martes, 30 de agosto de 2016

¿POR QUÉ SOY CRISTIANO?




 

1

Buscado y transformado: El encuentro personal que define mi fe

 

Es verdad que muchos dirán que nací y crecí en un hogar donde, cada domingo, mi padre se esforzaba para que participáramos de la reunión dominical de la iglesia. Desde entonces, no he dado marcha atrás. Sin embargo, estas son solo las circunstancias de mi origen, mi familia y mi crianza. Sin duda, han influido en mis principios y valores, pero no son la razón última de por qué soy cristiano.

Soy cristiano porque Dios me buscó incansablemente, incluso cuando yo tenía otros planes y caminos en mente, como cualquier persona en este mundo. Su amor no permitió que siguiera mi propio rumbo sin antes encontrarme con Él. Fue Dios quien, en su infinita misericordia, transformó mi camino a su manera y para su propósito.

Si no hubiera sido por su búsqueda persistente y su gracia inagotable, manifestada a través de Aquel que entregó su vida en la cruz, hoy estaría perdido, viviendo una existencia vacía y sin sentido. Mi vida, como tantas otras, habría sido malgastada, arrastrada por la desesperanza y sin un propósito verdadero.

Pero Dios no lo permitió. Su amor me alcanzó, su luz iluminó mi oscuridad y su verdad me dio un nuevo horizonte. No soy cristiano solo por tradición o educación, sino porque he sido rescatado y transformado por el amor de Cristo.

Por eso, hoy vivo para Él, no por obligación, sino por gratitud. Mi fe no es el resultado de mi crianza, sino de un encuentro personal con el Dios que nunca dejó de buscarme. Por eso soy cristiano.

 

 

 

2

 

Alcanzado por la gracia:

La soberana acción de Dios en mi vida

 

Soy cristiano, no porque haya tomado la decisión de seguir a Cristo, sino porque Él, en su amor soberano, se decidió por mí. No fui yo quien lo buscó; fue Él quien, con paciencia inagotable, salió a encontrarme.

Dios habló a mi mente, sembrando preguntas inquietantes: ¿Era Jesús realmente el Mesías prometido o solo un impostor? Su Espíritu susurraba a mi memoria, recordándome a los mártires de los primeros años del cristianismo. Aquellos hombres y mujeres que, con una fe inquebrantable, abrazaron la muerte como su mayor victoria, considerándose dignos de sufrir por Cristo.

Día tras día, Dios despertaba mi conciencia, confrontándome con los deseos oscuros que arrastran a la humanidad. Me mostró mi propio corazón, lleno de anhelos egoístas y aspiraciones vanas. Me reveló la insuficiencia de mis propias fuerzas, el vacío de mi espíritu, que intentaba colmarse con buenas obras para sentirse aprobado, pero que, en lo profundo, reconocía la grandeza de Dios y, al mismo tiempo, su lejanía.

Entonces comprendí que no era yo quien debía alcanzar a Dios, sino que Él ya había venido a mí. No lo amé primero; Él me amó antes de que siquiera pudiera responder. Y lo demostró con el mayor acto de amor: entregándose en la cruz en mi lugar.

Por eso soy cristiano. No porque mi razón o mis méritos me llevaran a Él, sino porque su gracia me alcanzó cuando yo aún estaba perdido.

 

  

 

3

 

Cristo, el puente inquebrantable: De la separación a la reconciliación con Dios

 

Soy cristiano porque, cada día, veo con claridad que los seres humanos están separados de Dios. No necesariamente por declararse ateos; de hecho, la mayoría dice creer en Dios o, al menos, en una fuerza superior que rige el universo. Sin embargo, esa vaga creencia no cierra la brecha que existe entre Dios y nosotros. Siempre sentí esa distancia como un abismo insalvable, una separación real y profunda.

Esta certeza me llevó a preguntarme una y otra vez: ¿Cómo puede el ser humano, pecador y finito, acercarse a un Dios santo y eterno? ¿Existe algún puente entre Dios y el hombre? No encontraba respuesta en la religión ni en el esfuerzo humano. Pero entonces comprendí que Cristo había muerto para convertir mi distanciamiento en reconciliación y que su resurrección transformaba mi derrota en victoria.

La correspondencia entre mi necesidad y la respuesta de Cristo era demasiado precisa para ser una coincidencia. Su llamado se hizo cada vez más claro, más insistente. No pude ignorarlo. ¿Abrí yo la puerta, o fue Él quien la abrió por mí? En cierto sentido, fui yo quien respondió, pero solo porque su amor me buscó primero, haciendo su invitación irresistible.

Por eso soy cristiano. No porque haya encontrado a Dios por mis propios medios, sino porque Él me encontró a mí. No porque mi razón haya construido un puente hacia Él, sino porque Cristo se convirtió en ese puente. Mi fe no es una coincidencia, sino la respuesta a un amor que me llamó cuando aún estaba lejos.

 

 

 

4

 

No por consuelo, sino por verdad: La razón de mi fe en Cristo

 

Soy cristiano porque estoy convencido de que el cristianismo es verdad, o mejor dicho, de que las afirmaciones de Jesucristo son verdaderas. Más de una vez me han dicho condescendientemente: “Qué bien que seas cristiano, seguro te ayuda mucho, porque la religión es un consuelo en estos tiempos difíciles”. Pero esa no es la razón por la que sigo a Cristo. No niego que Él es un gran refugio y fortaleza para mi vida, pero su mensaje no es solo un alivio emocional, sino un desafío radical.

No soy cristiano porque “es bonito”, sino porque es verdad. No tengo un interés particular en defender el cristianismo como sistema o la iglesia como institución. La historia de la iglesia ha sido agridulce, con episodios de heroísmo, pero también de vergüenza. Sin embargo, no me avergüenzo de Cristo, quien es el corazón y la esencia de la fe cristiana.

Jesús fue un crítico valiente de las instituciones, defensor de los pobres y marginados, y amigo de quienes la sociedad despreciaba. Mostró compasión por los rechazados y, a pesar de ser cruelmente atacado, nunca respondió con violencia. Enseñó a sus discípulos a amar a sus enemigos y a vivir según sus palabras.

En Cristo encuentro más que un ideal admirable: veo un modelo digno de imitar. Su vida y mensaje trascienden las barreras del tiempo y continúan desafiando al mundo. No sigo a Cristo porque me resulta cómodo, sino porque su verdad transforma vidas.

Por eso soy cristiano.

 

 

 

5

 

Jesús: La razón y el centro de mi fe

 

Soy cristiano porque el cristianismo no se basa en ideas abstractas ni en principios filosóficos, sino en la persona de Cristo. A diferencia de cualquier líder religioso o fundador de un movimiento humano, Jesús no solo enseñó la verdad, sino que afirmó ser la verdad. Su vida fue un modelo irreprochable, y su identidad, única en la historia.

Jesús dijo[i]: Yo soy el pan de vida, porque solo en Él el alma humana encuentra satisfacción. Declaró: Yo soy la luz del mundo, pues sin Él la humanidad camina en tinieblas. También afirmó: Yo soy el camino, la verdad y la vida, mostrando que solo a través de Él podemos hallar dirección, certeza y plenitud. Su promesa es inigualable: Yo soy la resurrección y la vida, capaz de dar esperanza incluso a quienes están espiritualmente muertos.

Soy cristiano porque Jesús invitó a los cansados y agobiados a encontrar descanso en Él. Ningún otro líder ha centrado la fe de sus seguidores en sí mismo con tal autoridad y verdad. Mientras los sabios y guías del mundo señalan caminos externos, Jesús se presenta como el destino mismo. Dijo: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba”,[ii] porque solo Él puede saciar la sed más profunda del alma.

Jesús no es un líder religioso más; es Dios mismo, ofreciendo su vida para salvarnos. Su invitación no es solo a creer en lo que enseñó, sino a confiar en quién es. No hay otro como Él.

Por eso soy cristiano.

  

 

 

6

 

Jesús: El cumplimiento de las profecías

 

Soy cristiano porque Jesucristo cumplió todas las profecías anunciadas en el Antiguo Testamento, la Biblia Hebrea o Tanaj.

En una ocasión, Jesús, sentado en una sinagoga judía, leyó una porción del profeta Isaías:

 

El Espíritu del Señor está sobre mí,

Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;

Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;

A pregonar libertad a los cautivos,

Y vista a los ciegos;

A poner en libertad a los oprimidos;

 A predicar el año agradable del Señor.[iii]

 

Después de leer, Jesús declaró a sus oyentes que esa profecía acababa de cumplirse en Él. Con estas palabras, afirmaba que era el Ungido anunciado por el profeta Isaías.

Soy cristiano porque Cristo es el cumplimiento de las Escrituras. En otra ocasión, dijo claramente que el Tanaj daba testimonio de Él: Las Escrituras son las que dan testimonio de mí.[iv] También habló de Abraham, quien se alegró al pensar que vería el día del Mesías.[v]

Tras su resurrección, Jesús reafirmó su identidad mesiánica al decir que todo lo escrito acerca de Él en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos debía cumplirse.[vi]

Soy cristiano porque Jesús es el Siervo Sufriente de Isaías, el que fue despreciado y desechado por los hombres, el que cargó con el pecado de muchos.[vii]

No sigo a Jesús solo como un profeta, sino como el cumplimiento perfecto de lo que los profetas anunciaron. Por eso soy cristiano.

  

 

7

 

En Cristo descubro quién soy

 

No soy cristiano solo porque el cristianismo explique quién fue Jesús y lo que logró en la cruz, sino porque también me revela quién soy yo. En mi búsqueda de identidad, resuena una antigua pregunta que ya se hizo el salmista: ¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria?.[viii] Al cuestionarme quién soy, entro en una reflexión que ha inquietado a la humanidad por siglos. Desde la filosofía antigua, con la inscripción en el templo de Delfos “Gnothi seauton”[ix] (conócete a ti mismo), hasta la modernidad obsesionada con la identidad, la pregunta sigue vigente.

Soy cristiano porque en Cristo encuentro la respuesta a esta búsqueda. La cruz no solo revela quién es Dios, sino también quién es el ser humano. La filosofía ha intentado definirnos de múltiples maneras: desde la visión optimista del humanismo, que exalta nuestra grandeza, hasta el pesimismo extremo de los cínicos, que reducen nuestra existencia a un sinsentido. Sin embargo, la Biblia mantiene un realismo radical: nos muestra tanto la gloria como la miseria de nuestra condición.

Fui creado a imagen de Dios, dotado de dignidad y propósito, pero esa imagen ha sido corrompida por el pecado. Jesús mismo nos confrontó con esta realidad cuando declaró que del corazón humano proceden los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad.[x] No es el entorno el que nos hace malos, sino nuestra propia naturaleza caída.

Cristo, en la cruz, dejó en evidencia nuestra verdadera condición. Somos egocéntricos por naturaleza, y este egoísmo es la raíz de todos los males. No es la educación, la cultura o el progreso lo que nos corrompe, sino lo que ya está en nuestro interior. Esta revelación, lejos de ser un simple diagnóstico pesimista, es la clave para comprender nuestra doble necesidad: limpieza y renovación.

Ser cristiano no es solo aceptar una doctrina, sino experimentar una transformación profunda. Necesito ser limpiado de mi corrupción y, al mismo tiempo, recibir un corazón nuevo con aspiraciones y deseos renovados. En el evangelio encuentro ambas cosas: Cristo murió para limpiarme y resucitó para darme una vida nueva.

Esta es la aplicación lógica del evangelio a la paradoja de mi humanidad. No soy simplemente el producto de mis circunstancias ni el resultado de mi propio esfuerzo. Soy alguien que ha sido redimido por la gracia de Dios, restaurado a su propósito original y llamado a reflejar su gloria.

Por eso soy cristiano. No por tradición, comodidad o simple creencia, sino porque en Cristo encuentro mi verdadera identidad y el único camino hacia la plenitud.

 

  

 

8

 

Cristo, la llave de la verdadera libertad

 

Soy cristiano porque he encontrado en Jesús, el Mesías, la llave de la verdadera libertad. La humanidad ha buscado la libertad desde tiempos antiguos, y aún hoy sigue siendo una obsesión universal. El novelista inglés John Fowles, cuando le preguntaron si había un tema recurrente en sus libros, respondió sin dudar: “Libertad… desearía conseguir libertad, eso me obsesiona”[xi].

A lo largo de la historia, distintas civilizaciones han luchado por diferentes tipos de libertad: independencia nacional, emancipación de sistemas opresivos, derechos civiles, libertad financiera o incluso la liberación del hambre y la pobreza. Sin embargo, muchos, aun consiguiendo estos anhelos, siguen sintiéndose prisioneros de algo más profundo. La mayor esclavitud no es externa, sino interna.

Jesús vino a proclamar una libertad más radical: la del alma. A su audiencia judía les dijo: “si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.[xii] Y el apóstol Pablo afirmó que Cristo nos libertó para que vivamos en libertad.[xiii] Yo puedo decir lo mismo. En Cristo he sido liberado del pecado y de la condenación eterna. Puede parecer un mensaje religioso o un discurso evangélico, pero es la realidad del evangelio.

Si lo queremos decir en términos sencillos, soy cristiano porque he sido libre en Jesús. Libre de la culpa, del juicio de Dios y del peso de mi propio egocentrismo. Y sé que, en el futuro, seré completamente libre de todo temor y aflicción.

Por eso soy cristiano. Porque en Cristo no solo encontré una creencia, sino la verdadera libertad.

  

 

9

 

Cristo, la respuesta a las aspiraciones del alma

 

Soy cristiano porque en Cristo se cumplen todas y cada una de mis aspiraciones como ser humano. A lo largo de la historia, los seres humanos han buscado incansablemente aquello que les brinde plenitud. Tienen deseos profundos, aspiraciones inquebrantables y una sed de significado que no puede ser saciada con logros materiales, éxito o reconocimiento. Estoy convencido de que solo Jesús, el Mesías, puede satisfacer completamente estas necesidades, y millones de cristianos alrededor del mundo pueden dar testimonio de ello.

En el corazón de cada persona hay un hambre que nada ni nadie puede saciar, excepto Cristo. Hay una sed que solo Él puede calmar. Existe un vacío interior que ninguna riqueza, relación o experiencia puede llenar, sino únicamente Su presencia. No se trata de un capricho religioso ni de una búsqueda emocional sin fundamento, sino de la realidad de nuestra naturaleza. Somos seres espirituales con un anhelo innato de Dios, y en Cristo encontramos la respuesta.

Algunos argumentan que la fe en Jesús es solo una muleta para los débiles, un refugio para quienes no pueden enfrentar la vida por sí mismos. A ellos les doy la razón: Jesús es, sin duda, una muleta para los cojos, pero no solo para unos cuantos, sino para toda la humanidad. Él es medicina para los enfermos espirituales, pan para los hambrientos y agua para los sedientos. La diferencia entre los cristianos y quienes rechazan esta verdad no es que unos sean más débiles que otros, sino que los cristianos hemos reconocido nuestra necesidad. El resto, ya sea por ignorancia o por orgullo, sigue buscando fuera lo que solo Dios puede dar.

No soy cristiano porque Cristo sea una invención de mi mente, sino porque es una realidad incuestionable. Nadie imagina la comida solo porque siente hambre; la existencia del hambre prueba que hay alimento. Nadie imagina el amor simplemente porque anhela ser amado; el amor existe y es experimentado. De la misma manera, el deseo del alma de hallar sentido, pertenencia y plenitud no es un delirio, sino la prueba de que fuimos creados para Dios.

No podemos ignorar la realidad de Cristo como la única respuesta a nuestras aspiraciones más profundas. Dios ha establecido esta verdad de manera clara y evidente. Por eso soy cristiano: porque el vacío que alguna vez hubo en mi corazón ha sido llenado por Él. Mi nostalgia de por vida, el anhelo de reunirme con alguien más grande que yo en el universo, ese deseo de pertenecer al "interior de una puerta" que siempre miré desde afuera, no son ilusiones ni deseos neuróticos, sino el más claro indicio de nuestra verdadera condición.

Cristo es la única respuesta, el único remedio. En Él encuentro la plenitud que el mundo promete, pero jamás puede dar. Por eso soy cristiano.

 

 

 

10

 

Cristo y la plenitud de la verdadera humanidad

 

Soy cristiano porque en Cristo encuentro la plenitud de la vida como ser humano. Lejos de ser una limitación, el cristianismo me ha permitido comprender lo que realmente significa ser humano en toda su esencia. Ser cristiano no es asumir una identidad ajena a nuestra naturaleza ni vivir en excentricidad perpetua; al contrario, es alcanzar la verdadera humanidad en su máxima expresión. Todo lo esencialmente divino se encuentra en Cristo, y todo lo esencialmente humano se revela en aquellos que están en Él.

Rechazar a Cristo es perder la oportunidad de vivir en plenitud, es reducir la existencia a una versión disminuida de lo que fuimos creados para ser. Sin Cristo, el ser humano se convierte en una sombra de sí mismo, alguien que busca sentido en lo efímero, sin experimentar la verdadera esencia de la vida. La Biblia lo expresa con una frase sencilla pero contundente: “No solo de pan vivirá el hombre”. Esta declaración desarma cualquier pensamiento humanista que intente explicar la existencia únicamente desde lo material. Somos más que cuerpos que necesitan alimento; somos seres espirituales con una necesidad innata de Dios y de trascendencia.

Esto me recuerda al pensador Theodore Roszak, quien, sin ser cristiano, hizo afirmaciones sorprendentes sobre la sociedad moderna. En su libro Donde Acaba la Tierra Baldía, con el subtítulo Política y Trascendencia de una Sociedad Post-Industrial, Roszak lamenta lo que él llama la “coca-colonización del mundo”. Según él,[xiv] la civilización contemporánea sufre una “claustrofobia psíquica dentro de la visión científica del mundo”, un entorno en el que el espíritu humano no puede respirar. Describe la arrogancia del hombre moderno, que con su “espíritu desacreditador” pretende “deshacer misterios”, reduciendo la existencia a una ecuación sin alma.

La autosuficiencia del ser humano lo aleja de Dios, pues en su afán de controlar y definirlo todo, pierde la capacidad de asombro y conexión con lo eterno. Pero la realidad es que fuera de Dios no hay trascendencia genuina, solo una sucesión de intentos fallidos por encontrar significado en lo pasajero. Las aspiraciones más profundas del hombre, su anhelo de propósito y sentido, encuentran eco en las palabras de Jesús:


“No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

 

Dios me da trascendencia. Él me muestra que la vida no se trata solo de sobrevivir o acumular éxitos efímeros, sino de vivir con propósito eterno. La ciencia, la filosofía y los logros humanos pueden ofrecer conocimiento y progreso, pero jamás pueden llenar el vacío del alma. Solo en Cristo encuentro la respuesta a mi necesidad más profunda: la de ser completamente humano, en comunión con mi Creador.

Por eso soy cristiano. Porque en Cristo encuentro la plenitud de la vida, la verdadera humanidad y la trascendencia que mi alma anhela.

 

 

 

11

 

Cristo, el Salvador que libera de la culpa

 

Soy cristiano porque Cristo es el Salvador de la culpa del pecado y del juicio de Dios. No podemos negarlo: somos pecadores culpables y nuestra conciencia nos lo recuerda constantemente. A diferencia de lo que enseñó Freud—quien, aunque desarrolló el psicoanálisis, erró en este punto—, la culpa no es simplemente un síntoma patológico o un trastorno mental. Excluyendo los casos de enfermedades depresivas, la culpa no es una ilusión ni una carga innecesaria.

Cada vez más psicólogos y psiquiatras, incluso sin ser cristianos, reconocen que debemos asumir nuestra responsabilidad. Si no lo hacemos, la culpa permanecerá dentro de nosotros, atormentándonos. Cristo nos salva de esta carga, ofreciendo el perdón que tanto necesitamos.

Margarita Laski[xv], una de las novelistas ateas más reconocidas de Inglaterra, confesó poco antes de su muerte en 1998: “Lo que más os envidio a los cristianos es vuestro perdón; yo no tengo a nadie para perdonarme”. Esta declaración refleja la profunda necesidad humana de redención. Sin embargo, en Cristo encontramos la respuesta. La Biblia lo dice con sencillez y verdad: “Pero en ti hay perdón”.[xvi]

Soy cristiano porque Cristo, al hacerse hombre y morir en la cruz en mi lugar, pagó con amor sacrificial el precio de mi pecado y me concedió el perdón. Debería tener un corazón de piedra para no conmoverme ante semejante amor. No solo soy cristiano por la libertad que Cristo me ofrece, sino porque su perdón está disponible para todos. Nadie necesita vivir en culpa cuando la gracia de Dios es una oferta abierta.

 

 


12

 

Cristo, la luz que vence el miedo

 

Soy cristiano porque en Cristo encuentro libertad de todos los miedos que me agobian. Desde tiempos antiguos, la humanidad ha vivido paralizada por el temor. Creían que fuerzas invisibles gobernaban sus vidas y destinos. Hoy no es diferente; muchas personas siguen atrapadas en el miedo: a la enfermedad, el dolor, la discapacidad, el fracaso financiero, el desempleo y, sobre todo, a la muerte.

Existen temores irracionales y supersticiosos. Aún en sociedades avanzadas, la gente sigue cruzando los dedos, tocando madera o evitando el número trece. En África Occidental, muchos llevan amuletos, mientras que en Gran Bretaña, quienes leen el horóscopo duplican a los que leen la Biblia. El miedo a la muerte sigue siendo el mayor de todos. Woody Allen lo ha convertido en una obsesión y bromea diciendo: "No es que me asuste morir, simplemente no quiero estar presente cuando suceda".[xvii]

Sin embargo, la realidad es clara: “nadie que tiene miedo es libre”. Cristo vino precisamente a darnos libertad. En la cruz del Calvario, Él llevó nuestros miedos, destruyendo el poder que ejercen sobre nosotros. Por eso soy cristiano.

He aprendido que el miedo crece como los hongos: prospera en la oscuridad. La única manera de vencerlo es exponerlo a la luz. ¿Cuál luz? Jesús mismo dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.[xviii]

Por eso soy cristiano: porque en Dios no hay tinieblas, solo luz y verdad. En Él, el miedo pierde su poder y la paz toma su lugar.

 

 


13

 

La libertad de ser quien fui creado para ser

 

Soy cristiano porque Cristo me permite ser verdaderamente yo mismo.

Fui creado por Dios con un propósito y un diseño único. Desde el principio, Él estableció el modelo perfecto para que el ser humano viva plenamente realizado. Fuimos hechos a su imagen y semejanza,[xix] lo que significa que nuestra identidad y nuestra verdadera libertad solo pueden encontrarse en Él.

La libertad genuina no consiste en hacer lo que queramos sin límites, sino en vivir de acuerdo con el propósito para el cual fuimos creados. Si Dios es nuestro Creador, Él sabe mejor que nadie cómo debemos vivir para experimentar plenitud. ¿Es Dios libre de hacer lo que quiera? Sí, pero su libertad es perfecta y está en armonía con su carácter. Dios nunca hará nada que contradiga sus atributos: no puede mentir, pecar, tentar ni ser tentado. Su libertad no es absoluta, pero sí perfecta.

Por eso soy cristiano: porque Dios me ha dado una libertad que, aunque no es absoluta, sí es perfecta y me conviene. La libertad absoluta llevaría al caos, pero la libertad dentro del propósito de Dios me permite ser plenamente humano.

Pensemos en un pez: fue diseñado para vivir y moverse en el agua. Sus agallas absorben oxígeno del agua, y sus aletas le permiten desplazarse con facilidad. Su libertad y su realización están en ese ambiente. Imaginemos que un pez en un acuario se siente atrapado y, en un intento por obtener más libertad, salta fuera del agua. Si cae en un estanque más grande, ampliará su espacio, pero si cae en tierra firme, encontrará la muerte. Su libertad no está en hacer lo que quiera, sino en permanecer en el elemento para el que fue creado.

De la misma manera, los seres humanos fuimos creados para vivir en el amor: amar a Dios y amar al prójimo. Ese es el elemento en el que encontramos nuestra realización y propósito. Cuando vivimos fuera del amor, nos privamos de nuestra verdadera naturaleza y terminamos destruyéndonos a nosotros mismos.

El poeta del siglo XVI Robert Southwell[xx] expresó esta verdad de manera sublime: “No cuando respiro, sino cuando amo, es que vivo”. No es la mera existencia lo que nos define, sino la capacidad de amar. La verdadera libertad es aquella que nos permite ser quienes fuimos diseñados para ser: reflejos del amor de Dios en el mundo. Por eso la Biblia dice:

 

Si no tengo amor, nada soy. Y si reparto todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entrego mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, es bondadoso. No tiene envidia, no presume, no se engríe. No se comporta con rudeza, no busca su propio interés, no se irrita ni guarda rencor. Todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.[xxi]

 

El amor es mi libertad. Por eso soy cristiano.

 

 

 

14

 

Cristo en un mundo de opciones: ¿Qué me conviene elegir?

 

Hoy, una simple búsqueda en Google, un recorrido por redes sociales o un vistazo a páginas como NatGeo o History Channel basta para evidenciar la gran diversidad de religiones en el mundo. Además, los avances en comunicación y transporte nos han hecho más conscientes de la existencia de innumerables movimientos activistas que defienden sus causas, basadas en sus creencias y prácticas. Algunos son más moralistas, otros más ideológicos, pero todos buscan captar nuestra atención.

Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿Cómo decidir entre tantas opciones? Nos encontramos en medio de una nueva Torre de Babel, donde múltiples voces compiten por ser escuchadas. En esta era del pluralismo religioso, parece que tenemos ante nosotros un extenso buffet de creencias. ¿Cuál elegir?

Muchos dicen que todas las religiones llevan a Dios. Después de todo, ¿no es Dios amor? ¿No perdonará y salvará a todos? Sin embargo, en este panorama tan diverso, me sigo preguntando: ¿Por qué soy cristiano? La respuesta es clara. Todas las religiones hablan de paz, pero solo Jesús dijo:

 

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.[xxii]

 

Todas las religiones establecen reglas, preceptos y sistemas de vida basados en abstenciones y sacrificios con el fin de alcanzar un nivel superior. Pero solo Jesús trajo un mandamiento revolucionario:

 

Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.[xxiii]

 

Por eso soy cristiano.

 

  

15

 

Cristianismo en un mundo de opciones:

La razón de mi fe

 

Soy cristiano porque, cuando se trata de la eternidad, Jesús hizo todo para que yo esté con Él. A diferencia de lo que muchos creen, su propósito no era establecer una religión llena de normas y rituales. Su llamado no fue a seguir un sistema, sino a tener una relación personal con Él.

En el hinduismo, la redención se busca a través de rituales y homenajes a numerosos dioses. Con más de cuatro mil ídolos, los hindúes creen que la liberación del ciclo de la vida y la muerte se obtiene mediante la devoción a la diosa Ganga[xxiv] y los baños en el río Ganges. En el islam, el Corán prescribe oraciones obligatorias en horarios específicos, con procedimientos detallados y bajo condiciones estrictas para honrar a Alá. El budismo establece el óctuple sendero, un conjunto de prácticas que incluyen la visión correcta, la meditación y la acción correcta, como el medio para alcanzar el nirvana, la liberación del sufrimiento y el deseo.[xxv]

Los sijes[xxvi] de la India también siguen normas estrictas: los hombres deben llevar turbantes y nunca cortarse el cabello, mientras que tanto hombres como mujeres deben cubrirse la cabeza y venerar sus escrituras sagradas. Para ellos, la salvación se encuentra en compartir comida y en la observancia de estas reglas.

Si bien todas estas religiones difieren en sus creencias, tienen algo en común: maestros que establecen normas, rituales y caminos para alcanzar la salvación, según su propia interpretación de lo que significa ser salvo. En cada una de ellas, el esfuerzo humano es clave; la salvación depende de lo que el hombre haga para acercarse a Dios o a sus dioses.

El cristianismo es radicalmente diferente. Cuando Jesús apareció en la historia, no vino con un conjunto de reglas que debíamos seguir para llegar a Dios. No dijo: Observen estas normas específicas, realicen estos rituales, sigan este camino para obtener salvación. En lugar de eso, su llamado fue simple y profundo: Síganme.

 

A Pedro: Y dicho esto, añadió: Sígueme.[xxvii]

A Mateo: Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.[xxviii]

Al joven rico: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres... y ven, sígueme.[xxix]

A otro discípulo que pidió enterrar a su padre: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.[xxx]

 

Esa es la esencia del cristianismo. No se trata de lo que yo pueda hacer para alcanzar a Dios, sino de lo que Dios hizo para alcanzarme a mí. Jesús no vino a darnos una lista de requisitos religiosos; vino a ofrecernos vida en abundancia.

Las religiones ofrecen realización, iluminación, métodos para alcanzar un estado espiritual más alto. Pero Jesús no es solo un maestro de moral o un guía espiritual. Él es el descanso de mi alma, el gozo de mi corazón y el propósito de mi existencia. En Él encuentro sentido, dirección y la seguridad de que mi destino eterno no depende de mis esfuerzos, sino de su gracia.

Por eso soy cristiano.

 

 

 

16

 

Soy cristiano porque Dios me buscó primero

 

Soy cristiano, no porque un día decidí buscar a Dios, sino porque Él me buscó primero. La verdad es que yo era incapaz de encontrarlo por mis propios medios, pero su amor me alcanzó. No me convertí en hijo de Dios por iniciativa propia; fue Él quien, en su gracia, me ofreció salvación. Antes de que yo naciera, Dios ya había trazado un plan para adoptarme. Cuando aún estaba perdido en mi pecado, Él preparaba mi redención.

Comprendí que la única manera de ser parte de la familia de Dios es por su amor incondicional, un amor que trasciende mi comprensión y que está completamente fuera de mi control. Mi cristianismo no se basa en que yo busqué a Cristo, sino en que Él me buscó a mí. No fue una decisión que partiera de mí, sino una invitación que vino de Él. Jesús no me llamó por lo que soy, sino a pesar de lo que soy, porque en mí no había méritos ni cualidades suficientes.

Por eso soy cristiano, porque Dios diseñó un plan desde la eternidad para salvarme por su gracia. La Biblia lo confirma cuando dice: Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.[xxxi]

Saber que Dios puso sus ojos en mí antes de crear el sol, la luna y las estrellas es una verdad sobrecogedora. Por eso soy cristiano.

 

 

 

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Llamado por Dios: La soberanía divina en mi fe

 

Podemos conocer la voluntad revelada de Dios, aquella que nos muestra en su Palabra, pero su voluntad secreta, la que siempre se cumple sin falta, nos es desconocida. Esta verdad la he comprobado en mi propia experiencia.

Llegué al cristianismo por una invitación, la misma que encontré en las palabras de Jesús, el Mesías:

"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mateo 11:28).

Buscando alivio, acepté esa invitación y me acerqué a Él. Sin embargo, con el tiempo, al madurar en la fe y profundizar en la Biblia, descubrí otra declaración de Jesús que transformó mi entendimiento:

"Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero" (Juan 6:44).

En un principio, creía que había sido mi decisión acudir a Cristo en busca de descanso. Pero al conocer más las Escrituras, comprendí que, en realidad, fue Dios quien me atrajo hacia Jesús. No llegué a Él por mi propia voluntad, sino porque el Padre ya había obrado en mi corazón para llevarme a su Hijo.

¡Qué asombroso es esto! No fui yo quien dio el primer paso; fue Dios quien, en su amor y soberanía, me buscó y me llevó a Cristo.

Por eso soy cristiano.


 

18

 

Jesucristo, la llave de mi verdadera libertad

 

Jesús, el Mesías, es la llave de mi libertad. Muchos buscan libertad financiera, derechos civiles o la liberación de la pobreza y el desempleo. Sin embargo, he observado que, aunque luchan por estas causas, en el fondo siguen sintiéndose atrapados, frustrados e insatisfechos. Descubrí en la Biblia una verdad que transformó mi vida:

"Si el Hijo (Jesucristo) os libertare, seréis verdaderamente libres." (Juan 8:36).

“Libertad” es una palabra cristiana, una actualización del concepto de salvación. Ser salvado por Jesús significa ser hecho verdaderamente libre. Sin embargo, hablar de salvación nos confronta con la realidad del pecado, un tema que muchos prefieren evitar. No es un concepto obsoleto ni irrelevante; al contrario, es la clave para entender la verdadera libertad.

Soy cristiano porque he sido liberado del castigo que merecía por mi pecado, gracias a un Salvador que murió en la cruz hace más de dos mil años. Soy cristiano porque cada día experimento la liberación del poder del pecado, por medio de un Salvador que está vivo. Y soy cristiano porque, en el futuro, seré completamente liberado del pecado, por un Salvador que regresará. Ese Salvador es Jesucristo.

He sido liberado de la culpa y del juicio de Dios. Estoy siendo liberado del egocentrismo que me esclaviza. Y seré liberado de todo temor respecto al futuro.

Por eso soy cristiano.

 

  

 

19

Volviendo al Evangelio puro de Cristo

 

Soy cristiano evangélico por la misma razón que llevó al reformador Martín Lutero a oponerse a la Iglesia Católica Romana: la corrupción y la distorsión del verdadero evangelio de Cristo. En aquella época, la Iglesia se enriquecía a costa de la ignorancia del pueblo, vendiendo el supuesto "perdón anticipado" a través de indulgencias.

Lutero se levantó contra Johann Tetzel, un monje dominico famoso por su papel en la venta de indulgencias. Tetzel había sido comisionado por el arzobispo Alberto de Brandeburgo para vender indulgencias en varias regiones de Alemania con el propósito de recaudar fondos para la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma. La idea era simple, pero perversa: hacer creer a la gente que podían comprar con dinero el perdón de sus pecados pasados, presentes y futuros. Esto no solo era un engaño flagrante, sino una ofensa directa al sacrificio de Jesús en la cruz, quien murió precisamente para concedernos el perdón gratuitamente por gracia.

Este abuso no era nuevo. Ya en 1450, Tomás Gascoigne, rector de la Universidad de Oxford, denunciaba a los vendedores de indulgencias, afirmando que se movían por los pueblos vendiendo "cartas de perdón" a cambio de dos peniques, un vaso de cerveza o incluso favores carnales. La Iglesia de aquella época se había alejado tanto de la verdad que no se distinguía de lo mundano. La apostasía se había institucionalizado y era necesaria una reforma profunda.

Por esta razón soy cristiano evangélico. Creo que la salvación del hombre no depende de obras, dinero ni de favores ofrecidos a una institución religiosa, sino que es un regalo de Dios, recibido únicamente por gracia y solo por la fe en Jesús el Mesías. No hay nada que podamos hacer para comprar o merecer la salvación; Cristo ya pagó el precio con su sangre.

Soy cristiano evangélico porque reconozco que la Biblia es la única autoridad para el creyente. No necesitamos la tradición humana ni la interpretación particular de un magisterio para conocer la verdad de Dios. La Escritura es suficiente, clara y poderosa para guiarnos en la fe y la vida cristiana. En ella aprendemos que solo debemos adorar a Dios y darle toda la gloria a Él, sin venerar imágenes, santos ni ninguna otra figura.

La Reforma Protestante no solo fue un movimiento contra los abusos de la Iglesia Católica de aquel tiempo, sino una restauración del evangelio puro de Cristo. Los reformadores no querían crear una nueva religión, sino volver a la esencia de la fe bíblica, centrada en Cristo y en la gracia de Dios.

Hoy, sigo defendiendo esas mismas verdades. No porque sean parte de una tradición evangélica, sino porque están fundamentadas en la Palabra de Dios. Mi fe no depende de dogmas impuestos por hombres, sino de la certeza de que en Cristo tengo plena libertad, perdón y vida eterna.

Por eso soy cristiano evangélico.

 

 

 

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Cristiano por gracia:

No por mérito, no por sabiduría, sino por Dios

 

¿Soy acaso más inteligente que un incrédulo? No. ¿Poseía un corazón inclinado naturalmente hacia Dios? No. ¿Entiendo las verdades de la Biblia porque soy más sabio que otros? No. ¿Pertenezco a una casta especial dentro de la sociedad que me haga merecedor de la fe cristiana? No. ¿Tenía los recursos suficientes para "comprar" mi fe? No. ¿Soy un iluminado místico que percibe las buenas vibras del cristianismo? No. ¿El hecho de que mi padre me haya enseñado las Escrituras desde pequeño me hizo más entendido y, por ello, abracé el cristianismo? No.

Entonces, ¿por qué soy cristiano?

No es por mérito propio, ni por alguna cualidad sobresaliente en mí. No es porque haya buscado a Dios con un corazón sincero o porque mi intelecto me haya llevado a la verdad. La realidad es que yo estaba muerto espiritualmente, completamente incapaz de acercarme a Dios por mi propia voluntad. Era como un cadáver sumergido en el fondo del océano, sin posibilidad de rescate por sus propios medios. No podía hacer nada para salvarme.

Soy cristiano por una sola razón: la gracia de Dios.

¿Qué es la gracia? Es el favor inmerecido de Dios, el medio por el cual Él decidió salvarme. No se puede conocer a Dios a través de la sabiduría humana; de hecho, la autosuficiencia intelectual aleja al hombre de Dios. En su sabiduría, Dios escogió salvarnos mediante un mensaje que el mundo considera una locura: la predicación de Cristo crucificado.

El apóstol Pablo lo explicó claramente a los cristianos de Corinto:

"Por cuanto en la sabiduría de Dios, el mundo dejó de conocer a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por medio de la necedad de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles, necedad; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres" (1 Cor. 1:21-25).

El mundo no comprende esto. Para muchos, la idea de un Mesías crucificado es un absurdo. ¿Cómo puede la salvación depender de alguien que murió en una cruz? Sin embargo, para aquellos a quienes Dios ha llamado, Cristo crucificado es poder y sabiduría divina.

No hay mérito en mí. No fui yo quien eligió a Dios; fue Dios quien me eligió y me llamó por su gracia. No lo merecía, pero su amor me alcanzó.

Por eso, lo único que puedo hacer es vivir en gratitud. Soy cristiano porque Dios, en su infinita misericordia, me hizo nacer de nuevo por su propia voluntad mediante la predicación de la Palabra de verdad.

Por eso soy cristiano.

 

  

 

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Persecución, dolor y esperanza:

Por qué sigo siendo cristiano

 

Vivimos tiempos turbulentos, sin duda alguna. Basta con mirar a nuestro alrededor para ver caos, violencia y sufrimiento. Recientemente, alguien me preguntó: “¿Cómo puedes seguir creyendo en un Dios que no hace nada para frenar tanta maldad en el mundo?” y “¿Cómo puedes seguir siendo cristiano, cuando es evidente que la humanidad hace lo que quiere, sin consecuencias?”.

Son preguntas difíciles. Quién no se las ha hecho en algún momento. Pero en lugar de debilitar mi fe, me llevan a recordar las palabras de Jesús el Mesías:

En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, Yo he vencido al mundo.[xxxii]

Jesús mismo nos advirtió que entre su Primera y Segunda Venida la humanidad se sumergiría en calamidades. Nos dijo que habría guerras, que nación se levantaría contra nación, que sus seguidores serían perseguidos y asesinados por su fe, y que serían aborrecidos por todas las naciones.

Esto no es una teoría; es una realidad que ha marcado la historia. Un ejemplo de ello ocurrió el 2 de abril de 2015, cuando 147 cristianos fueron masacrados en Kenia. Sin embargo, la prensa mundial apenas cubrió la noticia. Matar cristianos no es un titular de impacto; nunca lo ha sido. Desde que el anticristo Nerón culpó a los cristianos del incendio de Roma, la persecución ha sido una constante.

A lo largo de los siglos, la fe cristiana ha sido ridiculizada, sus seguidores han sido marginados, encarcelados e incluso asesinados. Pero nada de esto ha logrado extinguir la llama del evangelio. No lo hizo el Imperio Romano, ni lo lograron regímenes totalitarios, ni lo conseguirá la indiferencia moderna.

A pesar de las preguntas sin respuesta, a pesar del dolor de la soledad, de los fracasos, de las burlas y difamaciones, sigo siendo cristiano. ¿Por qué?

Porque mi fe no depende de las circunstancias actuales, sino de la promesa de redención futura. No creo en Cristo porque todo me vaya bien, ni porque mi vida sea fácil. Creo en Cristo porque Él venció al mundo, y en su victoria encuentro mi esperanza.

La Biblia no promete una vida sin sufrimiento. Al contrario, nos dice que nuestra fe será probada como el oro en el fuego. Pedro lo expresó de manera hermosa:

"Ahora, por un poco de tiempo, si es necesario, estáis siendo afligidos por diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro (el cual, aunque perecedero, es probado por fuego), sea hallada en alabanza, gloria y honra en la revelación de Jesús el Mesías. A quien amáis sin haberlo visto, en quien, aunque ahora no lo veáis, creéis y os alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo el fin de vuestra fe: la salvación de vuestras almas" (1 Pe 1:6-9).

Por eso sigo siendo cristiano. Porque mi fe no se basa en lo que veo, sino en lo que Dios ha prometido. Porque sé que mi esperanza no está en este mundo, sino en Cristo, el único que ha vencido.

¡Por eso sigo siendo cristiano!

 

  

 

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El amor que cautivó mi corazón:

Otra razón de mi fe

 

Amo la música, especialmente la instrumental. Disfruto de aquellas melodías profundas que transmiten emoción y significado. Pero lo que más me cautiva es cuando la música está ligada a un gran acontecimiento, cuando tiene una historia que contar. Es por eso por lo que me deleito con los himnos de Charles Wesley y con las composiciones de Gloria y William J. Gaither.

No llegué a amarlos de inmediato; su belleza fue conquistándome con el tiempo. Escuchar una y otra vez cada nota, cada armonía, permitió que esta música se arraigara en lo más profundo de mi ser. Así, con cada experiencia, comprendí que esta música no solo me gusta, sino que la deseo escuchar. Para mí, es algo irresistiblemente hermoso.

Esta experiencia con la música me ha llevado a entender mi relación con Dios de una manera similar. Su amor, como una melodía sublime, ha resonado en mi alma hasta que no he podido resistirme. Al igual que con los himnos que han tocado mi corazón, primero experimenté su amor y luego lo amé. Por eso soy cristiano.

No me convertí en cristiano por una decisión fría y racional, sino porque su gloria y su belleza me cautivaron de una manera irresistible. No hay nada en este mundo que pueda compararse con su amor. Él me atrajo, y yo respondí con adoración y entrega.

Muchos desconocen la razón de su existencia y buscan identidad en todo menos en su Creador. Pero la verdad es que el propósito principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre. Solo cuando entendemos esto encontramos sentido a nuestra vida. Soy cristiano porque en la adoración a Dios y en la obediencia a su voluntad encuentro gozo profundo y pleno.

Ser cristiano no es una decisión diaria que tomo cada mañana. No me despierto y digo: "Hoy decido ser cristiano." No, porque desde el momento en que Él cautivó mi corazón, simplemente no he dejado de amarlo.

Fue Él quien me amó primero, y yo solo he respondido a ese amor irresistible. Mi fe no es un mero compromiso intelectual ni una obligación moral, sino el resultado de haber sido profundamente transformado por su amor.

El amor a Dios no es simplemente cuestión de pensamientos o comportamiento; es un afecto genuino, un deleite supremo. No se trata solo de conocer su verdad, sino de amarla. No se trata solo de hacer lo correcto, sino de disfrutar su presencia:

 

No es solo idea o acción, 

el amor a Dios es pasión.
No es solo obra o pensamiento, 

es un gozo en el alma dentro.

Él es mi supremo anhelo, 

mi deleite y mi consuelo.
Más que todo en esta vida, 

su presencia es mi alegría.

Conocerlo es mi deseo, 

ver su luz en el sendero,
estar con Él, seguir su amor, 

ser como Él, mi gran honor.

Pues amar a Dios no es razón, 

es afecto en el corazón.
No es dictado de la mente, 

es un fuego vivo y ardiente.

 

Por eso soy cristiano. Porque no hay nada más hermoso que conocer, amar y deleitarse en Dios.

 

  

 

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Fe y razón: La evidencia que sostiene mi creencia

 

Se nos acusa con frecuencia de que el cristianismo se basa en una "fe ciega", una creencia irracional que no necesita comprobarse. Algunos incluso afirman que creemos "sin pensar". Sin embargo, esta es una acusación infundada. Los cristianos sí pensamos, y nuestra fe no es un salto al vacío, sino una confianza basada en evidencia.

A menudo se citan las palabras de Jesús a Tomás: "Porque me has visto, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron". Muchos interpretan esta declaración como una invitación a creer sin pruebas, pero esa no es la intención del mensaje. Jesús no pidió a sus discípulos que creyeran sin razón. Al contrario, les dio pruebas tangibles de su resurrección, permitiéndoles verlo, tocarlo y escuchar su voz. Su resurrección no fue un mito inventado, sino un acontecimiento confirmado por numerosos testigos oculares.

¿Es racional creer en base al testimonio humano? Sí, lo es. De hecho, la historia y la ciencia dependen en gran medida de los registros y testimonios de quienes han presenciado los hechos. Creo en Jesús y en la verdad del cristianismo no por un acto de fe irracional, sino porque hay una base sólida de evidencias que respaldan los relatos de los testigos que lo vieron, caminaron con Él y escribieron sobre Él.

Curiosamente, nadie duda de la existencia de Homero, ni de la autenticidad de sus obras La Ilíada y La Odisea. Aunque se acepta sin discusión que fueron escritas en la antigüedad, las copias más antiguas que poseemos datan del siglo V d.C., y apenas hay unas 650 copias en total. Lo mismo ocurre con Platón: aunque vivió en el siglo V a.C., las copias más antiguas de sus escritos no son anteriores al siglo X d.C., y la cantidad de copias es mínima en comparación con otros textos antiguos. A pesar de ello, nadie cuestiona la existencia de Platón ni la autenticidad de su pensamiento.

Por otro lado, en el caso de los escritos sobre Jesús, contamos con una cantidad abrumadora de evidencias. Los documentos que narran su vida y ministerio fueron escritos por testigos oculares antes del año 70 d.C. y se han preservado en cerca de 5,600 copias en griego, sin contar otras traducciones en siríaco, armenio, copto y otros idiomas antiguos. Entre los manuscritos más antiguos destaca el papiro P52, también conocido como El fragmento de San Juan, que data del año 125 d.C. y se encuentra conservado en la Biblioteca John Rylands, en Mánchester, Reino Unido.

Por eso soy cristiano. No porque necesite "ver para creer" como Tomás, sino porque las evidencias históricas y documentales confirman la verdad del Evangelio. Nuestra fe no es "ciega", sino racional, basada en hechos verificables. Sin embargo, no creemos solo por la evidencia, sino porque esta corrobora lo que Dios ha revelado en las Escrituras y en nuestros corazones. La fe cristiana no se opone a la razón; más bien, la fortalece. Y por eso sigo siendo cristiano.

 

 

 

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Cristianismo y misticismo:

Entre la verdad revelada y la subjetividad espiritual

 

Alguna vez pasó por mi mente la idea de que el misticismo no religioso podría haber sido un buen puente entre mi humanidad y lo espiritual. Parecía una vía atractiva para conectar con lo trascendente sin compromisos doctrinales ni creencias específicas. Sin embargo, con el tiempo comprendí que ese tipo de misticismo no acerca a Dios, sino que, por el contrario, aleja al ser humano de Él. No es una alternativa viable para quienes buscan la verdad, porque está basado en percepciones subjetivas y experiencias efímeras que pueden ser engañosas. El cristianismo, en cambio, sí lo es.

El cristianismo no es simplemente una tradición religiosa; es una fe que se fundamenta en la revelación divina contenida en las Sagradas Escrituras. A diferencia del misticismo, que busca la unión con lo divino a través de experiencias individuales y sensaciones personales, el cristianismo ofrece una visión clara y racional de la existencia, sustentada en la revelación de Dios y en el uso de la razón. Mientras que el misticismo se apoya en intuiciones que varían según la persona, el cristianismo proporciona una base sólida y objetiva para comprender la realidad, el propósito de la vida y la relación del hombre con su Creador.

Soy cristiano porque el cristianismo promueve valores universales como el amor, la justicia, la paz y la solidaridad, principios esenciales para la construcción de una sociedad justa y armónica. Estos valores no dependen de estados emocionales ni de experiencias místicas momentáneas, sino que tienen su fundamento en Dios y en su carácter inmutable. El misticismo, en contraste, puede fomentar el individualismo y el relativismo, permitiendo que cada persona defina su propia verdad según sus emociones o percepciones. En algunos casos, incluso puede derivar en fanatismo o superstición, desviando a las personas del verdadero conocimiento de Dios.

El cristianismo también respeta la diversidad cultural y religiosa, siempre y cuando no se oponga a la verdad revelada y al bien común. Su mensaje es inclusivo en el sentido de que la salvación se ofrece a todos los seres humanos sin distinción. En cambio, ciertos tipos de misticismo pueden conducir a una visión elitista o sectaria de la espiritualidad, promoviendo prácticas esotéricas que excluyen a quienes no han alcanzado un supuesto “nivel de iluminación”. En algunos casos, esto puede generar intolerancia y división, en lugar de la unidad y fraternidad que el evangelio de Cristo fomenta.

Soy cristiano porque el cristianismo ofrece una visión coherente del mundo, basada tanto en la razón como en la fe. No se trata de creer irracionalmente o aceptar dogmas sin fundamento, sino de una fe que tiene bases históricas, filosóficas y espirituales verificables. A diferencia del misticismo, que muchas veces se basa en meras sensaciones o en un conocimiento supuestamente secreto, el cristianismo proclama la verdad de manera abierta, accesible y universal. Además, su moral no es relativa ni circunstancial, sino que se fundamenta en el amor a Dios y al prójimo, proporcionando una guía clara para vivir con propósito y significado.

El cristianismo también fomenta la unidad y la fraternidad entre los seres humanos, al reconocer que todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y que podemos llegar a ser hermanos en Cristo. No es una fe que aísla ni que fomenta la superioridad de unos sobre otros. En cambio, ciertas formas de misticismo pueden llevar al aislamiento espiritual o a la creencia de que solo algunos pocos pueden acceder a la verdad última, generando divisiones y exclusivismo.

El cristianismo promueve el desarrollo integral del ser humano, valorando la dignidad de cada persona y buscando el bienestar tanto espiritual como material. No desprecia la realidad tangible ni el progreso social, sino que los sitúa en su justa perspectiva dentro del plan de Dios. En cambio, algunas corrientes místicas tienden a despreciar lo material, viendo el mundo físico como un obstáculo para la trascendencia, lo que puede llevar a una desconexión con la realidad y con las necesidades humanas.

Sin embargo, esto no significa que rechace toda forma de misticismo. El cristianismo reconoce la dimensión mística de la fe cristiana, que consiste en una relación personal y profunda con Dios. La oración, la adoración y la comunión con el Espíritu Santo son experiencias reales y transformadoras que no dependen de sentimientos pasajeros, sino de una verdad revelada. Me opongo, eso sí, a cualquier tipo de misticismo que se aparta de la verdad de Dios y de la comunión con la Iglesia de Cristo.

Por todas estas razones, soy cristiano. Mi fe no es una cuestión de emociones fluctuantes ni de experiencias sin fundamento, sino una convicción basada en la verdad revelada, en la razón y en la gracia de Dios. ¿Y tú, por qué eres cristiano?

 

 

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Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.

 

San Pablo a los cristianos de Roma

 

Este versículo expresa la convicción profunda de Pablo de que el evangelio no es una mera filosofía humana, sino el mensaje divino que tiene el poder de transformar vidas y traer salvación. Si alguien me pregunta ¿por qué no te avergüenzas del evangelio? aquí le expongo mis razones:

 

Es el poder de Dios para salvación no es solo una creencia, sino la única esperanza real para la humanidad, pues rescata del pecado y de la condenación eterna.

 

Jesús tampoco se avergonzó de nosotros. Él sufrió, fue humillado y murió en la cruz por amor a nosotros. No hay razón para avergonzarnos de Él.

 

Responde a las grandes preguntas de la vida. Da sentido a la existencia, al sufrimiento y a la muerte, ofreciendo una esperanza que ninguna otra ideología puede proporcionar.

 

Es una verdad inmutable. Aunque las culturas y filosofías cambian, el mensaje del evangelio permanece firme a lo largo de la historia.

 

Es un mensaje de amor y gracia. No se basa en méritos humanos, sino en la gracia de Dios que nos ofrece salvación gratuitamente.

 

A la luz de esto, Pablo y todos los cristianos pueden decir con valentía: "No me avergüenzo del evangelio", porque es el mensaje más glorioso jamás anunciado.

 

 

¿Y tú por qué eres cristiano?

 


 

 

Notas Bibliográficas:

[i] Juan 6:35; 8:12; Juan 14:6; Juan 11:25.

[ii] Juan 7.37

[iii] Lucas 4.18-19

[iv] Juan 5.39

[v] Juan 8.56

[vi] Lucas 24.44

[vii] Isaías 53.3,12

[viii] Salmo 8:4

[ix] La inscripción "Gnothi seauton" ("Conócete a ti mismo") es atribuida tradicionalmente al Templo de Apolo en Delfos, pero su autoría exacta es incierta. Fuentes históricas: Pausanias (siglo II d.C.) en Descripción de Grecia (Libro X, 24.1), menciona que la frase estaba inscrita en el templo de Delfos. Platón (siglo IV a.C.), en Cármides (164d) y Fedro (229e), Sócrates hace referencia a la inscripción y la relaciona con su método filosófico. Diógenes Laercio (siglo III d.C.), en Vidas y opiniones de los filósofos ilustres (Libro I, 40), afirma que el dicho fue atribuido a los Siete Sabios de Grecia, especialmente a Quilón de Esparta.

[x] Marcos 7:21-22

[xi] John Fowles, The Magus (1966; edición revisada Triad Panther, 1977), p. 10. Citado en Por qué soy cristiano, John Stott, pág 55 (2007). La temática de la libertad es recurrente en la literatura de Fowles. Por ejemplo, en su ensayo "El árbol", reflexiona sobre cómo encontrar la libertad a través de la naturaleza, contrastando la rigidez de los jardines controlados con la libertad de los bosques salvajes. En su novela "El mago", aborda la libertad individual y la autenticidad personal, destacando la importancia de liberarse de las convenciones sociales para alcanzar una existencia plena.

[xii] Juan 8:36

[xiii] Gálatas 5.1: Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.

[xiv] Theodore Roszak, Where the Wasteland Ends (Faber & Faber, 1972), p. 22. Citado en Por qué soy cristiano, John Stott, pág 66 (2007). Roszak utilizó el término "coca-colonización" para describir la expansión cultural de EE.UU. a través de productos de consumo como Coca-Cola. Básicamente, es la imposición de valores, estilos de vida y consumismo estadounidense en otras sociedades, muchas veces a expensas de sus propias tradiciones.  

[xv] Citado en Por qué soy cristiano, John Stott, pág 57 (2007). La frase Lo que más os envidio a los cristianos es vuestro perdón; yo no tengo a nadie para perdonarme se atribuye a la novelista inglesa Margarita Laski. Sin embargo, en las fuentes consultadas no se ha encontrado una referencia específica que confirme esta cita ni el contexto en el que fue pronunciada.

[xvi] Salmo 130:4

[xvii] Esta cita aparece en su libro Sin plumas (1975), una colección de ensayos humorísticos, Allen explora temas como la muerte, la religión y la existencia con su característico ingenio y sarcasmo. La frase mencionada refleja su actitud irónica hacia la mortalidad, un tema recurrente en su obra.

[xviii] Juan 8:12

[xix] Génesis 1.26-27

[xx] Robert Southwell (1561-1595) poeta y sacerdote jesuita, la frase Not where I breathe, but where I love, I live proviene del poema I Dye Alive. Este poema refleja la espiritualidad y la visión del martirio de Southwell, quien vivió en una época de persecución contra los católicos en Inglaterra. En I Dye Alive, Southwell expresa la paradoja cristiana de morir al mundo pero vivir en Cristo.

[xxi] 1 Cor 13:2-8

[xxii] Juan 14:27

[xxiii] Juan 13.34

[xxiv] La diosa Ganga es la personificación del río Ganges en la mitología hindú. Es venerada como una deidad sagrada, purificadora y maternal, asociada con la limpieza espiritual, la fertilidad y la salvación.

[xxv] El Óctuple Sendero, según el budismo, es el camino que enseñó Buda Gautama para alcanzar la iluminación y liberarse del sufrimiento en el budismo. Visión Correcta. Entender las Cuatro Nobles Verdades y la naturaleza del sufrimiento. Intención Correcta. Tener pensamientos de no violencia, renuncia y compasión. Habla Correcta. No mentir, no difamar, no usar palabras hirientes o inútiles. Acción Correcta. No matar, no robar, no tener conductas sexuales dañinas. Modo de Vida Correcto. Tener un sustento ético sin explotar o dañar a otros. Esfuerzo Correcto. Evitar pensamientos negativos y cultivar los positivos. Atención Plena Correcta. Ser consciente del presente, del cuerpo, las emociones y la mente. Concentración Correcta. Meditación profunda para alcanzar estados de paz y claridad.

[xxvi] Los sijes son seguidores del sijismo, religión monoteísta fundada en el siglo XV por Gurú Nanak en Punyab, India. Creen en Waheguru, la igualdad y el servicio comunitario. Sus símbolos incluyen los 5 K’s (cabello sin cortar, peine, brazalete, ropa interior especial y daga ceremonial). Su libro sagrado es el Guru Granth Sahib. Han enfrentado conflictos históricos, como la invasión del Templo Dorado en 1984. Hoy, tienen comunidades en India, Reino Unido, Canadá y EE.UU. 

[xxvii] Juan 21:19

[xxviii] Lucas 5:27-28

[xxix] Mateo 19:21

[xxx] Mateo 8:22

[xxxi] Efesios 1.4-5

[xxxii] Juan 16:33

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