En los últimos años se habla mucho del “avance
del Islam” en Europa y en Occidente. Algunos lo presentan como una amenaza
externa, casi como una invasión ideológica que cayó del cielo. Pero ese
diagnóstico es superficial. El verdadero problema no está fuera de la Iglesia,
sino dentro de ella.
-Las religiones fuertes no avanzan donde el cristianismo es fuerte... Avanzan donde el cristianismo se ha vaciado de convicciones.-
Europa no comenzó a perder su identidad cuando
llegaron los musulmanes; la perdió cuando dejó de creer seriamente en el Dios
que decía confesar. El cristianismo se volvió cultural, sentimental y privado.
Se conservó el lenguaje, pero se abandonó la sustancia. Se mantuvieron las
fiestas, pero se olvidó la doctrina. Se habló mucho de amor, pero poco de
verdad, santidad y señorío.
Cuando una fe deja de afirmar con claridad quién
es Dios, qué es el hombre y por qué Cristo es necesario, deja
un vacío inevitable. Y los vacíos espirituales nunca permanecen vacíos.
Jesús lo advirtió con una imagen inquietante:
“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre… dice: Volveré a mi casa… y la halla desocupada, barrida y adornada” (Mt 12:43–45).
Una casa vacía puede parecer ordenada, moderna
y limpia, pero sigue estando vacía. Eso es gran parte del cristianismo
occidental hoy: templos abiertos, pero teología cerrada; espiritualidad vaga,
pero sin cruz; un Jesús inspirador, pero no Señor.
El Islam —como otras cosmovisiones fuertes— no
crece principalmente por la espada, sino por la claridad. Ofrece
identidad, ley, comunidad, disciplina y trascendencia. No es el evangelio, pero
es coherente consigo mismo. Y una cosmovisión coherente siempre será más
atractiva que una fe diluida.
-El problema, entonces, no es que otros crean demasiado, sino que nosotros creemos muy poco.-
Un cristianismo que no forma discípulos, que
no enseña doctrina, que no exige arrepentimiento, que no proclama la
exclusividad de Cristo, no puede sostener una cultura ni resistir cosmovisiones
rivales. Como advirtió Dietrich Bonhoeffer, “cuando Cristo llama a un
hombre, le ordena que venga y muera”. Pero hemos ofrecido un cristianismo
sin muerte… y por tanto, sin poder.
No se trata de temer al Islam. Se trata de recuperar
la fe cristiana histórica, robusta, bíblica, confesional. Una fe que no
pide permiso para existir, que no se avergüenza del evangelio y que entiende
que la gracia no es debilidad, sino el poder salvador de Dios.
-La Iglesia no necesita enemigos más débiles. Necesita creyentes más firmes.-
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