viernes, 22 de septiembre de 2023

¿Debemos seguir creyendo en el “rapto secreto”?



Una evaluación bíblica y teológica del dispensacionalismo popular

Introducción

La doctrina del llamado rapto secreto ha adquirido una notable influencia en el evangelicalismo contemporáneo, especialmente a partir del siglo XX, gracias a la literatura popular, conferencias proféticas y producciones mediáticas como la serie Left Behind (LaHaye & Jenkins, 1995–2007). Según esta postura, Cristo vendrá de manera secreta para arrebatar a la Iglesia antes de un período de gran tribulación de siete años, distinto y separado de su venida gloriosa final. Sin embargo, la pregunta crucial es si tal esquema escatológico se deriva legítimamente del testimonio bíblico o si responde a una construcción teológica relativamente reciente.

Este artículo sostiene que la doctrina del rapto secreto carece de fundamento exegético sólido, depende de supuestos hermenéuticos ajenos al texto bíblico y no cuenta con respaldo significativo en la historia de la Iglesia previa al siglo XIX.

Daniel 9:24–27 y la supuesta “brecha profética”

El dispensacionalismo clásico fundamenta su esquema escatológico en una lectura particular de Daniel 9:24–27, postulando una interrupción de más de dos mil años entre la semana sexagésima novena y la septuagésima. No obstante, el texto de Daniel no menciona explícitamente ninguna pausa cronológica de tal magnitud. Por el contrario, la estructura del pasaje sugiere una secuencia continua, en consonancia con el patrón del cautiverio de setenta años mencionado en Daniel 9:2 (Young, 1949).

Diversos intérpretes reformados han señalado que la septuagésima semana encuentra su cumplimiento en el ministerio de Cristo, quien es “cortado” a la mitad de la semana (Dan. 9:26), culminando en su muerte expiatoria (Calvino, 1561/2009). El “pacto con muchos” debe entenderse a la luz de la nueva alianza inaugurada por Cristo (Mt. 26:28), y no como un tratado político futuro firmado por un anticristo escatológico.

El problema del anticristo y el pacto inexistente

Autores dispensacionalistas como Hindson y Hitchcock (2017) afirman que Daniel 9:27 se refiere a un futuro líder mundial que establecerá un tratado de paz con Israel. Sin embargo, tal afirmación excede los datos textuales. El pasaje no menciona un tratado de paz, ni identifica al sujeto del pacto como un anticristo. Esta lectura depende más de un sistema teológico previo que del análisis gramatical e histórico del texto (Kline, 1998).

¿Una Segunda Venida en dos fases?

Otro elemento central del dispensacionalismo es la división de la Segunda Venida de Cristo en dos eventos separados: un rapto secreto y una venida visible posterior. Sin embargo, pasajes como 1 Tesalonicenses 4:16–17 describen la parusía con lenguaje público y glorioso: voz de mando, trompeta y resurrección corporal. Nada en el texto sugiere un evento oculto o reservado (Beale, 2015).

Asimismo, Jesús enseña que su venida será visible y universal (Mt. 24:27), y ora no para que su Iglesia sea retirada del mundo, sino preservada en medio de la tribulación (Jn. 17:15).

Consideraciones éticas y Zacarías 13:8–9

Una consecuencia inquietante del dispensacionalismo pretribulacional es la interpretación futurista de Zacarías 13:8–9, según la cual dos tercios del pueblo judío perecerían durante la Gran Tribulación. Esta lectura ignora el contexto histórico inmediato del profeta y su conexión con los juicios del siglo I, culminando en la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., evento al que el propio Jesús hace referencia (Mt. 24:15–34).

Desde una teología bíblica coherente, resulta problemático presentar tal catástrofe como parte de un plan divino posterior a una supuesta “pausa” en el propósito redentor de Dios.

Conclusión

La doctrina del rapto secreto no encuentra respaldo explícito en la Escritura ni en la tradición histórica de la Iglesia anterior al siglo XIX. Surge, más bien, de una lectura fragmentada de los textos proféticos y de un sistema hermenéutico que separa artificialmente a Israel y la Iglesia.

La esperanza cristiana no descansa en un escape secreto de la tribulación, sino en la venida gloriosa, visible y definitiva de Cristo, quien resucitará a los muertos, juzgará a vivos y muertos y consumará su reino eterno (Hch. 1:11; Ap. 22:12).


¡Piensa en esto cristiano!

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Referencias 

  • Beale, G. K. (2015). A New Testament biblical theology. Baker Academic.
  • Calvino, J. (2009). Commentary on the book of the prophet Daniel (T. Myers, Trans.). Christian Classics Ethereal Library. (Obra original publicada en 1561)
  • Hindson, E., & Hitchcock, M. (2017). Can we still believe in the rapture? Harvest House.
  • Kline, M. G. (1998). Kingdom prologue. Two Age Press.
  • LaHaye, T., & Jenkins, J. B. (1995–2007). Left Behind (Vols. 1–16). Tyndale House.
  • Young, E. J. (1949). The prophecy of Daniel. Eerdmans.
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¿Quién fue Edgar Whisenant?

Edgar C. Whisenant (1932–2001) fue un autor evangélico estadounidense. Se desempeñó como ingeniero de cohetes y luego se dedicó a escribir sobre profecía bíblica. Se volvió famoso en los años 80 debido a sus predicciones apocalípticas muy difundidas.

Whisenant es conocido por haber publicado en 1988 un pequeño libro que se volvió un fenómeno: “88 Reasons Why the Rapture Will Be in 1988” (“88 razones por las que el Rapto será en 1988”). El libro afirmaba que el Rapto ocurriría entre el 11 y el 13 de septiembre de 1988. Se distribuyeron millones de copias, muchas enviadas gratis a iglesias y comunidades cristianas. Algunos canales cristianos difundieron masivamente la predicción, generando gran expectativa. Cuando el Rapto no ocurrió, Whisenant publicó otras fechas: 1989, 1993 y 1994. Todas, por supuesto, también fallaron.

Edgar Whisenant es un ejemplo clásico de: Predicciones de fechas exactas sobre el fin del mundo o el Rapto, algo que la mayoría de las denominaciones cristianas consideran no bíblico, ya que Jesús dijo que “nadie sabe el día ni la hora”. Cómo se pueden viralizar predicciones apocalípticas, especialmente en ambientes religiosos. Su caso es una de las más citadas advertencias sobre la peligrosidad de asignar fechas proféticas.

lunes, 18 de septiembre de 2023

¿ESTÁ CERCA EL ARREBATAMIENTO?




Desde los días de Jesús, personas han afirmado que los eventos del fin de los tiempos ocurrirían en sus días.

A mediados de los 1800, un erudito bíblico llamado William Miller afirmó que Jesús regresaría el 21 de marzo de 1844. No ocurrió. La primavera vino y se fue sin señal de Jesús. Miller determinó que sus cálculos habían sido erróneos, y afirmó que era una demora divina, parte del plan de Dios. Eventualmente estableció otra fecha, en octubre de 1844, que de nuevo resultó incorrecta. Sus seguidores fueron ridiculizados. Algunos sufrieron dificultades al abandonar sus trabajos para dedicarse a difundir la noticia acerca del inminente retorno. Algunos agricultores dejaron sus plantíos sin cosechar; otros regalaron sus posesiones. De las profecías fallidas de Miller (llamadas “la gran desilusión”) surgió el Adventismo del Séptimo Día.

Avancemos hasta 1988. Edgar Whisenant, un ex ingeniero de cohetes de la NASA, escribió un folleto titulado 88 razones por las que el Rapto será en 1988, en el cual afirmaba que Jesús regresaría en un día del 11 al 13 de septiembre, y que la Tribulación comenzaría al atardecer el 3 de octubre. Dos millones de copias del folleto circularon en los años previos a 1988. Algunas personas en el sur de los Estados Unidos abandonaron sus empleos, vendieron sus casas, y se entregaron completamente a la oración antes de la fecha prevista. Y septiembre de 1988 pasó tranquilamente. El sol se puso el 3 de octubre y se levantó de nuevo el 4 de octubre, sin señal de la tribulación. Whisenant recalculó, esta vez pensando que el final vendría en septiembre de 1989, luego en 1993, y luego en 1994. Murió en el 2001.

Y así la lista sigue y sigue. Es fácil burlarse de estas predicciones fallidas, pero hay una tendencia relacionada y más ampliamente aceptada entre los cristianos evangélicos que Graham Beynon ha llamado el “establecimiento implícito de la fecha”. Aunque no fijamos una fecha específica para el regreso de Jesús, muchos afirman que estamos viviendo el final de la historia, y apoyamos esta afirmación al hacer coincidir los acontecimientos actuales con algunas profecías bíblicas en específico. Se estima que un tercio de los evangélicos americanos (unos 20 millones de personas) creen que vivirán para ver el fin del mundo. Como pastor, hay cristianos que a menudo me dicen que creen que Jesús volverá en esta generación.

¿Cómo responder a las determinaciones explícitas e implícitas de una fecha?

Debemos empezar por reconocer el aspecto positivo de los intentos equivocados que buscan discernir la fecha del regreso de Jesús: inspiran y promueven una expectativa ansiosa del retorno de Jesús. Podemos aplaudir ese deseo por Jesús. Si somos honestos, admitiremos que no nos sentimos suficientes en nosotros mismos. Sin embargo, muchos de estos intentos ignoran las palabras y el espíritu de lo dicho por Jesús en Mateo 24:36, “Pero de aquel día y hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre”. Por 2000 años, las fechas del retorno de Jesús han estado equivocadas, así que las palabras de Jesús han comprobado ser ciertas.


TRES PROBLEMAS CON PONER FECHAS

Además, los intentos por establecer la fecha (de manera explícita o implícita) socavan el enfoque bíblico de esperar a Jesús, y lo hacen de tres maneras significativas.

1. Establecer fechas estimula un tipo de inquietud por el fin de los tiempos que desalienta la paciencia. Cuando los autores del Nuevo Testamento gritan: “¡Ven, Señor Jesús!”, es siempre con la perspectiva de que Jesús solo vendrá cuando Dios lo quiera, y que no sabemos exactamente cuándo será eso. Nuestra ignorancia de la fecha del regreso de Jesús requiere una mezcla de expectación ansiosa y paciencia humilde. Pero esa humildad y paciencia se quebrantan cuando los cristianos creen que han “descubierto” que vivimos en la última generación.

2. Establecer una fecha desalienta la vida productiva. Cuando los carismáticos líderes que fijan fechas convencen a sus seguidores de alguna fecha específica, a menudo los seguidores se vuelven muy improductivos. En el pasado dichos seguidores han vaciado sus cuentas bancarias, abandonado sus empleos, y gastado recursos que podrían haber sido mejor aprovechados para el reino.

Jesús apunta a lo contrario. Al final de su gran sección en Marcos 13 en la que enseña el fin de los tiempos, Jesús cuenta una historia que justifica la productividad. Dice que un hombre se fue de viaje, dejó a sus criados a cargo y le dijo al portero que se quedara despierto. Jesús entonces ordena a sus discípulos que permanezcan despiertos, porque no saben cuándo regresará. En este contexto, permanecer despierto no significa averiguar cuándo Jesús volverá, sino seguir adelante con nuestras responsabilidades en esta vida, “mientras tanto”, hasta que Él regrese.

3. Fijar una fecha es un intento de tomar el control. Esperar un evento cuando no sabemos cuándo sucederá puede ser incómodo y exigente. Parece que Jesús quiere que sintamos este malestar porque quiere que estemos siempre preparados para su venida. La conclusión de la parábola de las diez vírgenes es la siguiente: “Velen, pues no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25:13). Como dijo el teólogo G. C. Berkouwer una vez, no fuimos llamados a contar el tiempo que falta para el regreso de Jesús, sino llamados a contar con ese tiempo, para que pueda dar forma y fruto a nuestras vidas en el presente.

Esperando a Jesús

Esa espera basada en fijar la fecha explícita o implícitamente es nuestro intento humano de tomar el control del tiempo de la venida de Jesús. Al establecer una fecha, ya sea exacta o aproximada, se elimina la incómoda incertidumbre de no saber cuándo volverá Jesús. Pero Dios quiere que esperemos a Jesús no porque tengamos confianza en una fecha, sino porque confiamos en la promesa de Dios. El apóstol Pedro le dijo a sus lectores cómo debían esperar: “Pero, según Su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia” (2 Pe. 3:13).

Cuando nuestra espera de Jesús se basa en la promesa de Dios, obtenemos nuestra confianza de quien ha hecho la promesa. Es una buena noticia para los cristianos porque el Dios de la promesa es el Señor soberano de la historia, y por lo tanto es totalmente confiable. Nuestra certeza surge de la confiabilidad del carácter de Dios, no de la precisión de nuestros cálculos. El regreso de Jesús no es un enigma a descifrar, sino una promesa de Dios en la que podemos confiar.

La espera basada en la promesa de Dios produce humildad y esperanza. Humildad, porque este tipo de espera nunca puede huir de Dios para encontrar la certeza del retorno de Jesús en un código, o una pista escondida, o en alguna correlación de eventos modernos en separación de Dios mismo. La seguridad de que Jesús regresará solo puede obtenerse apoyándose en la promesa de Dios, lo que significa apoyarse en Dios mismo. Esto nos lleva a una conciencia más profunda de que no podemos hacer que suceda; depende totalmente de Dios. Esto nos humilla.

Pero esperar a Jesús en base a la promesa de Dios también produce esperanza, porque significa que el fundamento de nuestra espera no es meramente un deseo; es una certeza basada en el carácter de Dios mismo. En Hechos 1:10-11, dos ángeles prometen que Jesús regresará del cielo. Esa promesa produce gran esperanza dentro de nosotros cuando nos aferramos a ella y construimos nuestras vidas sobre ella. Produce una sólida esperanza bíblica de que no seremos condenados en el último día, porque Jesús nuestro defensor nos salvará de la ira venidera (1 Tes. 1:10).

Publicado inicialmente con el título de "NO LE PONGAS FECHAS A JESÚS" por el pastor en Desiring God y  Traducido por Sergio Paz.




martes, 29 de agosto de 2023

LOS BECERROS DE ORO DEL NEOPENTECOSTALISMO




UNA CRÍTICA A LA ADORACIÓN SINCRÉTICA EN LA IGLESIA CONTEMPORÁNEA: El becerro de oro y la crisis de la adoración centrada en el hombre

“Haznos dioses que vayan delante de nosotros…”
—  Éxodo 32:1

Introducción

La cuestión de la adoración nunca ha sido un asunto secundario en la Escritura. Desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo, Dios no solo demanda ser adorado exclusivamente, sino también ser adorado conforme a Su voluntad revelada. El episodio del becerro de oro en Éxodo 32 constituye una de las advertencias más severas de toda la Biblia respecto al peligro de deformar la verdadera adoración mediante elementos producidos por la imaginación humana.

Resulta significativo observar que Israel no estaba intentando abandonar completamente a Yahvé para entregarse formalmente a otro dios. El lenguaje de Aarón es revelador: “Mañana será fiesta para Jehová” (Éx. 32:5). El problema no consistía meramente en reemplazar a Dios, sino en intentar adorarlo por medios que Él nunca había ordenado. Israel quiso representar visiblemente al Dios invisible, adaptando la adoración divina a categorías culturales, emocionales y sensoriales más cómodas para el corazón humano.

Ese mismo peligro continúa presente hoy. En diversos sectores del evangelicalismo contemporáneo —particularmente en expresiones neopentecostales altamente emocionalistas— la adoración corre el riesgo de desplazarse desde la centralidad de la Palabra hacia la centralidad de la experiencia. El culto deja de ser principalmente un encuentro reverente con el Dios santo y se convierte progresivamente en una experiencia diseñada para producir impacto emocional, estímulo psicológico y satisfacción sensorial.

El problema fundamental del becerro de oro

El pecado de Israel en Éxodo 32 no fue un simple error litúrgico. Fue una distorsión teológica profunda. El pueblo deseaba un dios visible, manipulable y cercano a sus preferencias. Aunque habían presenciado la gloria divina en el Sinaí, no estaban satisfechos con caminar por fe; necesitaban algo tangible.

Aquí se revela una realidad permanente del corazón humano: el hombre caído constantemente intenta reducir a Dios a categorías controlables. Como observó Juan Calvino:

“El corazón humano es una fábrica perpetua de ídolos”.

La idolatría bíblica no comienza necesariamente con imágenes físicas; comienza cuando el ser humano redefine a Dios según sus deseos en lugar de someterse a Su autorrevelación. Por eso, el becerro de oro representa mucho más que un acto pagano aislado. Es el paradigma de toda adoración que mezcla verdad divina con invención humana.

Aarón y el liderazgo que cede a las demandas del pueblo

Uno de los aspectos más solemnes del relato es el papel de Aarón. Él sabía perfectamente el mandamiento:

“No te harás imagen…” (Éx. 20:4).

Sin embargo, cedió ante la presión popular. El liderazgo espiritual abandonó su responsabilidad pastoral y permitió que las preferencias del pueblo definieran la adoración.

Aquí emerge una advertencia relevante para la iglesia contemporánea. Existe una diferencia entre pastorear al pueblo de Dios y simplemente satisfacer sus expectativas religiosas. Muchos líderes, aunque sinceros, terminan moldeando el culto según: tendencias culturales, exigencias de crecimiento, impacto emocional, o dinámicas de entretenimiento.

El peligro no siempre radica en negar doctrinas fundamentales, sino en desplazar gradualmente el centro del culto desde Dios hacia la experiencia humana.

La adoración bíblica y el principio regulador

La tradición reformada históricamente ha sostenido el llamado “Principio Regulador de la Adoración”. Este principio enseña que: Dios mismo determina cómo debe ser adorado.

No significa que toda circunstancia moderna sea pecaminosa. La Escritura distingue entre: elementos del culto, y circunstancias del culto.

Elementos del culto

Son aquellas prácticas explícitamente ordenadas por Dios: lectura y predicación de la Palabra, oración, canto congregacional, sacramentos, ofrendas, confesión y acción de gracias. Estos constituyen el corazón del culto cristiano.

Circunstancias del culto

Son aspectos organizativos necesarios para realizar el culto: horario, iluminación básica, uso de micrófonos, disposición del local, temperatura, tecnología funcional. Estas circunstancias no son actos de adoración en sí mismos, sino ayudas prácticas subordinadas al propósito principal del culto.

El problema surge cuando las circunstancias comienzan a dominar los elementos esenciales. Cuando: la estética eclipsa la predicación, el espectáculo reemplaza la reverencia, la emocionalidad sustituye la verdad, o la figura carismática del líder desplaza la centralidad de Cristo, el culto empieza peligrosamente a parecerse más a una producción humana que a una adoración bíblica.

El emocionalismo y la búsqueda de experiencias

La Escritura jamás condena las emociones. El verdadero culto involucra afectos santos: gozo, reverencia, gratitud, quebrantamiento, esperanza. Sin embargo, la Biblia nunca presenta las emociones como fundamento de la verdad. En muchos contextos modernos, la autenticidad espiritual se mide por intensidad emocional: “sentir fuego”, “caer”, “experimentar atmósferas”, “desatar sensaciones”.

Pero el Nuevo Testamento insiste repetidamente en que la fe viene por la Palabra de Dios (Ro. 10:17), no por manipulación psicológica. La iglesia necesita recordar urgentemente que la presencia de Dios no depende: de luces, volumen, atmósferas místicas, ni técnicas emocionales.

La gloria de Dios se manifiesta supremamente mediante: la proclamación fiel de Cristo, la obra del Espíritu Santo, y la obediencia reverente a Su Palabra.

La santidad de Dios y la reverencia en el culto

Detrás de toda la discusión sobre adoración se encuentra una verdad fundamental: Dios es santo. El problema del becerro de oro no fue meramente metodológico; fue una ofensa contra la santidad divina. Israel intentó acercarse a Dios sin someterse plenamente a Su revelación. La iglesia contemporánea enfrenta el mismo peligro cuando la familiaridad excesiva reemplaza el temor reverente. Un culto completamente centrado en la comodidad del hombre inevitablemente reducirá la majestad de Dios.

Como señaló R. C. Sproul: “El problema central de la iglesia moderna es que ha perdido de vista la santidad de Dios”.

Cuando la santidad divina desaparece del centro del culto: la predicación se trivializa, el pecado se minimiza, la reverencia se desvanece, y la adoración se transforma en consumo religioso.

Una exhortación pastoral a la Iglesia

Esta reflexión no debe conducirnos a un espíritu arrogante ni meramente polémico. El objetivo no es despreciar a creyentes sinceros que quizá nunca han sido instruidos cuidadosamente sobre estos asuntos. Muchos cristianos aman genuinamente a Cristo aun en contextos eclesiales deficientes. Es decir, hay hermanos sinceros en dentro del neopentecostalismo que necesitan conocer la verdad.

La verdadera respuesta pastoral no es el orgullo doctrinal, sino el llamado humilde al arrepentimiento y a la reforma continua de la iglesia según las Escrituras. La pregunta central no es: “¿Qué tipo de culto nos gusta?”. Sino: “¿Qué tipo de adoración agrada verdaderamente a Dios?”

Conclusión

El relato del becerro de oro permanece como una advertencia permanente para el pueblo de Dios. La idolatría no siempre consiste en rechazar abiertamente a Dios; muchas veces consiste en intentar adorarlo según nuestras preferencias en lugar de Su voluntad revelada.

La iglesia contemporánea debe examinar cuidadosamente si su adoración: está centrada en la gloria de Dios, gobernada por Su Palabra, y marcada por reverencia y verdad, o si progresivamente ha adoptado formas de espiritualidad moldeadas más por la cultura contemporánea que por las Escrituras.

La necesidad de nuestros días no es una adoración más espectacular, sino una adoración más bíblica; no una iglesia más entretenida, sino una iglesia más santa.

“Dios es espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”
— Juan 4:24

¡Piensa en esto cristiano!