anuncia la destrucción del templo como un evento inminente para su generación. La referencia a la “abominación desoladora” se cumple históricamente en la profanación romana del templo, confirmando que estas profecías no deben proyectarse arbitrariamente hacia el futuro lejano.
Este hecho es crucial, pues implica que el sistema templo–sacrificial quedó definitivamente abolido, y con él cualquier expectativa legítima de una restauración cultual futura separada de Cristo.
Israel, la Iglesia y el pueblo de Dios
Desde la teología del pacto, no existen dos pueblos redentores ni dos planes de salvación. El apóstol Pablo afirma que los verdaderos hijos de Abraham son aquellos que participan de la fe (Gál 3:6–29). Romanos 11 no enseña una restauración política futura de Israel como nación incrédula, sino la preservación de un remanente elegido por gracia.
Así, el pueblo de Dios no se define por fronteras políticas, sino por la unión con Cristo. La Iglesia no es un “paréntesis” en el plan divino, sino la continuidad histórica del Israel redimido.
Conclusión
Desde la cosmovisión reformada representada por reconocidos teólogos como R. C. Sproul y Kenneth L. Gentry, el establecimiento del Estado moderno de Israel en 1948 no constituye el cumplimiento de las profecías de restauración de Ezequiel y Daniel. Dichas profecías hallaron su cumplimiento histórico en el retorno postexílico y su consumación definitiva en Jesucristo.
La escatología bíblica, lejos de centrarse en desarrollos geopolíticos modernos, proclama el reinado presente de Cristo, la consumación de la redención en su obra y la formación de un solo pueblo de Dios, compuesto de judíos y gentiles unidos por la fe. En consecuencia, 1948 carece de significado escatológico normativo dentro del marco bíblico y no debe ser interpretado como un hito profético.


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