Lo que la historia antigua confirma sobre la profecía de Jesús
Cuando hablamos de la destrucción de Jerusalén en el año 70, mucha gente imagina un ejército romano salvaje arrasando sin freno lo que encontraba a su paso. Pero si leemos atentamente a las fuentes del siglo I, especialmente a Flavio Josefo, descubrimos un cuadro mucho más complejo… y sorprendente.
Tito: un general romano que no quería destruir el templo
Josefo —un judío que terminó escribiendo bajo patronazgo romano— describe a Tito de una forma que desconcierta:
como un militar que intentó evitar la destrucción del templo judío.
¿Por qué?
No porque fuese un monoteísta convencido, sino porque tenía un respeto casi supersticioso por lo sagrado, y conocía el valor político y cultural del templo.
Josefo cita repetidas veces las palabras de Tito:
“No quiero profanar el templo. Rendíos, y preservaré este lugar santo.”
(Josefo, Guerras 6.241–243)
Y añade que Tito ordenó no matar civiles y no destruir casas, porque quería preservar la ciudad y el templo.
Pero dentro del templo ocurría otra historia…
Cuando los verdaderos profanadores eran los propios rebeldes
Josefo afirma que los grupos zelotes y rebeldes, atrincherados en el templo, lo convirtieron en un fortín militar:
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instalaron catapultas sobre las puertas santas,
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corrían armados por los patios sagrados,
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usaban el santuario como base de operaciones,
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y llenaron de cadáveres el recinto.
Tito los enfrenta:
“¿No fuisteis vosotros quienes pusisteis el muro que nadie podía traspasar?
¿Y ahora pisoteáis cadáveres en el templo?
Dadme un lugar distinto donde pelear, y ningún romano profanará este santuario.”
(Josefo, Guerras 6.252–254)
Para Tito, la mayor abominación no la habían cometido sus soldados, sino los mismos judíos rebeldes.
Valle de cadáveres: cuando Tito levantó sus manos al cielo
Josefo relata un momento dramático:
cuando Tito inspeccionaba los alrededores de Jerusalén, vio barrancos enteros llenos de cuerpos arrojados desde las murallas —víctimas del hambre, enfermedad y violencia interna.
Y el general romano “gimió”:
“Pongo a Dios por testigo de que esto no es culpa mía.”
(Josefo, Guerras 5.446)
No sabemos si Tito entendía de teología,
pero sí entendió que algo divino estaba ocurriendo.
Apolonio y la interpretación divina de la victoria
Otro escritor del siglo I, Filóstrato, en su obra sobre Apollonius de Tiana, añade un dato asombroso:
Tito rechazó la corona de honor que otras naciones quisieron darle tras la conquista.
¿Por qué?
“No hay mérito en vencer a un pueblo abandonado por su propio Dios.”
(Vida de Apolonio, 6.29)
Aquí no hay evangelización.
Hay percepción histórica:
algo extraordinario había ocurrido y todos lo sabían.
¿Qué tiene que ver esto con Jesús?
Todo.
Jesucristo había profetizado décadas antes:
✔️ “No quedará piedra sobre piedra.” (Lucas 21:6)
✔️ “Vuestra casa os es dejada desolada.” (Mateo 23:38)
✔️ “Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed que su destrucción está cerca.” (Lucas 21:20)
✔️ “Estos son días de venganza, para que se cumpla todo lo que está escrito.” (Lucas 21:22)
La caída del año 70 no fue un accidente militar.
Fue el juicio final sobre el sistema del antiguo pacto,
anunciado por los profetas, por Juan el Bautista y por el mismo Jesús.
Los historiadores del siglo I —judíos, romanos y paganos— lo vieron, aunque no entendieran su profundidad.
Conclusión: la historia confirma la profecía
Josefo, Tito y Apolonio no predicaron el evangelio.
Pero sin quererlo, confirmaron la exactitud profética del Cristo que dijo:
“Estas cosas acontecerán en esta generación.”
(Mateo 24:34)
La caída de Jerusalén es uno de los eventos históricos más documentados de la antigüedad…
y uno de los más olvidados por los cristianos modernos.
La historia no contradice a la Biblia.
La historia ilumina la Biblia.




Muchas gracias por la información, nos llevan por instantes a esos lugares y tiempos donde ocurrieron estos hechos, los cuales nos permiten ampliar más nuestro panorama y comprensión de los Escritos Sagrados, Dios los bendiga!!
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