domingo, 11 de enero de 2026

EL DIOS TERAPÉUTICO NO COMPITE CON EL DIOS SOBERANO




La transformación del cristianismo en espiritualidad de consuelo y su incapacidad para resistir cosmovisiones de lealtad total

Artículo 4

Tesis: El “Dios que solo consuela” pierde frente a cosmovisiones que exigen lealtad total.

Resumen

Este artículo analiza la mutación contemporánea del cristianismo occidental en lo que se ha denominado “teísmo terapéutico”: una forma de religión centrada en el bienestar emocional, la autoaceptación y el alivio psicológico, desvinculada de las afirmaciones clásicas sobre la soberanía de Dios, el pecado, el juicio y el discipulado. Se argumenta que este “Dios que solo consuela” resulta estructuralmente incapaz de competir con cosmovisiones religiosas que exigen lealtad total, ofrecen identidad normativa y ordenan la vida pública. Desde una perspectiva reformada, se sostiene que la pérdida del énfasis en la soberanía divina no es una adaptación pastoral inocente, sino una distorsión teológica que debilita la misión de la Iglesia y la deja sin recursos frente a religiones fuertes y coherentes.

Introducción: consuelo sin señorío

Uno de los rasgos más visibles del cristianismo occidental contemporáneo es la reconfiguración de Dios como una figura primordialmente terapéutica. En esta visión, Dios existe para sanar heridas emocionales, acompañar procesos personales y afirmar la autoestima del creyente. El lenguaje dominante ya no es el del reino, el pacto o la obediencia, sino el del bienestar, la inclusión y la autorrealización.

Este artículo sostiene que tal transformación no es meramente un cambio de énfasis pastoral, sino una redefinición sustancial de Dios. El Dios terapéutico no exige arrepentimiento, no confronta estructuras de pecado ni reclama lealtad absoluta. Como consecuencia, este dios no puede competir con cosmovisiones religiosas que demandan obediencia integral y ofrecen un marco totalizante de sentido, como el Islam.

El surgimiento del teísmo terapéutico

Diversos sociólogos de la religión han descrito el fenómeno del teísmo moralista-terapéutico, una forma de religiosidad ampliamente extendida en Occidente. En ella, Dios es percibido como:

  • Un ser benevolente que desea que las personas sean felices.
  • Un apoyo emocional disponible en tiempos de crisis.
  • Una presencia no intrusiva que no interfiere con la autonomía personal.
Esta concepción no surge del testimonio bíblico, sino del encuentro entre el cristianismo cultural y la psicología moderna. Como ha observado Philip Rieff, la cultura terapéutica reemplazó las categorías morales y teológicas por categorías emocionales. El pecado se redefinió como trauma; la culpa, como baja autoestima; la redención, como autoaceptación.

Un Dios útil pero no soberano

El problema central del Dios terapéutico no es que consuele, sino que solo consuele. En la Escritura, Dios ciertamente es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co 1:3), pero nunca a expensas de su santidad, justicia y señorío.

El Dios bíblico:
  • Gobierna la historia (Is 46:9–10)
  • Juzga a las naciones (Sal 2; Ap 19)
  • Exige obediencia (Dt 6:4–5)
  • Llama a morir para vivir (Lc 9:23)
Cuando estas dimensiones se eliminan, Dios deja de ser el centro normativo de la realidad y se convierte en un recurso funcional para el individuo. Un dios así puede acompañar la vida privada, pero no puede formar comunidades resistentes ni sostener una cosmovisión pública.

Por qué las religiones fuertes resultan más convincentes

Las religiones que hoy avanzan en contextos postcristianos —particularmente el Islam— no lo hacen principalmente por coerción, sino por coherencia interna. Ofrecen:
  • Una visión total de la vida
  • Normas claras
  • Disciplina comunitaria
  • Lealtad visible
Estas características contrastan radicalmente con un cristianismo terapéutico que evita exigir, definir o confrontar. Como ha señalado Dietrich Bonhoeffer, un cristianismo que ofrece “gracia barata” termina produciendo discípulos sin cruz y, por tanto, sin poder transformador.

El error pastoral y teológico

Desde una perspectiva reformada, la reducción de Dios a terapeuta no es un avance pastoral, sino una pérdida doctrinal. El intento de hacer el cristianismo “más atractivo” eliminando sus demandas termina por vaciarlo de contenido.

Un Dios que:
  • No juzga
  • No reina
  • No manda
  • No confronta
puede ser emocionalmente reconfortante, pero no es digno de adoración total. La Escritura no presenta a Dios como complemento de la vida humana, sino como su fundamento absoluto (Hch 17:28).

Implicaciones para la misión cristiana

Un cristianismo terapéutico puede sobrevivir en sociedades cómodas, pero colapsa frente a cosmovisiones que exigen sacrificio. La misión cristiana no fracasa porque otras religiones sean “demasiado fuertes”, sino porque el cristianismo ha sido presentado como demasiado débil.

La Iglesia no está llamada a competir en el mercado del bienestar, sino a proclamar:
  • La soberanía de Cristo
  • El señorío del Reino
  • La gracia que salva y transforma
Solo un Dios soberano puede reclamar la lealtad total del corazón humano.

Conclusión

El Dios terapéutico no compite con el Dios soberano porque no pertenece a la misma categoría. Uno existe para servir al individuo; el otro reclama al individuo para su gloria. En un mundo de cosmovisiones fuertes, solo una fe que exige todo puede sostenerlo todo.

El problema de Occidente no es que otras religiones pidan demasiado, sino que el cristianismo ha dejado de pedirlo todo. Recuperar la fe bíblica no significa abandonar la compasión, sino devolverla a su fundamento: el Dios que consuela porque reina, y que salva porque es Señor.


¡Piensa en esto cristiano!
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Bibliografía:

[1] The Triumph of the Therapeutic (1966)
[2] (The Cost of Discipleship, 1937).

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