Resumen
Este artículo analiza el juicio descrito en el libro de Apocalipsis desde una perspectiva preterista parcial, argumentando que dicho juicio no se dirige a una ciudad futura o a un sistema político escatológico distante, sino a Jerusalén del siglo I como la capital apóstata del antiguo pacto. Mediante un análisis intertextual entre Apocalipsis y los Evangelios —especialmente Mateo 23— se sostiene que la acusación de “la sangre de los profetas” identifica inequívocamente a Jerusalén como el objeto del juicio divino. Asimismo, se examina el marco temporal explícito del libro (“pronto”) y se muestra que el cumplimiento histórico en los eventos del año 70 d.C. constituye una vindicación de la fidelidad profética de Cristo, sin negar por ello un juicio final y una Segunda Venida futura.
Introducción
El libro de Apocalipsis ha sido, a lo largo de la historia de la Iglesia, uno de los textos más debatidos del canon neotestamentario. En la escatología popular moderna, particularmente dentro del dispensacionalismo futurista, el juicio descrito en Apocalipsis suele proyectarse hacia un escenario global futuro, desvinculado del contexto histórico original de sus primeros lectores. Sin embargo, tal lectura enfrenta serias dificultades exegéticas, históricas y teológicas, especialmente cuando se consideran las referencias explícitas al tiempo cercano (“pronto”) y la identificación concreta de la culpa pactual imputada a la ciudad juzgada.
Este estudio sostiene que el juicio de Apocalipsis debe interpretarse primariamente como un juicio pactual histórico, dirigido contra Jerusalén por su persistente infidelidad, culminada en el rechazo y asesinato del Mesías y de sus enviados. Lejos de ser una innovación moderna, esta lectura se apoya en la continuidad profética entre el Antiguo Testamento, las palabras de Jesús y la revelación dada a Juan.
La acusación central: “la sangre de los profetas” (Apocalipsis 18:24)
Apocalipsis 18:24 declara de la ciudad juzgada:
“Y en ella se halló la sangre de los profetas y de los santos, y de todos los que han sido muertos en la tierra.”
Esta afirmación no es genérica ni simbólicamente abierta a cualquier ciudad futura. La Escritura ofrece un testimonio unánime respecto a dónde fueron perseguidos y asesinados los profetas del Antiguo Testamento. Textos como 1 Reyes 18–19; 2 Reyes 9; 2 Crónicas 24; Jeremías 38; Lamentaciones 2; y Nehemías 9 coinciden en señalar a Israel —y particularmente a Jerusalén— como el lugar donde se derramó sangre profética de manera sistemática.
Jesús mismo confirma esta realidad histórica cuando declara:
“No es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lucas 13:33).
Por tanto, cualquier interpretación de Apocalipsis 18:24 que desplace esta culpa hacia Roma, una Babilonia futura o un sistema político moderno carece de base bíblica y contradice el testimonio explícito de Jesús.
Continuidad con el juicio anunciado por Jesús (Mateo 23:34–36)
La clave hermenéutica para comprender Apocalipsis se encuentra en Mateo 23:34–36, donde Jesús pronuncia una sentencia judicial inequívoca:
“Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra… De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.”
La correspondencia temática y verbal entre Mateo 23 y Apocalipsis 17–18 es innegable. En ambos casos encontramos:
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Acusación por la sangre de los profetas
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Responsabilidad pactual acumulativa
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Juicio inminente
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Delimitación generacional
Apocalipsis no introduce un nuevo acusado, sino que desarrolla y ejecuta la sentencia ya pronunciada por Cristo. La “gran ramera” de Apocalipsis 17:6, “ebria de la sangre de los santos”, es la Jerusalén apóstata, no una entidad futura desconectada de la historia redentora.
La lectura pactual: Jerusalén como esposa infiel
Desde la perspectiva profética veterotestamentaria, Israel es descrito reiteradamente como la esposa del pacto (Isaías 1; Jeremías 2–3; Ezequiel 16; Oseas). Cuando esta esposa rompe el pacto, los profetas la denuncian con lenguaje de adulterio y prostitución cultual. Apocalipsis se inscribe plenamente en este marco simbólico.
Como afirma David Chilton, Jerusalén es la “gran ramera” no por razones meramente políticas, sino porque violó el pacto, persiguió a los mensajeros de Dios y finalmente dio muerte al Hijo.
El juicio descrito entre los años 66 y 70 d.C. constituye, por tanto, los “días de retribución” anunciados por los profetas y confirmados por Cristo.
El marco temporal: “pronto” e inminencia pactual
Uno de los elementos más contundentes del libro de Apocalipsis es su marco temporal explícito (Ap 1:1–3; 22:6–10). El término “pronto” no debe entenderse como inmediatez cronológica absoluta (horas o días), sino como inminencia pactual dentro de una generación viva, conforme al uso profético bíblico.
Es metodológicamente improcedente extender este lenguaje para abarcar milenios sin vaciarlo de significado. El cumplimiento histórico en el año 70 d.C. respeta tanto el lenguaje del texto como la expectativa de sus primeros destinatarios, quienes enfrentaban persecución real y juicio inminente.
Juicio y restauración: una visión equilibrada del Apocalipsis
Conviene matizar que Apocalipsis no es únicamente un libro de juicio, sino también de:
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Vindicación de los santos
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Entrega del Reino al Cordero
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Transición del antiguo al nuevo orden pactual
El juicio sobre Jerusalén no es el fin último, sino el medio histórico mediante el cual Dios inaugura de manera definitiva el reino inconmovible (Hebreos 12:26–29). Esta lectura preserva la dimensión redentiva del libro y evita reducirlo a una mera crónica de destrucción.
Distinción necesaria: juicio histórico y juicio final
La interpretación preterista parcial no niega:
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La Segunda Venida futura, corporal y gloriosa
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El juicio final universal
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La consumación escatológica de todas las cosas
Lo que afirma es que Apocalipsis no describe primariamente esos eventos, sino un juicio histórico previo que tipifica y anticipa el juicio final. Confundir ambos planos conduce a errores hermenéuticos graves y a la deshistorización del texto.
Conclusión
El análisis intertextual, histórico y pactual demuestra que el juicio descrito en Apocalipsis se dirige contra Jerusalén del siglo I como la esposa infiel del antiguo pacto. La acusación de la sangre de los profetas, el paralelismo con Mateo 23, el lenguaje temporal de “pronto” y el cumplimiento histórico en el año 70 d.C. conforman un cuadro coherente y bíblicamente sólido.
Lejos de desacreditar la fe cristiana, esta lectura vindica la fidelidad profética de Cristo y preserva la integridad del lenguaje bíblico. El problema no reside en el texto, sino en los sistemas que se rehúsan a permitir que la Escritura interprete su propio horizonte histórico.
Apocalipsis no anuncia el fin del planeta, sino el fin de un orden pactual. Y en ese juicio histórico, el Cordero fue vindicado, su Reino establecido y su palabra confirmada como verdadera y fiel.
"Sólo Jerusalén era culpable de "toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra (de Israel)", desde Abel en adelante. Históricamente, fue Jerusalén la que siempre había sido la gran ramera, apostatando constantemente y persiguiendo a los profetas (Hechos 7:51-52); Jerusalén fue el lugar donde los profetas fueron muertos: como dijo Jesús mismo: "...no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! (Lucas 13:33-34). La "Demanda de Pacto" de Juan era verdadera y efectiva. Jerusalén fue encontrada culpable de todos los cargos, y desde el año 66 hasta el año 70 d. C., sufrió los "días de retribución", el derramamiento de la ira de Dios por haber derramado sangre inocente durante siglos."


Muy claro el comentario!!osea ,nada tiene que ver con la venida de Cristo cono lo espera la iglesia evangélica?
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