domingo, 18 de enero de 2026

EL SECULARISMO NO CREA DISCÍPULOS, SOLO CONSUMIDORES






Sacrificio, formación moral y la imposibilidad de una civilización sin trascendencia

Artículo 8

Tesis: Una cosmovisión sin sacrificio no puede sostener una civilización.


Resumen

Este artículo sostiene que el secularismo contemporáneo, al eliminar la noción de trascendencia y sacrificio, es estructuralmente incapaz de formar discípulos o sostener una civilización duradera. A diferencia de las religiones históricas —que exigen lealtad, disciplina y entrega—, el secularismo produce sujetos centrados en el consumo, la autoexpresión y la gratificación inmediata. Desde una perspectiva cristiana histórica, se argumenta que toda civilización necesita una cosmovisión que demande sacrificio por un bien superior. Donde esa demanda desaparece, la cohesión social se disuelve y otras cosmovisiones más exigentes ocupan el vacío.

Introducción: del creyente al consumidor

Una de las transformaciones más profundas de la modernidad tardía no ha sido simplemente el declive de la religión institucional, sino la reconfiguración antropológica del sujeto. El secularismo no solo propone una sociedad sin Dios, sino un tipo particular de ser humano: el consumidor. En este marco, la identidad ya no se forma mediante compromiso, obediencia o sacrificio, sino a través de elecciones individuales orientadas al bienestar personal.

Este cambio tiene consecuencias directas para la vida religiosa y cultural. Mientras las religiones históricas forman discípulos —personas moldeadas por una verdad que las trasciende—, el secularismo forma consumidores —individuos que seleccionan experiencias según su utilidad subjetiva. La tesis central de este artículo es que una cosmovisión sin sacrificio puede producir confort, pero no civilización.

Discipulado y sacrificio: una constante histórica

Históricamente, toda tradición religiosa significativa ha compartido un elemento común: la exigencia de sacrificio. Ya sea en forma de obediencia moral, disciplina espiritual, renuncia personal o entrega comunitaria, el discipulado siempre implica pérdida antes que ganancia inmediata.

En el cristianismo, esta lógica es explícita. El llamado de Jesús no es al consumo espiritual, sino a la negación de uno mismo. El discipulado cristiano se estructura alrededor de la cruz, símbolo máximo de sacrificio y entrega. Esta estructura formativa produce sujetos capaces de: perseverar en el sufrimiento, postergar la gratificación y subordinar deseos personales a un bien superior. Estas virtudes no solo sostienen la fe, sino también la vida social.

El secularismo como cosmovisión de mínimo costo

El secularismo moderno, en contraste, se define por la eliminación sistemática de toda demanda trascendente. No exige conversión, arrepentimiento ni obediencia a una autoridad superior. Su ética se basa en la autonomía individual y la maximización del bienestar subjetivo.

Este modelo produce un tipo de adhesión radicalmente distinta: no hay discípulos, solo usuarios, no hay verdad normativa, solo preferencias y no hay sacrificio, solo negociación.

En consecuencia, las instituciones —incluidas las iglesias secularizadas— comienzan a operar bajo lógicas de mercado: atraer, retener, satisfacer. El lenguaje del discipulado es reemplazado por el del marketing, y la formación moral cede ante la experiencia personalizada.

Consumidores no sostienen civilizaciones

Las civilizaciones no se mantienen por la suma de intereses individuales, sino por la disposición colectiva al sacrificio. Familias, comunidades y naciones requieren ciudadanos capaces de renunciar a beneficios inmediatos por el bien común.

El secularismo, al formar consumidores, erosiona esta capacidad. Cuando el sacrificio deja de ser una virtud y se convierte en una anomalía, las estructuras sociales se vuelven frágiles. Esto explica por qué las sociedades altamente secularizadas enfrentan crisis persistentes de: Identidad, Cohesión social, y Transmisión cultural.

Una cosmovisión que no puede decir “debes” carece de los recursos morales para sostener una civilización.

El contraste con el Islam

Paradójicamente el avance del Islam en contextos secularizados no se debe principalmente a su contenido doctrinal, sino a su capacidad formativa. Esta, así como todas las religiones fuertes, ofrece: Normas claras que orientan la conducta. Identidad comunitaria firme y estable. Disciplina a través de prácticas regulares. Propósito trascendente que articula el sentido de vida.

Frente a un secularismo que solo ofrece opciones, las cosmovisiones exigentes resultan más atractivas, especialmente para comunidades que buscan significado y pertenencia. No es que el Islam sea necesariamente verdadero, sino que es coherente y demandante, algo que el secularismo rehúsa ser.

La tentación de un cristianismo secularizado

Un peligro adicional surge cuando el cristianismo adopta las categorías del secularismo para sobrevivir culturalmente. En lugar de formar discípulos, comienza a producir consumidores religiosos: creyentes que “asisten”, “eligen” y “evalúan” experiencias espirituales sin someterse a una verdad transformadora.

Este cristianismo sin sacrificio pierde su capacidad distintiva. Compite en el mercado de las opciones espirituales, pero carece del poder formativo que históricamente sostuvo tanto a la Iglesia como a la civilización occidental.

Cuando la fe convivía con el misterio y el mundo aún respiraba lo sagrado, los cristianos caminaban con paso firme, templados por la oración, la disciplina y el sacrificio. Pero la secularización, con su brillo amable y su lógica de consumo, fue suavizando el espíritu. Poco a poco, lo eterno se volvió accesorio, y lo esencial, prescindible. Así nacieron cristianos livianos, hijos de la comodidad, incapaces de cargar el peso de su propia tradición. Y esa debilidad, inevitablemente, abrió la puerta a tiempos confusos y estériles. Quizás, en esta noche espiritual, se esté gestando una generación más fuerte, aquella que, acosada por la intemperie del mundo, recupere la hondura perdida y devuelva a la fe la firmeza de otros días

Conclusión

El secularismo no fracasa por falta de eficiencia, sino por falta de profundidad antropológica. Puede organizar economías y regular derechos, pero no puede formar discípulos ni sostener una civilización a largo plazo. Una cosmovisión sin sacrificio produce consumidores satisfechos, pero ciudadanos frágiles.

La historia demuestra que solo las cosmovisiones que exigen entrega, obediencia y lealtad trascendente generan culturas duraderas. El desafío para el cristianismo contemporáneo no es adaptarse al secularismo, sino recuperar su llamado original: formar discípulos dispuestos a perder para ganar, a morir para vivir.


¡Piensa en esto cristiano!

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